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El tema ANÁLISIS

Las elecciones [de Venezuela] en tres tiempos

viernes 10 de mayo de 2013 Alguien señalaba estos días lo increíble que es ver cómo un candidato era capaz de dilapidar en 14 días 14 años de herencia política de Chávez y cómo el hombre de 40 años que había puesto al chavismo contra las cuerdas perdía su “momentum” malgastando su victoria moral como un nuevo rico en un casino. Chávez se murió y lo que ha quedado da miedo.

Por Modesto Anastasio

// La elección

Tras las elecciones de octubre que Hugo Chávez ganó con apenas diez días de actividad real de campaña, mostrándose de manera intermitente y con una exposición insólitamente reducida (el líder bolivariano llegó a encabezar actos de apenas 20 minutos) había quedado en el aire la sensación de que en Venezuela la campaña como tal no era más que una mera formalidad y un dispendio gratuito de dinero –con muchos intereses que satisfacer- que no cambiaba la postura fundamental de los votantes.

No por ello Nicolás Maduro Moros dejó de hacer una campaña intensa: tres semanas que le permitieron al candidato del chavismo  conocer el país que desconocía –como ya le había pasado al opositor Henrique Capriles Radonski en octubre- y llevar un mensaje confuso a los chavistas en el que por encima de cualquier otra consideración sobresalía la llamada a permanecer unidos y “cumpliéndole” al comandante presidente.

El resultado del 14 de abril dejó en evidencia el desastre que fue la campaña chavista. Maduro, intentando cantar con la misma gracia que una alpargata, bailar sin garbo o contar los chistes que no sabe, se presentó como el nuevo personaje al que escuchar durante horas. Pero no habló como Chávez, sermoneó como un telepredicador con un discurso del que desaparecieron casi por completo los elementos conceptuales ideológicos y las líneas de acción de Gobierno para ser sustituidas por consignas a favor del amor, la vida, la paz y DIOS… El mensaje quedó reducido a una suerte de llamamiento a las entrañas de la gente, a lo visceral, al sentimiento, no al cerebro, no a la conciencia y sobre todo no al posicionamiento político. Lo del pajarito fue solamente la máxima expresión de una situación de difícil explicación… si Maduro tuvo realmente una revelación, estaba superado por las circunstancias, o realmente creía que hablar de Chávez en forma de canario podía tocar el corazón de los venezolanos es lo mismo: no funcionó y lo único que dejó fue una sensación de estupidez a la que el chavismo no fue indiferente.

Pero Maduro no perdió el capital político de Chávez por el pajarito sino por un cúmulo de circunstancias. Entre las que se vislumbran a primera vista destaca el propósito de querer hacer de Chávez. Empeñándose en seguir sus pasos forzó una comparación de la que sólo podía salir muy mal parado. La situación económica del país, tras meses de estancamiento operativo por la propia enfermedad del comandante presidente, llegó a una situación muy complicada a finales de año con el dólar paralelo disparándose hasta 25 y 26 bolívares y trasladando una extraordinaria inflación a todos los productos incluidos los de primera necesidad. Hay un viejo proverbio en política que dice que la devaluación se hace siempre después de la elección. En este caso la corrección fue apenas dos meses antes de los comicios y en medio de la incertidumbre por la situación de salud de Chávez. Lo peor es que el chavismo siguió diciéndole a la gente que, con la devaluación, el bolívar valía un 45% menos pero la economía iba mejor que la de China.

Maduro se empeñó en reducir su mensaje a una suerte de lloriqueo de telenovela por el presidente fallecido en el que tiraba de estereotipos sobre el miedo a la derecha y la burguesía en lugar de plantear líneas de trabajo para un electorado muy politizado y que quería saber qué era lo que venía después de Chávez. A las bases chavistas solo se les ofreció cumplir con su comandante y como legitimación para ello se les repitió hasta la extenuación el mensaje del 8 de diciembre en el que el comandante presidente designaba a Maduro como su sucesor. Maduro no ofreció más.

