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El siglo del libro de Abya Yala

viernes 20 de abril de 2012 El mundo celebra el 23 de abril el Día del libro, tal y como lo fijó la Unesco en 1995. Los medios en América Latina y El Caribe suelen hablar de Cervantes, Vargas Llosa, Jorge Volpi y otras hierbas similares. Raramente tiene espacio en las crónicas la literatura indígena contemporánea. ¿Por qué ocurre esto?

El poeta mapuche Elikura Chihualilaf.

El poeta mapuche Elikura Chihualilaf.

Por Paco Gómez Nadal

Occidente es un concepto que excluye. Expulsa de la historia a gentes, culturas y civilizaciones desde que se autodenominara así Europa y desde que la Modernidad y la Ilustración se construyeran sobre las cenizas de la reciente invasión y conquista de Abya Yala (las Américas). Quizá por eso, la historiadora mexicana Lourdes Arizpe es contundente al describir la soberbia cultural eurooccidental: “Durante varios siglos, al expandirse sobre la cresta del capitalismo, Europa instituyó una especie de propiedad privada intelectual sobre el planeta. Todo lo que no existía en su sistema cognoscitivo se ‘descubría’. Todo lo que hoy en día, no existe en su acervo técnico e intelectual, se ‘traduce”.

Pero… ¿cómo traducir lo que se ignora, lo que se desprecia? Esto es lo que ha ocurrido con la literatura indígena desde el siglo XVI. Una situación que se perpetúa, invisibilizando la tradición escrita -que no necesariamente greco-semítica- de Abya Yala y ocultando tras un silencio indolente el trabajo creativo y editorial contemporáneo de los pueblos originarios. En su monumental obra La América Indígena en su literatura: los libros del Cuarto Mundo, Gordon Brotherston rastrea de forma minuciosa la herencia escrita (entendiendo por escritura formas más allá de las occidentales que van del quipu andino al tlacuililli mesoamericano) y allá concluye: “Podemos confirmar que el Cuarto Mundo tiene su propia gramatología compleja. Descifrarla significa entrar en la historia tanto de sus relaciones internas como del ‘encuentro’ hace 500 años con Occidente. También significa cobrar conciencia de cuál ha sido la suerte del Cuarto Mundo en las historias supuestamente universales de los esfuerzos humanos por escribir, caracterizadas en su mayor parte por el craso evolucionismo que ve en el alfabeto greco-semítico –como en la rueda- un momento culminante de la civilización humana en la cual América por supuesto no participó (los totonacas ya utilizaban ruedas en los juguetes de sus hijos…)”.

Si a este desprecio conceptual sumamos la tétrica afición de los conquistadores católicos a quemar libros (lo hacían también en París, Amberes o Valladolid a principios del siglo XVI para tratar de borrar la huella de Lutero…), se puede afirmar que la herencia de los pueblos originarios quedó gravemente cercenada. Las obras posteriores, como el Popol vuh o el Chilam Balam, occidentalizadas pero imprescindibles… ayudaron a (re) construir la memoria, y la buena costumbre del relato oral permitió perpetuar una forma de mirar y (d) escribir el mundo y sus aconteceres.

A pesar de que “la colonización es este fenómeno que comporta, entre otras consecuencias psicológicas desastrosas la siguiente: hace tambalear los conceptos sobre los cuales los colonizados podrían construir o reconstruir el mundo (…)” –como escribió el intelectual y activista afro de Martinica, Aimé Césarie-, ese mundo sigue vigente.

 

Lo contemporáneo

Son muchas y muchos los autores contemporáneos que pertenecen a pueblos originales y que escriben desde su cosmovisión. En México dicen que es el “renacer de la palabra amanecida” y el investigador colombiano Miguel Rocha Vivas defiende que “este resurgimiento de la palabra ancestral y contemporánea puede ser entendido como un fenómeno continental, no sólo latinoamericano, a notar por las permanentes relaciones de intercambio entre los escritores originarios… (…) es un hecho trascedental que irrumpe con gran fuerza desde las raíces mismas de nuestra condición multiétnica y plurilingüística”.

Quizá este ‘siglo del libro’ originario lo que haga es contradecir a aquellos que quieren confinar lo indígena al pasado. El escritor y ensayista originario Jorge Miguel Cocom Pech apunta alguno de los retos del futuro: “Los escritores en lenguas indígenas somos el resultado de una poderosa transfiguración de nuestras lenguas que conviven con otras en su proceso de interacción cada vez pluricultural. Sin embargo, el reto estriba en que, escribiendo poesía o narrativa, mantengamos nuestras raíces lingüísticas y culturales, al crear textos literarios en nuestras lenguas, sin perder su riqueza y sus posibilidades estéticas que, a mí parecer son muchas e inéditas”.

El poeta yanakuna (Cauca, Colombia) Wiñay Mallky, también conocido como Fredy Chikangana, habla del despertar del “canto dormido” en su poema En verbo ajeno:

Hablo de lo propio

con lo que no es mío;

hablo con verbo ajeno.

--

Sobre mi gente

hablo y no soy yo

escribo y yo no soy.

 --

En mí han llegado espíritus navegantes

del espacio lejano

con cientos de lunas sobre sus cuerpos;

vienen desde el dolor

y desde el eco de un tiempo;

son tierra, son sol,

son esperanza para una patria nocturna.

---

Vienen y entonces yo canto,

levanto mis versos sin venganzas ni odios,

ni labios mordidos

sólo buscando un rincón a mi canto dormido,

a la voz de mi gente

desde un verbo prestado.

 

A las voces originarias la poesía le calza como un guante. La estética poética y compleja de las cosmovisiones originarias parecen cuadrar mejor con esta literatura que con la narrativa de ficción. No se trata acá de hacer un listado, siempre parcial e injusto, pero sí daremos algunos nombres para quien quiera navegar en este mapa de las palabras y los silencios: Humberto Ak’abal, Andrés Henestrosa, Briceida Cuevas o la narradora Elsie Encarnación Medina (en México); Elikura Chihualilaf, Leonel Lienlaf o Maribel Mora Curriao (Wallmapu, territorio mapuche); Hugo Jamioy Juagibioy, Yiche (Yenny Muruy Andoque) o Estercilia Simanca (Colombia); Cebaldo Inawinapi o Arysteides Ikuaiklikiña Turpana (Guna Yala, Panamá), o Élida Rosa Albarino (Argentina), Clara Sharupi (Ecuador), Filomena Nina (Bolivia)…

Estos son, pues, solo unos apuntes para abrir la reflexión y la curiosidad. Los intentos de difusión de la literatura originaria contemporánea aún es marginal. Pero hay autores y autoras que escriben en sus idiomas, que, en algunos casos, se autotraducen al castellano, y que están abriéndose espacios en el excluyente entorno de la cultura elitista occidentalizada de sus países. Es tiempo de que sea el siglo de sus libros, el minuto de sus voces, el segundo de sus silencios. Los invitamos a conocerlas y conocerlos.

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