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El tema Día de la Resistencia

12 de octubre: la rebelión de los 'flojos'

jueves 11 de octubre de 2012 El 12 de octubre es herida abierta, historia descontada, exclusión en forma de fiesta racial. Pero en países como Bolivia arranca el Toki Onqoi (baile de sanación) o en Venezuela se celebra el Día de la Resistencia. Es la rebelión de los ‘flojos’ que nunca lo fueron. El pasado hay que recontarlo para que el futuro sea diferente.

Por Colectivo Otramérica

“Es pues evidente que los españoles no tenían ni aún sombra de pretexto para llevar la guerra y sus estragos al continente americano; es evidente también que no han hecho una guerra en forma. Sus hostilidades han sido, pues, injustas, sus victorias asesinatos,  y sus conquistas rapiñas y usurpaciones.  La sangre derramada, las ciudades saqueadas, las provincias destruidas, he aquí sus crímenes delante de Dios y de los hombres”

Francisco de Miranda / 1801

 

En muchos lugares de la América invadida por los españoles se le sigue denominando como el Día de la Raza y no hay ‘mejor’ nombre cuando la excusa racial ha sido el argumento para exterminar, marginar o sacar de la historia a millones de seres humanos. El “encubrimiento de América”, como lo denomina certeramente Aníbal Quijano, se viene resquebrajando con la visibilización de las resistencias y las luchas de los pueblos originarios y los de la afrodiáspora de estos 520 años. Muchas personas lo ignoran –otras lo quieren ignorar-, pero la resistencia arrancó casi desde el día uno de la invasión y los pueblos de ABya Yala han sido sujetos activos y protagónicos de su propia historia.

Han sido ocultadas las rebeliones con diferentes mecanismos culturales e ideológicos (sumados a la violencia física). Indígenas y afrodescendientes cargan con la maldición racial que los despoja de su carácter de obreros, de su condición de clase. Una condición a la que, por cierto, no llegaron de forma voluntaria, sino como mano de obra forzada para la mayor empresa capitalista de la historia. Si los capitalistas de la Revolución Industrial inglesa tuvieron que ‘utilizar' a la religión –y su corpus de nuevos mensajes inventados- para justificar la explotación fabril de los que, hasta ese momento, eran campesinos europeos, en las Américas se fue más allá al eliminar de raíz la posibilidad de que los trabajadores se considerasen parte de la nueva clase obrera. Escribía Eduardo Galeano en Las Venas Abiertas de América Latina: “La economía colonial latinoamericana dispuso de la mayor concentración de fuerza de trabajo hasta entonces conocida, para hacer posible la mayor concentración de riqueza de que jamás haya dispuesto civilización alguna en la historia mundial”. Sin embargo, históricamente, la cosificación de indígenas y esclavizados es tan radical que ni siquiera se les ha permitido categorizarse como los trabajadores que generaron esa gigante plusvalía, algo que abriría la puerta a la exigencia de derechos o, como mínimo, a la negociación sobre las condiciones de trabajo con el patrón.

El proyecto económico de Europa siempre necesitó de mano de obra. Las disculpas para justificar el negocio esclavista fueron tan efectivas como la clave racial –de hecho, se confunden-. El negro era necesario por dos razones: la pereza y ‘flojera’ del indio y la dureza del clima, sólo soportable por los africanos. Ambas disculpas son falaces, aunque todavía perduren en el imaginario popular europeo e, incluso, entre muchos criollos latinoamericanos. No había tal flojera indígena: las minas de Potosí, Zacatecas, Guanajuato, Pachuca, Tomebamba, Antioquia, Carabaya, Maipo, Confines o Quilacoya dan fe del trabajo brutal al que se vieron sometidos los ‘indios’ para ‘rescatar’ plata y oro para la Colonia española. Sólo entre 1503 y 1660, cuando los mecanismos de extracción eran más primitivos, España sacó de las entrañas de Abya Yala 16 millones de kilos de plata y unos 180.000 kilos de oro. No está mal para tanta flojera.

La intención de los españoles era explotar a la población originaria. Los necesitaban. Pero la resistencia que se encontraron, la necesidad de acabar con poderes fuertes (como el Azteca o el Inca) y la desestructuración de la forma de vida indígena (lo que les privó de sus mecanismos tradicionales de subsistencia y de sus estrategias para enfrentar las calamidades) provocó lo que, visto con la distancia histórica y los datos en la mano, es un genocidio en toda regla.

Si la mano de obra indígena no resultó suficiente se debe a dos razones: la resistencia indígena en muchos puntos de las tierras conquistadas (hombres que huían de la mita, naciones que se escondían en los lugares más inhóspitos, pueblos que lucharon bélicamente con los españoles hasta bien entrado el siglo XVII…) y el genocidio (o etnocidio) cometido en zonas claves para este desarrollo capitalista (como en el Caribe donde sólo en La Española –actual Dominicana y Haití-, Bartolomé de las Casas consignaba la muerte de dos tercios de los habitantes originarios como consecuencia de la opresión, la resistencia, las enfermedades y el hambre, que acabó con 50.000 indígenas).

La resistencia indígena se da casi desde el primer momento de la invasión europea y aún hoy continúa. “Hambre, carajo, que muerde las tripas de los indios callados, humildes. La humildad debe ser virtud de dioses; los indios se sienten hombres”, escribía el ecuatoriano Jorge Icaza en Huasiungo, esa novela reivindicativa e hiriente que refleja la servidumbre a la que estaban sometidos los indígenas y la imposibilidad de aguantarla sin rechistar. Los ejemplos de esa resistencia se multiplican, a pesar de no ocupar ni una línea en los libros de texto de la historia oficial.

Al recibir a los conquistadores, los caciques de Haití (alias La Española) pecaron de buena fe, pero cuando comenzaron las muertes, las violaciones y la imposición de una cuota de oro a cada mayor de 14 años, los ojos se abrieron. En 1492, en El Cibao (La Española), el cacique Canoabo se levanta contra las injusticias de Colón y sus hombres y desde ese día no han cesado las revueltas indígenas en Abya Yala. Los nombres de los líderes están en la memoria ancestral de sus pueblos, de sur a norte: Enriquillo, Agueybana II, Cuauhtemoc, Cémaco, Lempira, Urraca, Rumiñahui, Lautaro, Tupac Amaru II, Bartolina Sisa, Tupac Catari… Los indígenas “perezosos” nunca dudaron en defender su autonomía y en algunos casos, como en el de los Mapuche, la corona española tuvo que agachar la cabeza y negociar acuerdos de paz y de respeto mutuo ante la fuerza de la resistencia armada indígena. El imperio mientras, trataba (y muchas veces lo lograba) de dividirlos, comprarlos o engañarlos y, si no funcionaba, secuestraba, mataba, torturaba y violaba.

Aunque las técnicas del imperialismo económico contemporáneo no son muy diferentes (sólo aparecen como más sofisticadas), la resistencia ahora es más visible. Y, a los pueblos originarios y afrodescendientes se han sumado sectores organizados de las clases excluidas históricamente y edulcoradas con el anhelo del “desarrollo” prometido. El 12 de octubre es un día de dignidad y resistencia, no la conmemoración del inicio de una campaña sin igual de explotación del ser humano.

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