La noche de las elecciones abrió un agujero de dimensiones aún difíciles de ponderar dentro del chavismo (sin Chávez para taparlo). Hoy aún no sabe donde está parado y las dudas sobre qué pasó hacen preguntarse si el hiperpersonalismo en que cayó el proceso en la última etapa del comandante, exacerbado hasta el extremo con la enfermedad, no terminó por ir vaciando de sentido político el mensaje y reduciendo para una parte de la población el concepto de revolución a la figura misma de Chávez.

Capriles por su parte se mostró con el discurso típico y tópico socialdemócrata, en un tono mucho más beligerante que en octubre cuando había evitado generar todo tipo de polémica sobre las misiones y particularmente los médicos cubanos. Atacó directamente a Cuba, a Fidel y a Raúl, volviendo a un tipo de discurso probadamente erróneo entre una población que siente gran estima por el aporte de las misiones y particularmente por Barrio Adentro. Su discurso era de supervivencia, dirigido a un electorado de oposición ante el que tenía que ganar puntos suficientes como para resistir políticamente a la paliza que le auguraban las encuestas.

Sin embargo, algunos elementos de su discurso, como la responsabilización a los que fueron miembros del Gabinete de Chávez de la inseguridad y de los problemas de la economía fundamentalmente tuvo alguna suerte de impacto (más probablemente por el convencimiento previo de esa circunstancia que por las palabras del gobernador). No es ningún secreto que dentro del chavismo de base, militante y más ideológicamente formado existe una percepción de que Maduro y los ministros de Chávez representan a una boliburguesía cebada por un sistema en el que la corrupción ha campado a sus anchas.

 

// El día después

El lunes por la mañana Venezuela emergió con un líder político: Henrique Capriles. Su discurso prefabricado, errático y nada brillante había sido suficiente para atraer 700.000 votos de venezolanos que habían confiado en Chávez en octubre. Se dedicó a llamar mentiroso a Maduro, a levantar el fantasma de los cubanos que se infiltran en los tuétanos de los ministerios y las entrañas de los barrios para armar una suerte de discurso revanchista más centrado en su propio público que en el chavista.

Con Maduro como el gran perdedor en los comicios, la figura de Capriles, a sus 40 años, emergía como referencia política. Sin embargo, la oposición embriagada con el resultado y apresurada por dar una respuesta intuitiva y nada medida comenzó a calcular mal … otra vez. El candidato opositor se presentó el día 14 con tono distendido y evidentemente feliz; sus estimaciones le hicieron pensar que el resultado estaba próximo e incluso algunos le decían que había obtenido más votos de los que daba el Consejo Nacional Electoral. El líder del derechista Primero Justicia, un hombre que durante meses trató de alejar su programa de las tesis más radicales del antichavismo para tratar de presentar un discurso salido de la cocina del fast food político dijo que no reconocería el resultado hasta que no se hiciera un recuento radicalizando su posición en un camino sin vuelta atrás y abrió una batalla que hasta hoy centra todo su esfuerzo con unos costos políticos más que elevados.

En política no hay ley conmutativa, el orden de los factores es relevante. Si hubiera reconocido el resultado y después pedido el recuento (el costo político hubiera sido mínimo frente al Gobierno, aunque duro entre sus votantes). ¿Qué hubiera ocurrido si el día 14 Capriles hubiera reconocido el resultado sin más? Maduro no quiere ni pensarlo. En todo caso, no hay que engañarse: la reivindicación es tan legítima como la de Andrés Manuel López Obrador contra Calderón.

El 14 por la noche Maduro manifestó públicamente que estaba de acuerdo con el recuento. Al día siguiente las cosas empezaron a cambiar y todo se volvió confuso: Maduro reculó, el chavismo forzó la máquina y el Consejo Nacional Electoral se sacó de la manga una proclamación sumaria del ganador.

