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El tema Una cuña en el sur del sur

La sombra que oculta a Paraguay

domingo 02 de octubre de 2011 Que Paraguay existe parece una fórmula redundante y sin sentido. Pero a veces hace falta recordarlo. Golpeado por la historia y por sus vecinos, ignorado por la mayoría, Paraguay trata de sacudirse. Irene Ayuso Morillo comienza una serie en la que nos llevará de la mano por esta cuña en el Sur del Sur.

Por Irene Ayuso Morillo

Augusto Roa Bastos definía a Paraguay como una isla rodeada de tierra -comprendida por Brasil, Argentina y Bolivia-. Paraguay desconocida, silenciada, ninguneada desde el exterior. Aislacionismo historiográfico, injusticia geopolítica, confusión general.

–“Me voy a Paraguay”,

-“¿Y qué… vas a la capital, Montevideo?”

-“No, a Paraguay. Capital, Asunción”

La sombra que oculta a Paraguay está compuesta de diferentes componentes: la falta de estudios acerca del país, como consecuencia de la historia política y social, la dificultad para crear una élite intelectual autónoma e independiente (de hecho, la mayoría de los estudios procedan del exterior o de paraguayos exiliados), una historia de sangre, pérdidas, caudillismo y terratenientes… La escasez de estudios es evidente, sea porque no se considere interesante, sea por su poco peso demográfico y económico, o por la negación interna, muchos de los textos que existen hablan de una historia que ha encontrado en la exaltación de los episodios de las guerras contra la Triple Alianza y la Guerra del Chaco –incluyendo la apología de los gobernantes fuertes, sobre todo de Francisco Solano López-,  las señas de la identidad nacional.

Paradójicamente, el país ha sido escenario de importantes acontecimientos,  que hacen de Paraguay, un país fuertemente marcado por su pasado. Tras la independencia política de España, en 1811, de la cual  actualmente se celebra el Bicentenario, siguió sumida bajo el mismo sistema autoritario, solo que bajo diferentes líderes y a cargo de compatriotas.

El recorrido independiente de Paraguay ha estado supeditado a dos guerras internacionales contra países vecinos: la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) y la Guerra del Chaco (1932-1935). La primera diezmó a la población paraguaya en una sangría que redujo la población de 800.000 a 194.000 habitantes, de los cuales sólo 14.000 eran varones y por ello el importante papel demográfico que desempeñó la mujer paraguaya en esa época. 

Paraguay perdió parte de su alma y buena parte de sus tierras en la que pasó a llamarse la “Gran Guerra”. Fruto de las deudas contraídas por la guerra, el Estado decidió vender masivamente las tierras públicas como forma de generar ingresos a corto plazo. Las cataratas de Iguazú dejaron de ser paraguayas y el país heredó así una nefasta estructura de la propiedad agraria y una economía rural truncada que aún hoy se mantienen vigentes.

 

De dictadores y desmemoria

La historia política reciente es la de la ruptura de las hegemonías, aunque aún  no de las estructuras. Después de 35 años de dictadura del general Stroessner (1954-1989), una de las más largas de América Latina, y tras 61 años en el poder de su representación política, el Partido Colorado, se rompe el estatus quo con  el triunfo del ex obispo Fernando Lugo en  las elecciones de 2008: una brecha en la dinámica partidaria que alternaba en el poder a dos partidos tradicionales, la Asociación Nacional Republicana (Partido Colorado) y el Partido Liberal.

La dictadura de Stroessner -sostenida sobre la tríada del Partido Colorado, las Fuerzas Militares y la figura del propio Stroessner-, fue un gobierno autoritario basado en el miedo, la tortura, y la violación sistemática de los derechos humanos: dos torturados por día durante esos eternos años.

Entre 1970 y 1980,  los gobiernos militares de Suramérica coordinaron sus actividades represivas en la región a través de la denominada como “Operativo Cóndor”: colaboración secreta entre cinco dictaduras militares (Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia), diseñada como un sistema de intercambio de información sobre simpatizantes de izquierda en todo el continente y que se convirtió en una agencia internacional del terror que encarcelaba, torturaba o asesinaba a cualquier persona considerada peligrosa o subversiva.

