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El tema Panamá / Pueblos Originarios

Morguinnid: la revolución Guna de 1925

domingo 26 de febrero de 2012 Las relaciones de los indígenas de Gunayala con la República de Panamá siempre han sido tensas. La resistencia del pueblo guna a la aculturación y al sometimiento externo no solo le ha permitido llegar al siglo XXI siendo uno de los territorios indígenas del mundo con más autonomía, sino que ha forzado la construcción de un Estado más respetuoso de la multiculturalidad, aunque esto haya ocurrido a menudo más de facto que por la vía del reconocimiento oficial de derechos y libertades.

Niños en Gunayala.

Niños en Gunayala. José Manuel Castrellón

En febrero se celebra el aniversario de la revolución Guna en Panamá, un alzamiento que ha marcado las relaciones de Gunayala con el Estado y las de éste con los pueblos originarios.

Por Walo Araujo

En los años 1920, dos décadas después de que Panamá se hubiera separado de Colombia y declarado una república independiente, aún era mínimo el control panameño sobre el territorio indígena conocido por entonces como San Blas. Una intendencia del Gobierno había sido establecida en El Porvenir, una isla en la parte más occidental de este territorio, conformado por una boscosa franja de tierra en la ladera caribeña de la cordillera de Gunayala, que se extiende como un arco desde la zona central del país hacia Colombia. Frente a esa franja costera, se ubican más de 300 pequeñas islas de origen coralino.

Las leyes de la nueva república habían establecido el objetivo de integrar esta población indígena a la “vida nacional”. La ley de 1912 sobre “civilización indígena” estableció en su primer artículo: “El Poder Ejecutivo procurará, por todos los medios pacíficos posibles, la reducción a la vida civilizada de las tribus bárbaras, sermibárbaras y salvajes que existan en el país”. De igual forma, dicha ley estableció lo que podría considerarse la primera política indigenista de Panamá, que fomentó el establecimiento de asentamientos de colonos en los territorios indígenas, ofreciendo incentivos tanto a éstos como a las familias indígenas que se “redujeran” a esa vida civilizada. Esta nueva política previó también el establecimiento de escuelas primarias, el despliegue de la administración del Estado y la organización de fuerzas policiales que garantizaran el orden y la soberanía nacional.

“El Poder Ejecutivo procurará, por todos los medios pacíficos posibles, la reducción a la vida civilizada de las tribus bárbaras, sermibárbaras y salvajes que existan en el país”

La Administración panameña contaba, sin embargo, con muy exiguos medios financieros, humanos y materiales para hacer cumplir esta nueva política en territorios poco accesibles y con poblaciones aisladas. En Gunayala, en la década de 1920 apenas unas cuatro o cinco comunidades habían sido “pacificadas”, o sea, sometidas al control de Panamá, que básicamente implicaba el despliegue de unidades de la llamada Policía Colonial y el establecimiento de escuelas. No contando el Gobierno panameño con los medios para imponer en Gunayala su soberanía por la fuerza, y dada la poca inclinación mostrada por los gunas hacia la sumisión, por tratarse de una sociedad bastante igualitaria, la tarea de “llevar la civilización a una raza inferior” (en palabras del presidente Porras) debió plantearse más bien en términos de persuasión y de presión, así como de tácticas para dividir a las comunidades indígenas y debilitar la autoridad de sus jefes.

En 1916 el intendente Enrique Hurtado, escribía estas palabras al Presidente Porras: “Sus mismas costumbres son un obstáculo para imponerles las obligaciones de nuestras leyes. Su forma de gobierno en que la autoridad es relativa y no la tiene nadie sino cuando es concedida por todo el pueblo para cada caso especial, los hace rechazar toda otra autoridad que en sus mentes primitivas parezca absurda, puesto que la ejerce uno solo sin que les haya tomado su parecer”…“Los pueblos esclavos son fáciles de dominar, basta un poco de bondad o de rigor para hacer de ellos lo que se quiera; los pueblos libres son indominables y la atracción metódica, le evolución lenta en el rumbo que la voluntad superior ha prefijado es el único medio de ejercer su fusión con la raza. Los hombres de San Blas son hombres libes”. (Documento del Ministerio de Gobierno y Justicia citado por James Howe en Un pueblo que no se arrodillabaPanamá, los Estados Unidos y los kunas de San Blas. Serie Monográfica, núm. 13. La Antigua Guatemala: CIRMA/ PLumsock Mesoamerican Studies, 2004, pág. 144.)

