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El tema DEBATES

Manual para evitar el oleaje: ¿Cooperación al desarrollo o Colonialidad?

jueves 15 de septiembre de 2011 América Latina y El Caribe reciben al año unos 120 mil millones de dólares en Ayuda Oficial al Desarrollo. Préstamos, ventas encubiertas y cooperación real se confunden en cifras tan millonarias como aparentemente eficaces. ¿Qué papel juega la Cooperación al Desarrollo en la región?

Busca en los próximos días la entrevista con IEPALA y su análisis crítico de la cooperación.

Por Equipo Otramérica

En España se acaba de celebrar la Semana de la Cooperación, un motivo de darse palmaditas en la espalda y celebrar decenas de actos de conmemoración. Pero pocos de ellos han tenido como centro un análisis crítico de lo que supone la denominada Cooperación al Desarrollo o sobre el papel de Gobiernos y ONG en el mercado del llamado Tercer Sector.

Otramérica quiere colaborar con este debate señalando algunas zonas de sombra que generan dudas sobre la ‘bondad’, la eficiencia y los intereses que hay detrás de la cooperación internacional.

De la hipocresía de la filantropía, denunciada en todas sus vertientes por el provocador filósofo Slavoj Zizek hasta las críticas por neocolonialismo que llegan desde diferentes organizaciones y pensadores del Sur. La Cooperación al Desarrollo (que, básicamente, es la Ayuda Oficial al Desarrollo –AOD) no es bienintencionada.

Según escribe Eva María Durán: “Los datos son claros: la AOD, después de más de cincuenta años, ha tenido como único logro el convertir a la pobreza en la miseria. Los cambios en la economía mundial, las sucesivas crisis económicas que se vienen produciendo desde la década de 1980 no han sido ajenos en este proceso, pero no podemos achacar sólo este aumento de las diferencias entre pobres y ricos a la injusta división del trabajo entre el Norte y el Sur ni a la deuda externa, aunque está claro que estos elementos tienen un alto grado de responsabilidad”.

Según Durán, la cooperación internacional oficial  es hija de la Guerra Fría y del intento de alejar de los brazos de Moscú a los países pobres. En realidad, es un asunto bastante joven este de la cooperación al desarrollo y ya, pocas décadas después, se puede hablar de una crisis en el Tercer Sector. Quizá sea porque, como insiste Vicenç Fisas, de la Cátedra de Paz y Derechos Humanos de la Unesco, la Ayuda Oficial al Desarrollo o AOD no ha sido adecuada “para fomentar el desarrollo y la autonomía de los países receptores, sino un mecanismo que ha permitido distraer la atención sobre las auténticas causas internas de la pobreza, la marginalidad y el subdesarrollo económico de muchas regiones del planeta (…) Una parte cada vez mayor de la AOD mundial se dirige a paliar los efectos de conflictos armados, más que a promocionar el desarrollo de los pueblos”.

Entonces… ¿para qué sirve? Utilicemos el ejemplo del Estado español, que en 2009 dedicó 4.728 millones de euros (unos 6.500 millones de dólares) a la AOD. Parece una cifra desorbitante, pero apenas llega al 0,46% de la Renta Nacional Bruta del país. De ese dinero, 679 millones de euros fueron canalizados a través de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que, excepto en contadas excepciones, dependen en un alto porcentaje de fondos públicos, lo que limita su autonomíaa o independencia.

Los más críticos señalan que esa complicidad entre ONG y Gobiernos no es casual, ni supone un efecto neutral sobre su acción.  En Fractalidades en Investigación Crítica señalan: “Las acciones de las ONG no se entienden -como cualquier ámbito de lo social- sino atravesadas por el poder. En estos trabajos, se pone de relieve fundamentalmente que no puede entenderse el fenómeno de la cooperación internacional sin apelar a sus efectos degubernamentalidad (Foucault, 1978), control social, y en general, a las formas de gestión, canalización, reificación, apaciguamiento y/o despolitización del conflicto social. En un sentido parecido, Roy (2004) dice que las ONG ‘alteran la psique pública’, en lo que denomina, la ‘ONG-ización’ de la política”.

