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El tema Estados Unidos

Hillary Clinton y la herencia de la ‘era de las deportaciones’ de Obama

viernes 29 de julio de 2016 Cualquier ciudadano diría que en Estados Unidos el mayor enemigo de los inmigrantes es el candidato presidencial republicano, Donald Trump. Para las 644 personas que son expulsadas cada día el ogro es la administración Obama. Hillary Clinton peleará por el voto latino cargada de un pesado morral.

Por Equipo Otramérica

Los titulares suelen cebarse en el número de personas deportadas cada año por el Gobierno federal de Estados Unidos. Y las cifras juegan en contra de Barak Obama. Al final del año fiscal 2015 (octubre), durante sus dos administraciones había deportado a 2.6 millones de personas, la mayoría de ellas de América Latina y El Caribe.

La Oficina de Inmigración y Aduanas envía a su país a una media de 644 personas al día. De nada sirvieron las acciones ejecutivas de “alivio migratorio” aprobadas por Obama en 2014 para atrasar el momento de la expulsión y abrir el camino a la legalización (las conocidas como DAPA y DACA, que cobijan a padres de ciudadanos estadounidenses y a inmigrantes menores de edad). Una alianza de 26 estados, liderados por Texas logró  un fallo en contra de la acción gubernamental por parte de la Corte del Quinto Circuito de Apelaciones de Nueva Orleans y esta sigue suspendida tras el empate a cuatro votos en el seno de la Corte Suprema el pasado 23 de junio ante la vacante del noveno juez, bloqueada a su vez por los republicanos que quieren que sea designada por el próximo presidente.

El discurso de Obama es que sigue luchando a favor de los inmigrantes y que su administración expulsa a criminales o a personas que potencialmente son una amenaza contra la seguridad nacional. Aunque, hace unas semanas un titular de The New York Times afrimaba: “Estados Unidos dice que sus deportaciones se enfocan en criminales, pero la realidad es otra”.Las estadísticas oficiales destacan que, por ejemplo, en 2015 el 59% de los expulsados tenían antecedentes penales, pero ni señalan la gravedad de esos antecedentes (no parece lo mismo homicidio que hurto menor), ni resaltan que el 41% (96.045 personas) restante fue deportado a pesar de tener su historial delictivo en cero.

Artemio Arreola, director político de la Coalición de Illinois para los Derechos de Inmigrantes y Refugiados (ICIRR) decía en estos días: “Queremos que [Obama] las frene [las deportaciones] porque siguen separando familias que no tienen antecedentes criminales”. Lo mismo pedían cinco activistas del movimiento de los “Dreamers” (United We Dream) que fueron arrestados el 30 de junio cuando interrumpieron una audiencia en el Senado en la que el secretario de Seguridad Nacional, Jeh Johnson, explicaba las “nuevas” prioridades en materia de deportación y en la que pedía más presupuesto, a pesar de que ese presupuesto ha pasado de 5.900 millones de dólares en 2003 a los 11.900 del año fiscal 2013, o que el número de agentes de frontera se ha doblado entre 2006 y 2015. “Si algún presidente quiere usar esta máquina de deportación sería muy fácil”, señalaba a El Nuevo Herald Apolonio Morales, director de Políticas de la Coalición por los Derechos Humanos de los Inmigrantes de Los Ángeles, haciendo referencia a la hipotética llegada de Trump a la Casa Blanca.

 

Clinton es el líder en expulsiones

La realidad es compleja. Aunque la administración Obama tiene el récord de deportaciones, no es la que más inmigrantes ha expulsado de Estados Unidos. Decíamos que los titulares destacan las deportaciones pero no siempre hacen lo mismo con los retornos; es decir, aquellas personas sin documentación que son detenidas y regresan a su país originario de forma voluntaria y, por tanto, sin cargos ni impedimentos de entrada a EEUU diferentes a los de cualquier migrante que quiera residir en ese país. Si sumamos el número de deportados y retornados del gobierno  Obama (con datos hasta el año fiscal 2015), son 4,6 millones de personas las expulsadas. Con George W. Bush, sensiblemente más moderado en deportaciones, el total de personas expulsadas o retornadas sumaron los 10,3 millones de personas. Si miramos un poco más atrás, Bill Clinton, el marido de la actual candidata demócrata a la Casa Blanca, sacó del país a 12,2 millones.

