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Caminando sueños de justicia

Miércoles 12 de febrero de 2014 - Erik Arellana Bautista* conoce el drama de la desaparición forzada de cerca y su trabajo documentando la lucha de las familias por encontrar a los desaparecidos es especialmente sensible. En este impresionante fotorreportaje nos acerca a la incansable búsqueda de verdad y justicia en Colombia.

Por Erik Arellana Bautista

Han caminado cientos de kilómetros, vivido las peores pesadillas, han buscado entre los muertos a los suyos, a los que perdieron y no regresaron con vida. “Desaparecidos” les dicen a las personas de las cuales se desconoce su paradero. “Ellas” los buscaron hasta llamarlas las contadoras de huesos, las buscadoras de cadáveres, las “locas”. Las llamaron así por no renunciar a “denunciar” las injusticias cometidas por grupos armados “ilegales” que impusieron una “ley-alterna” en lugares como Pueblo Bello (Antioquia), donde fueron desaparecidos 43 campesinos el 14 de enero de 1990 y de los cuáles solo se han identificado 6 restos recuperados por los familiares tres meses después de ocurridos los hechos, y que fueron identificados en abril de 2013 por la Fiscalía General de la Nación. 23 años caminando el sueño de justicia y aún faltan 37 personas que todavía buscan sus familiares.  O en La Dorada, Putumayo, dónde fueron desaparecidas un primero de enero de 2001 cuatro mujeres jóvenes de una misma familia, las hermanas Galárraga Meneses; su madre y la hermana sobreviviente buscaron en más de 200 fosas los restos de las niñas hasta encontrarlas y recuperar sus restos; hasta conseguir darles una digna sepultura. Este ensayo fotográfico acompaña a los familiares de los “desaparecidos” para darle rostro y nombre a esa lucha que miles de familias en Colombia enfrentan contra la indiferencia social, el desconocimiento y el impacto de un fenómeno que en Colombia supera las 20.000 víctimas según los registros de Naciones Unidas.

 

La búsqueda

Dos lugares diferentes de la geografía colombiana, Pueblo Bello y La Dorada. Dos eneros diferentes, 1990 y 2001. Dos historias de mujeres y de familiares de “desaparecidos” en su largo camino por recuperarlos del olvido. Dos entierros colectivos, 6 personas identificadas después de 23 años de ocurridos los hechos. La otra 10 años después. Dos imágenes suspendidas en el tiempo. En la primera de ellas 43 hombres, campesinos. En la segunda 4 hermanas de una misma familia. Los cuerpos, el entierro, el duelo, la justicia, la lucha de los familiares. Imágenes que reflejan el ejemplo de dignidad de un puñado de mujeres y hombres frente a crímenes de lesa humanidad, como lo es la desaparición forzada de personas.

Se les reconoce como “víctimas” del “conflicto armado” que lleva 65 largos años acumulando “muertos”. Una larga lista de crímenes con múltiples vulneraciones a los derechos humanos, entre los que se encuentran el derecho a la vida, a un nombre, a una familia, a no ser torturados, a no ser violentadas sexualmente como es común cuando las víctimas son mujeres. Los derechos a la verdad y a la justicia, incluso a la reparación integral son las metas que buscan los familiares de las víctimas, las organizaciones de derechos humanos y sus defensores. Estas fotografías son testimonio de estos pasos andados por familias como la de Dormelina que tenía en el vientre en gestación una hija de Andrés Peroza y que hoy en día vive el duelo de su padre al enterrarlo junto a otros de los “desaparecidos” de aquella trágica noche en la que un líder de un grupo “ilegal” pidió que por cada una de las 43 cabezas de ganado robada por la guerrilla, un campesino del pueblo debería ser “asesinado” después de múltiples torturas; o de Albertina que con 88 años sigue esperando respuestas sobre el paradero de su hijo desaparecido hace ya 23 años, en Pueblo Bello, Antioquia.  Ellas siguen caminado sueños de justicia.

La historia paralela ocurrió al sur del país, en el departamento de Putumayo, allí las víctimas no fueron hombres, como en Pueblo Bello, sino mujeres. Cuatro hermanas fueron detenidas por un grupo paramilitar, víctimas de violencia sexual, torturadas y enterradas como N.N en una fosa común, hasta que su madre después de buscar y encontrar más de doscientas fosas con cuerpos y lograr entregárselos a la Fiscalía logró recuperar a sus hijas, devolverles la dignidad, pues fueron injustamente señaladas como auxiliadoras de la guerrilla, hacerles un homenaje y darles una sepultura como lo merece cualquier ser humano. Las fotografías acompañan a la hermana sobreviviente Nancy, que ahora es una lidereza y defensora de derechos humanos y a su madre, Nieves Meneses símbolo de la persistencia, la terquedad y el amor, de las madres de los desaparecidos. Pero también están las nuevas generaciones, los hijos de los desaparecidos, como Bryan Melo quien ahora es un joven y reivindica la memoria de su madre y de sus tías, con el sueño de justicia en su caminar.

Dos historias que representan y en las que se dimensiona que los crímenes como la desaparición forzada, no buscan solamente impactar a las víctimas directas, sino a su entorno familiar y social. Dos regiones impactadas por la guerra, pero también por la vida y por la dignidad humana, que se convierten en ejemplo al recuperar los restos de los desaparecidos, la solidaridad alrededor de estas dos historias, tanto a nivel nacional como internacional son ejemplo de cómo es posible generar lazos de humanidad, incluso triunfos en medio “del absurdo”. Dejar huellas para que esto nunca más se repita.

Estas historias reflejan con su luz, la transformación de una historia “privada- particular” como el amor, se convierte en una herramienta y en un instrumento para la exigibilidad de derechos fundamentales, y las convierte en sujetos sociales  y políticos. Madres, hermanas e hijos que hacen memoria mientras buscan en medio de un camino donde las “evidencias” han sido borradas, y las pruebas eliminadas. Dónde los responsables no han sido penalizados y el crimen se hace “perfecto” pues sin pruebas, no hay delito. 

* Erik Arellana Bautista es hijo de Nydia Erika Bautista fue detenida, torturada y desaparecida forzadamente el 30 de agosto de 1987, por militares de la brigada 20 del ejército, en el barrio Casablanca de la ciudad de Bogotá.

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