 

Desde el Sur

Pablo Winokur, politólogo argentino, resume con cierta ironía las imposiciones de las agencias oficiales de Cooperación al Desarrollo y de las ONGs que operan los fondos de las primeras. Estas son algunas de las condiciones habituales:

“1) No financiamos programas en marcha. ¿Qué significa esto? Sólo te vamos a dar plata para que generes un programa nuevo. Si tenés un comedor escolar que alimenta 300.000 chicos por día, pero ya está funcionando, no nos importa. Queremos que hagas algo nuevo.

2) No se financia estructura. Como sólo vamos a financiar programas nuevos, damos por supuesto que ya tenés oficina y empleados administrativos. Por lo tanto, no los vamos a financiar nosotros. Sólo vamos a pagar sueldos específicos para este programa o gastos de consultoría. “¿Pero es imposible que lleve adelante mi programa sin pagarle a Fernando, que es nuestro coordinador operativo?”, dicen en la ONG. Claro, ése no es problema del donante.

3) Presentame el marco lógico. En general, las planillas y formularios a llenar son muy extensas, específicas y técnicas. Encima las convocatorias se abren y se cierran en pocos días. No cualquiera puede completarlos en ese tiempo, con lo cual para poder aplicar seriamente hay que tener una estructura capacitada que se encargue de la elaboración de esos proyectos. Pero luego, la cooperación internacional no financia estructura, con lo cual las organizaciones no tendrán forma de pagar esos sueldos”.

Lo que Winokur retrata es queja habitual entre las organizaciones del Sur, pero yendo más allá, habría que buscar la razón –o las razones- de fondo de estas imposiciones, de estas ‘modas’ de la cooperación, de estos marcos lógicos que torturan a los activistas del Sur que, para lograr fondos del Norte, deben hacer equilibrismos semánticos e ideológicos.

Alvaro Briales Canseco, en ‘Dilemas ideológicos de la cooperación internacional’, defiende que hay una coincidencia sospechosa entre los países receptores de cooperación y las ex colonias y ahí, indica, hay una unidireccionalidad en la cooperación que escenifica en el terreno como una nueva forma de la “colonialidad del poder” que “se expresaría entre otros ámbitos: en lo económico a través del neocolonialismo; y en lo intersubjetivo mediante el discurso del desarrollo”. El neocolonialismo, como han señalado muchos pensadores latinoamericanos, es un “colonialismo sin colonos” y por ello, Briales, apunta que “la presencia creciente de cooperación española en Latinoamérica, se conforma paralelamente a la recolonización de América Latina. De este modo, como señala Ponce (2006), se da la paradoja de que los emisores de cooperación -aparentemente interesados en la solución de la pobreza-, imponen políticas comerciales neocoloniales que perpetúan una dependencia –económica- estructural. Por ello, la cooperación internacional ayudaría mínimamente a solventar la pobreza. Más bien, constituiría un dispositivo para naturalizarla”. Briales también analiza la figura del "cooperante" y su supuesto cosmopolitismo. Pero ese asunto, y la cooperación como nuevo sector de "inserción laboral" en el Norte, es otro largo debate.

Según otros críticos, no se trataría sólo de “naturalizar” la pobreza, sino de desactivar la amenaza que suponen los pobres, desmovilizar, adormecer. Javier Ponce, del Comité Ecuménico Quito, la “nueva” cooperación internacional pretende “reducir la amenaza de la pobreza, reducir la amenaza del desorden político a nombre de la llamada ‘gobernanza’, un término extraño para determinar la necesidad de que nuestros países no hagan olas, no alteren los frágiles términos del equilibrio determinado por las potencias del Norte. Rabia o ironía, resignación o comodidad, folklorismo o victimización, son versiones del modo cómo el Sur responde a la curiosidad del Norte”.

Desde la rabia y la frustración lúcida, Ponce denuncia que “la cooperación se ha ido convirtiendo en una forma de sobrevivencia económica allá y acá, y en una manera de convivencia internacional signada por un neo colonialismo solapado que aceptamos en nuestra región al margen de toda crítica”. Quizá, como analizaba una responsable de la cooperación en América Latina delante de un trago de ron, “lo que hay que aceptar es que la cooperación al desarrollo no es más que el brazo aparentemente amable de la política externa de los países que tienen el poder”.