Capriles reaccionó ahora sí hablando de un presidente ilegítimo y pidió a su gente que protestara con cazuelas y el martes ante las sedes del CNE. El ‘chico de moda’ se metió él solito en un callejón sin salida sirviendo el conflicto que el chavismo necesitaba para el contraataque.  En la noche del lunes una serie de asesinatos aún sin aclarar se convirtieron en el punto de inflexión de la agenda política venezolana. Que factores de la derecha pudieron cometer los asesinatos es algo de lo que nadie puede tener duda en este país –eso no significa que los ordenara Capriles-, pero que Maduro lo utilizó para manchar toda la reivindicación postelectoral de su rival tampoco. La agenda varió y donde había un recuento ahora había acusaciones de golpe de Estado. Maduro se aferró a ello como un clavo ardiendo en su momento de derrota política, el fantasma del 11 de abril y del golpismo fueron invocados como si se tratara de un ritual para aglutinar el apoyo de todos los chavistas, cerrar filas ante un riesgo que se venía encima y sacar del imaginario colectivo la derrota para sustituirla por la batalla.

Nueve asesinatos, ataques a los centros médicos (CDI) cubanos, ataques a sedes del PSUV, violencia contra institutos y empresas públicas son actos delictivos, criminales, perseguibles y atacables pero no son un golpe de Estado, mucho menos cuando no se ha demostrado una relación directa de los crímenes con la oposición. Llevarse al presidente a La Orchila –como ocurrió en 2002- sí es un golpe de Estado

Tres semanas después no hay un solo autor detenido que atribuya a la oposición ningún plan maquiavélico pero el Gobierno se ha cansado de acusar a Capriles de asesino por llamar a manifestarse. Los rasgos de criminalización de la protesta son evidentes. Por cierto, el líder opositor no llamó a salir a las calles el lunes, sino a darle golpes a la cacerola.

 

// El panorama postelectoral

La polarización en Venezuela se ha vuelto a disparar, los opositores se sienten robados y el chavismo se siente atacado por un golpismo latente. La confusión toca a ambos. ¿Por qué Maduro/el chavismo [oficial] no aceptó un recuento o una auditoría completa que permitiera poner fuera de toda duda un resultado que el sistema electoral venezolano prácticamente garantiza? ¿Por qué actuar como un ladrón si no has robado nada? En el chavismo decían que sería darle concesiones por capricho, el resultado es claro y el sistema no ofrece dudas… muchas respuestas para no aceptar un recuento que para un 70% de los venezolanos según alguna encuesta difundida estos días es necesario.

Las cosas en Venezuela se complican más y más cada día. La histeria, la precipitación, la falta de medida en las manifestaciones públicas en un evidente propósito de elevar la polarización y la temperatura política como estrategia política no han podido tapar la falta de liderazgo en el chavismo con dirigentes de todo tipo y cuño soltando lo que les da la gana donde a cada uno le viene en gana.

[Diosdado] Cabello decidió no permitir el uso de palabra a la oposición en la Asamblea y amenaza con quitarle el sueldo a los opositores (al estilo de los patrones del siglo XIX); el ministro de Vivienda, Ricardo Molina,dice que no le importan las leyes del trabajo y que los trabajadores que simpaticen con el partido opositor Voluntad Popular en su ministerio deben irse o el mismo los echará, mientras en organismos públicos denuncian expulsiones de supuestos votantes de Capriles. Maduro dice que hay intelectuales de izquierda que andan haciéndole el juego a la derecha –en clara alusión a los que han pedido una reflexión en el chavismo-; la ministra del Sistema Penitenciario, la gran asignatura pendiente del chavismo, sale a decir que tiene una celda lista para Capriles, al que llama también toxicómano….