El 22 de diciembre de 1992 se descubre el denominado Archivo del Terror cuyo contenido avala fehacientemente la naturaleza represiva del régimen de Stroessner, una prueba documental abierta  a toda la ciudadanía.

Según el Informe Final de la Comisión de Verdad y Justicia entregado a los 3 poderes del Estado Nacional, el 28 de agosto de 2008, existe un registro de más de 400 detenidos-desaparecidos y ejecutados extrajudiciales durante el régimen dictatorial de Alfredo Stroessner. Esta funesta práctica se siguió repitiendo durante la transición en el marco de la lucha por la tierra, según señala el Informe Chokokue, elaborado por la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay.

Un nuevo golpe de Estado derroca al dictador Stroessner en 1989 y la asonada se recibió con euforia inicial y decepción posterior. Las armas no traían la democracia y se aplicaba la vieja receta gatopardista: cambiar algo para que todo siga igual…más que una transición a la democracia se instaló “el Stronismo sin Stroessner”.

La tierra, esa arma con dueños

Tras la salida del dictador, se profundiza aún más el proceso de latifundización  y surge una nueva visión agraria del país que gira en torno a la soja, empujada por la demanda internacional. La soja transgénica es más rentable que la soja tradicional, se concentra la propiedad de la tierra (son necesarias grandes extensiones para un solo cultivo) y el modelo del monocultivo hace trizas cualquier sueño de distribución de tierras y empuja el desplazamiento de familias campesinas. Se crea “una agricultura sin agricultores”.  Se contraponen así dos modelos difíciles de coexistir entre sí, los campesinos y  su modelo de autosubsistencia y la concepción productivista y mecanizada basada en la acumulación. Los sin tierra llegan a 400.000.

La soja transgénica llega con más invitados: un crecimiento del desempleo rural y una alta contaminación ambiental por las masivas fumigaciones con potentes agroquímicos.  Ante este panorama, los campesinos se organizan y demandan la necesidad de una reforma agraria y reciben por respuesta la represión violenta, con desalojos forzados, destrucción de sus cultivos, incendios de chozas, apresamientos, torturas e incluso asesinatos.

La soja es para exportar y, la gran riqueza del país, el agua, también. Paraguay es el único país exportador de excedentes hidroeléctricos en la región, pero, la generación hidroeléctrica proviene mayoritariamente de emprendimientos binacionales con Brasil, y la represa de Itaipú,  y con Argentina y la represa de Yacyretá. Consecuencia de los tratados firmados durante la época de Stroessner (1973), Paraguay pierde su soberanía hidroeléctrica, con lo que no puede exportar su electricidad a precio de mercado y está obligada a ceder el derecho de compra con exclusividad a Brasil y Argentina a precios muy inferiores a los del mercado. De hecho, Paraguay exporta mucha más energía de la que importa y esto se traduce en que a menudo se corte la luz eléctrica. Y cuando se va la luz, se va en todo el Paraguay.

La paradoja de la energía hidroeléctrica bien podría ser una metáfora de la relación de Paraguay (y de Uruguay en cierto modo) con MERCOSUR: una alianza asimétrica donde los pequeños casi nunca salen beneficiados.

 

Lugo y la distancia del poder real

Ante este panorama, la llegada al poder de Fernando Lugo en abril de 2008 trajo esperanza. Lugo se instaló en la presidencia de la República con la promesa de una reforma agraria que, a día de hoy, sigue siendo eso: una promesa. Su triunfo, que sacó del poder al Partido Colorado, fue considerado como el verdadero “entierro de Stroessner” y fue recibido con gran acogida por el pueblo paraguayo, esperanzado de un gran cambio. A tres años de su mandato, hay bastantes logros en su haber, pero su Gobierno aborda un problema primordial y es el hecho de carecer de poder real. Lugo no tiene mayoría en el Congreso, por lo que se enfrenta a una minoría oficialista, una mayoría colorada en el legislativo y de esta manera un oficialismo subdividido que le dejan poco margen de actuación.

El sentimiento de que no hay cambios suficientemente reales y rápidos, la falta de  mejora en las condiciones de vida, puede provocar que en las próximas elecciones de 2013 vuelva el coloradismo. El Partido Colorado demostraría así que el lastre de la historia no puede frenarlo.

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