La lógica de la colonialidad se instala en todos los rubros de la cooperación, define conceptos como ‘pobreza’ o ‘desarrollo’ desde la mirada del Norte y roba la energía a los movimientos sociales del sur. Así lo ve también la feminista María Galindo, de Mujeres Creando (Bolivia): “La cooperación internacional, la matriz del Banco Mundial, es una cooperación colonialista y patriarcal que ha entendido perfectamente que es vital la cooptación de la fuerza de las mujeres. Un ejemplo claro de esto es el microcrédito, que convierte a las mujeres desempleadas en deudoras y que bancariza el dinero producido por las mujeres en el contexto de la economía informal”.

Quizá, lo que haya faltado, es una cooperación más horizontal, construida desde la sociedad civil y no desde la verticalidad del poder y de una idea colonial y patriarcal del poder. De hecho, los esfuerzos de la llamada Cooperación Sur-Sur también han sido criticados por estar reproduciendo modelos subimeriales basados en el poder economico de cada país y no en la solidaridad necesaria con terceros. Brasil, posiblemente, es el mejor ejemplo de ello.

 

ONGDs y Política

Puede ser evidente el papel de los Gobiernos en este juego de la Cooperación Internacional. Pero… ¿a qué juegan las organizaciones no gubernamentales del Norte que se dedican a la Cooperación al Desarrollo (ONGD)?

Albert Roca, de la Universidad de Lleida (Catalunya) resume así el papel de las ONG: “han conseguido polarizar buena parte de la capacidad de movilización social de los llamados sectores ‘progresistas’ de los países ricos, y nada hace pensar que hayan tocado techo en este sentido, aunque sería equivocado confundirlas con la izquierda clásica o con su herencia; su propia heterogeneidad prohíbe semejante ecuación. Sus miembros han condenado a menudo a las financieras multilaterales, mientras que no dejan de ser la ‘cara ciudadana’ de la filosofía del ‘ajuste estructural’ de origen estadounidense. Se proclaman independientes y buena parte de su financiación parte del Estado. Denuncian la corrupción de las élites africanas, intentando «saltarse» al Estado y se constituyen en nudos más o menos involuntarios de redes de intercambios más o menos ilegales, Condenan la ineficacia del Estado y su actuación no parece haber mejorado sensiblemente la de la cooperación oficial”. 

El debate se está produciendo en el interior de las ONG, aunque haya cierto pudor –¿prudencia presupuestal quizá?- en hacerlo público. Sin embargo, recomendamos leer de forma íntegra el documento que adjuntamos (columna izquierda) firmado por Pablo Martínez Oses, de la Plataforma 2015 y más, y que fue presentado en las jornadas sobre Eficacia del Desarrollo y ONGDs celebrado en Madrid en mayo de 2011. Después de hacer un análisis muy crítico sobre el papel de las ONG y exigir una repolitización de las mismas, Martínez Oses mira al futuro y pronostica: “Estamos en tiempos de cambios. Es muy probable que en un futuro no muy lejano ya no podamos hablar de las ONG como un ‘sector’. Tal vez siga avanzando un conjunto de ellas que constituyan un actor social ‘despolitizado’, legitimador de las desigualdades y subsidiario aunque esta vez de los intereses del creciente sector privado transnacionalizado, con su proyecto de privatización y crecimiento en torno a la provisión de bienes. Pero, sin duda, también existirán ONG que cambien y sean capaces de reorientar sus propuestas y trabajos en la constitución de un sujeto social transformador, crecientemente politizado y con capacidad para crear y modificar nuevas narrativas para lograr cambios profundos. En realidad dependen de sí mismas para caminar en un sentido o en el otro”. 

Esperemos, en todo caso, que como vaticina Zizek, no se queden en los límites de lo “tolerable” por el poder económico, político y mediático, sino que la vocación transformadora sea real y trabaje no solo con los síntomas sino con las causad de la pobreza o de la injusticia.

De momento, revisando la controversia, toca revisar los conceptos para después definir las acciones. Si palabras como “desarrollo”, “cooperación”, “cambio social”, “justicia”, “pobreza” o “participación” siguen siendo definidas desde las oficinas de Naciones Unidas en Nueva York o desde los think tanks europeos, la cooperación y el desarrollo seguirán siendo armas de baja intensidad del Norte para evitar un oleaje incontrolado en el Sur.

 

 

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