Una vez más, la percepción de la opinión pública, inducida desde los medios con la valiosa colaboración de las oficinas de comunicación oficiales, y la realidad histórica no siempre coinciden.

Hillary Clinton, recién nominada por los Demócratas como candidata a la Casa Blanca ya hace esfuerzos por ganarse el voto inmigrante. Para ser más precisos, Clinton busca el voto latino, mayoritario entre los ciudadanos de origen extranjero. Quizá por eso ya está en línea una página web en castellano, en la que promete una reforma migratoria integral en los 100 primeros días de un posible mandato. Su directora nacional para el Voto Latino, la mujer de origen peruano Lorella Praeli, dijo en la recién terminada Convención Demócrata que fue su madre “indocumentada” la que le enseñó ser “americana [estadounidense]”. La toma de distancia discursiva con Trump es apenas evidente.


La lucha electoral

Donald Trump ha amenazado con expulsar a los inmigrantes sin documentación legal en Estados Unidos, aunque últimamente anda amenazando su bravuconería. Sin embargo, parece que ni él, ni Obama, ni Clinton parecen haber comprendido que sus fronteras son tan permeables como imperiosa es la necesidad de millones de personas de migrar. A pesar de la expulsión (deportación o retorno) de algo más de 27 millones de personas desde 1993 hasta 2015, la realidad es que fue en la segunda mitad de 2015 cuando Estados Unidos alcanzó su fecha récord de migrantes: 41,1 millones entre los considerados legales y los llamados ilegales (un 13,13% de la población de ese país).

Sea como sea, tanto Trump como, en especial, Hillary Clinton, no se pueden permitir el lujo de desperdiciar el voto latino, el mayor rubro de inmigrantes.

Se espera que en las elecciones presidenciales estén habilitados para votar unos 27,3 millones de latinos (12% del censo electoral) y, aunque suele presentarse una alta abstención, muchos de ellos tienen relación con migrantes que aún no han logrado regularizar situación. Las encuestas de junio de 2016 vuelven a mostrar el favoritismo de los electores latinos hacia el Partido Demócrata y Hillary Clinton contaría con el 58% de su apoyo, frente al 20% de Trump. Son votantes indignados con las políticas de migración y que forman parte de la capa más empobrecida de Estados Unidos. Sus ingresos medios son de 42.500 dólares al año frente a la media nacional de 53.700 y un 23,6% de la población latina vive en la pobreza, frente al 14,8% de media nacional. Quizá por ello, las encuestan indican que la economía es su principal preocupación mientras la inmigración es la sexta.

Si la pobreza y la discriminación ya hacen difícil la vida de los latinoamericanos y caribeños en el imperio del norte, la incertidumbre ante cada control policial es insoportable.

Ciudadanos de origen mexicano (12,1 millones o lo que es lo mismo, casi un 29% del total de inmigrantes), centroamericanos, caribeños (República Dominicana y Jamaica son los principales ‘exportadores’) y suramericanos (con Ecuador, Brasil y Colombia a la cabeza) son los que más sufren el acoso, la detención y las deportaciones. Por eso, para ellos, la no-decisión de la Corte Suprema que, en la práctica, mantiene paralizados los programas de Acción Diferida para Padres de ciudadanos Estadounidenses (DAPA), que podía cobijar a 4,4 millones de personas sin papales, y de Acción Diferida para llegados en la Infancia (DACA), viable para otras 700.000, ha sido un jarro de agua fría.  La DAPA y la DACA no suponen una amnistía ni son un sorteo de la ciudadanía pero, la menos, les daba un plazo de tres años para buscar soluciones y, mientras, les permitía tener número de la Seguridad Social, permiso de trabajo o licencia de conducción.

Mientras miles de migrantes africanos, cubanos o ecuatorianos siguen su atropellado viaje hacia el sueño estadounidense (enfangados en el Darién panameño, detenidos en Colombia o bloqueados en Nicaragua), Estados Unidos sigue aplicando una puerta giratoria que no logra frenar el aumento de la población migrante. Quizá tenga que ver con el inmenso aporte a la economía estadounidense, que según la Alianza para una Nueva Economía Estadounidense, ya suponía en 201332 mil millones de dólares a las arcas fiscales locales y estatales, y con 54 mil millones a la nación. O quizá se trate de un río humano, que como el de los refugiados que tocan la puerta de Europa por millones, siempre encuentra las grietas por las que fluir.

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