Lo que sale de la boca de Maduro no hace más que alimentar esa confusión. Si uno escucha estos días al presidente de Venezuela, ve que igual pierde la paciencia en una asamblea popular cuando una militante chavista que con el canciller del Perú. En una reunión con militantes de base, una chavista le advirtió de la mala gestión municipal denunciando malas decisiones como unas obras en la localidad de Los Teques que se hicieron sin estudio de impacto ambiental y sin consultar con la población. La compañera hizo todo esto subrayando lo genuino del proceso bolivariano y lo relevante que es la incorporación del Poder Popular a la discusión, mientras ofrecía una reflexión de fondo al señalar que el chavista es un pueblo organizado pero no incluido. Maduro le respondió tildándola de “muy radical e hipercrítica” y tirándole en cara lo que él consideraba una incoherencia por no ir a quejarse del fascista de Miranda (¿?). Tras los acontecimientos en la Asamblea el día 30 de abril y la patética pelea de los diputados, el canciller peruano Rafael Roncagliolo planteó la posibilidad de que Unasur (Perú preside protempore ese mecanismo) se reuniera para abordar el tema de Venezuela  no sin dejar de subrayar que Maduro es el presidente constitucional. La respuesta de Maduro, minutos después de la declaración (sin tener tiempo ni siquiera a saber en qué contexto se hicieron las declaraciones) fue llamar a consultas al embajador venezolano en Perú. Al día siguiente cuando el diplomático llegó a Venezuela, Maduro dijo que le traía un mensaje de Humala que daba por bueno y lo mandaba de vuelta a Lima.

En estos días, Maduro también ha dicho cosas del pelo de que Capriles ha cometido fechorías que ni Pinochet se atrevió a llevar a cabo. El grado de frivolidad con que el presidente habla de Pinochet, uno de los seres más detestables, sanguinarios y execrables  que han existido es tan sangrante para cualquier chileno y latinoamericano bien nacido que uno no puede por menos que sentirse insultado. La histeria y la exageración se han trasladado a una propaganda en la que no hay límites.

Maduro ha denunciado desde enero al menos cuatro planes de magnicidio, tres incursiones de mercenarios salvadoreños y colombianos y la detención de supuestos agentes estadounidenses. El Gobierno se ha cansado de denunciar un golpe en marcha, un paro nacional y un número infinito de complots y planes de sabotaje.

Tres días después de las elecciones el, en ese momento, presidente encargado prohibió una marcha convocada por Capriles. La decisión, que según reconoció el propio Maduro durante su discurso de investidura, apareció en su cabeza mientras hablaba en un acto de gobierno no fue ni meditada ni compartida con su equipo de trabajo, eso sí dio gracias a dios por la iluminación. Fue una medida sin precedentes en la historia del chavismo, Chávez nunca prohibió una marcha. En todo caso funcionó y descomprimió momentáneamente el ambiente pero dio alas al proceso de ataque a las instituciones –fácilmente atacables por cierto- que lleva adelante la oposición para tratar de debilitar su credibilidad y forzar una reacción internacional que horade más aún el capital político de Maduro.

La irresponsabilidad de Capriles en su enredo en la petición de un recuento que no le dieron y ha abierto el camino para desconocer el poder electoral abre un camino hacia lo de siempre en Venezuela. Se ha metido en los viejos derroteros de la derecha pero sin llamar a la violencia, dubitativo en las formas se ve impositivo en el fondo y abocado a un camino que inevitablemente lleva la reivindicación postelectoral a un ataque frontal a uno de los poderes del Estado y eventualmente a deslegitimar todos y cada uno de los poderes ahora que ya no está Chávez para defenderlos.

Capriles tiene ante sí también un reto dentro de las filas de la oposición. Convertido ya sin discusión en la figura prominente, a su lado está la vieja política venezolana que representan los Ledezma, María Corina Machado y compañía, junto a la versión moderada y más amable: su hombre más cercano el hasta hace poco chavista Henry Falcón, objeto hoy de odio del oficialismo pero que encarna la vía de la disidencia antichavista no radical. Las dos vías no son compatibles y las tensiones aflorarán antes o después.

Detrás están también los grandes poderes económicos. Tras 14 años, a ellos tampoco les ha ido tan mal con el chavismo y con un barril a 100 dólares que ha convertido al Estado en un chorro casi infinito de dinero no son pocos los que critican en voz alta al chavismo pero confían en que no se mueva demasiado el escenario que tanto les ha beneficiado.

Capriles tendrá que saber por tanto hasta dónde lleva el pulso, porque el dinero acepta cualquier ganador pero no perdedores.