De ahí el papel estratégico que debían jugar las escuelas en el territorio de Gunayala, y para respaldar la labor civilizatoria de los maestros, estaba la Policía. Los dirigentes gunas fueron conscientes de esto desde un principio, sin embargo consideraban importante que sus hijos e hijas aprendieran a entenderse con el mundo que les rodeaba, así que la posición de los gunas ante las escuelas panameñas fue desde el principio ambigua y conflictiva. La interferencia de las escuelas en la vida de las comunidades muy pronto comenzó a manifestarse.

La penetración de los modos de producción capitalistas en el territorio guna había venido produciendo serios conflictos en las comunidades

En 1919 el presidente Porras ordenó expresamente que no se permitiera en las escuelas de San Blas el uso por parte de las niñas de las argollas nasales y de las ligaduras de cuentas de colores que se ponen en piernas y brazos. De ahí, muy pronto se pasó a prohibir la celebración de los ritos de la pubertad de las niñas, que implicaban grandes fiestas comunales de varios días de duración en los que se libaba chicha. Cuando en febrero de 1925 los gunas se declararon independientes y se levantaron contra la Policía Colonial en lo que se ha pasado a la historia como la Revolución Guna (Morguinnid en su lengua), en el centro del conflicto estaba la resistencia a acatar las imposiciones sobre la indumentaria de las mujeres, puesto que era – y es aún – considerada por los gunas un símbolo fundamental de su identidad étnica.

No era éste, sin embargo, el único ingrediente del levantamiento indígena de 1925. La penetración de los modos de producción capitalistas en el territorio guna había venido produciendo serios conflictos en las comunidades. El Gobierno Nacional patrocinó el establecimiento de colonias agrícolas no indígenas y se otorgaron permisos a compañías extranjeras para la explotación de los bosques de los gunas extrayendo manganeso, tagua, látex de balata de los árboles de níspero, caucho y raicilla para producir ipecacuana, así como para la siembra y comercialización de cocos y bananos. De igual forma, se otorgaron permisos a no indígenas para la captura de tortugas carey en las aguas de Gunayala. Las invasiones incontroladas por parte de colonos negros (“costeños”), las cuales eran toleradas por el gobierno, a pesar de las constantes quejas de los indígenas, produjeron también muchos problemas.

Frente a esto se alzaron varias comunidades de Gunayala en la Revolución de 1925, cuando atacaron los cuarteles de la Policía, con un saldo de entre 20 y 30 muertos. El gobierno reaccionó de inmediato nombrando una comisión negociadora, que actuó bajo la vigilancia de la embajada estadounidense y las autoridades de la Zona del Canal siguiendo la tradición intervencionista de este país en Panamá. Días después, en El Porvenir se firmó un acuerdo de paz por medio del cual el gobierno se comprometió a respetar las costumbres y tradiciones de los gunas y a no imponer las escuelas, mientras que los rebeldes aceptaron someterse a la soberanía de Panamá y a respetar a los indígenas que decidieran adoptar las costumbres panameñas y asistir a las escuelas.

Años después, y como efecto del levantamiento de los gunas, se delimitó la región como reserva Indígena mediante una ley de 1930, y más tarde, en 1938, se creó legalmente la denominada Comarca de San Blas. Finalmente, un ley de 1953 vino a oficializar el reconocimiento del Congreso General Guna y las formas tradicionales de organización política y social de este pueblo indígena.

Hoy, casi noventa años después de la Revolución Guna, una cuestión que sigue estando en el centro de las preocupaciones de los líderes de Gunayala es el papel que deben jugar las escuelas en las comunidades. El Ministerio de Educación, en su visión burocrática y centralista – cuando no directamente racista – sigue resistiéndose al pleno desplique de programas de estudio en los territorios indígenas que incorporen sus propias visiones del mundo y de su historia, y que vayan mucho más allá de la verdad oficial del Estado panameño.

Por eso, hacen bien aquellas comunidades gunas que cada año, en torno al 25 de febrero, realizan representaciones teatralizadas de los hechos revolucionarios de 1925, para que los niños y las niñas conozcan esta historia y los mayores no la olviden.

 

*Sobre este tema es de gran interés el libro citado de James Howe, Un pueblo que no se arrodillaba, al igual que Así lo vi así me lo contaron (Datos de la Revolución Kuna. Versión del Sailadummad Inakeliginya y de kunas que vivieron la revolución de 1925) recopilado, sintetizado y traducido por Aiban Wagua.

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