 

// La Asamblea Nacional

Capítulo aparte merece el bochorno. El martes 30 de abril el Parlamento venezolano fue escenario un espectáculo tan grotesco como vergonzoso por parte de la bancada chavista. Sí, la bancada chavista. Golpearon de manera animal a legisladores de la bancada contraria; al impresentable de Julio Borges, personaje triste y odioso, lo convirtió en mártir un diputado suplente por Aragua, una bestia de un tonelaje similar al de un luchador de sumo que ese día, por casualidad, se encontraba en la Asamblea para que lo golpeara sin piedad. Maduro respondió como siempre, rápido, al principio dubitativo como cuando no se sabe de lo que se habla y se tiene que hablar. Dijo que no se podía tolerar la violencia y medio reprochó que se hubiera cedido a las provocaciones de la oposición. Al día siguiente, cuando ya repasó con calma el asunto, el discurso fue mucho más diáfano: la oposición, naturalmente, era la culpable y tenía un plan de provocación para hacerse golpear. Para ello, llevaron unas ‘peligrosas’ armas (una suerte de vuvuzelas) y un gas paralizante (dijo Maduro) tan extraño que no pudo parar a los diputados chavistas mientras éstos les partían la cara. De nuevo la maquinaria de propaganda oficial caricaturizó lo sucedido para presentar a la oposición como los malos de Dick Tracy con un material audiovisual difundido repetidamente por la televisión del Estado en el que su puede ver, con la música de fondo del videojuego de guerra gringo Call f Duty (no es broma), a Borges con un bolso negro (el de las vuvuzelas) como si fuera a sacar una bomba de neutrones. Además se ve al oligarca de Alfonso Marquina, que recibió cera desde la primera sesión en enero del 2011, con un casco, que según la propaganda oficial demostraba que había un plan para provocar violencia (naturalmente el hecho de que a William Dávila le hubieran abierto la cabeza con un micrófono -16 puntos de sutura- quince días antes no era razón para entrar con casco en la Asamblea). Fueron a provocar de manera vil que les dieran una paliza barriobajera y de matón de barrio. No sé por qué estos días escuchando ese argumento se me vino a la cabeza una sentencia de un juez andaluz que justificó una violación argumentando que la mujer violada llevaba una minifalda provocativa.

El incidente en el Parlamento ha dejado tocada la figura de Diosdado Cabello, responsable último de todo lo ocurrido y del cuestionamiento más severo que ha tenido el Gobierno de Venezuela fuera de sus fronteras. El chavismo ha tenido que recular: ha decidido devolver el derecho de palabra a la oposición y ha dejado en entredicho la visión dura de los militares en la AN que encarna, además del propio Cabello, Pedro Carreño, excapitán y vocero del chavismo desde hace meses. Cabello no va a perder poder, pero su primera gestión de una crisis ha sido simplemente un desastre.

Ahora, la gran incógnita -como siempre en Venezuela. son los militares. En un país consciente de que quienes realmente reparten el bacalao son los generales, la sensación que queda es que con Diosdado o sin él, la crispación y la pelea continuará siempre que no llegue a un punto que haga intervenir a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Es decir, mientras los grandes intereses –no necesariamente de la Patria- no se vean amenazados.

Como todo en Venezuela, es muy difícil acercarse a los hechos racionalmente. Hace mucho tiempo que es ellos o nosotros. Nosotros lo hacemos todo bien, ellos lo hacen todo mal y si no estás de acuerdo eres un traidor. Así de simple, estalinista, demagógico, la revolución que se vuelve represora bajo la manida excusa del enemigo externo ante el que no caben fisuras. La oposición que pondera sus razones pero no ve las del rival, dos mitades iguales de las que la mía es mejor que la tuya.

Lo más dramático de toda esta situación es que la solución es muy simple, Capriles reconoce a Maduro y se hace una auditoría del 100 % de los votos con todas las garantías, pero ¿a quién le interesa a estas alturas una solución si las ganancias de la polarización llevan ofreciendo dividendos a todos desde hace 14 años?

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