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El tema Burbujas

Panamá 2.0, el agua que ahoga el espejismo

martes 22 de noviembre de 2011 Hay lugares invisibles. Unos lo son por desinterés general (como la mayoría de África o parte del Caribe) otros por exceso de interés particular. Este es el caso de Panamá. Un país de alto voltaje conflictivo que pasa agachado para no asustar a los inversionistas y piratas del siglo XXI. Bienvenidos a Panamá 2.0.

Es difícil resumir la compleja situación de Panamá, pero el agua se empeña en sacar a flote algunas realidades ocultadas por los medios internacionales. 

Por Equipo Otramérica

Panamá está de moda entre una élite blanca occidental. Casinos lujosos, fiestas privadas, mansiones en lugares paradisíacos… Altos ejecutivos españoles, estadounidenses, canadienses, franceses o italianos se pasean por los hoteles de cinco estrellas abiertos en la capital y los inversionistas de la nueva era abren pequeños y carísimos hoteles boutique en islas remotas del Pacífico.

Incluso, el famoso Donald Trump puso su nombre y su marca a una torre vanguardista acusada de plagio arquitectónico que fue inaugurada en medio de una inundación fruto de la falta de planeamiento urbano y de exceso de ladrillo. Los invitados casi tienen que salir en lancha, pero el espejismo del boom se enfrenta a problemas mayores que el agua. La misma empresa que promociona el Trump Ocean  Club no ha podido cumplir con sus compromisos. El faraónico proyecto inmobiliario se ha financiado con emisión de bonos y el pasado 15 de noviembre, cuando vencía el primer plazo, Newland Internacional Properties anunció que no tenía liquidez para abonar los 220 millones de dólares que debía desembolsar.

No es el único lugar con nombre en inglés que enfrenta problemas con el agua (real y financiera). Westland Mall, el nuevo megacentro comercial de aspecto de fortaleza inaugurado recientemente en el oeste de la capital y destinado a la clases medias emergentes que trabajan como bestias para gastar como tales, provocó inundaciones desconocidas hasta el momento en los barrios circundantes. Nadie exigió que la construcción del Mall tuviera esto en cuenta en un país tropical donde el agua cae del cielo de forma inapelable durante ocho meses del año. 

La metáfora del agua

Dice el mito errado que Panamá significa “abundancia de peces” y el medio natural de los peces es el agua. Así que está siendo el agua la que contradiga el mito del “Dubai de las Américas”, como lo describe habitualmente el polémico presidente de la República, Ricardo Martinelli.

En un país con una pluviosidad alta (entre 5.000 y 9.000 mm al año), no hay agua para beber. El Instituto de Acueductos y Alcantarillados no consigue estabilizar el servicio. La mayor crisis se produjo entre diciembre de 2010 y febrero de 2011 cuando la capital del país vivió sin el suministro de agua potable durante casi dos meses. Ahora, la situación se repite. Un millón de panameños no tienen agua en sus grifos y a los que sí la tienen el ministro de Sanidad les ha advertido que no es apta para el consumo humano.

En este extraño Dubai sin desierto ni sequías donde no hay agua potable de forma regular pasan muchas cosas que los medios internacionales no recogen.

El sector Salud, los médicos, han mantenido un reciente pulso con el Gobierno Nacional, dos semanas de huelga que han dejado unas 60.000 citas sin atender y que hunden aún más a un sistema público sanitario que acumula un historial nefasto: con la anterior administración, el envenenamiento de unas 500 personas y la muerte de otras 150 por dietilenglicol; con ésta, la rápida proliferación de la bacteria hospitalaria KPC que ya acumula 100 muertes en los últimos meses.

Impunidad

Pero en Panamá no pasa nada. La impunidad es casi total y cubre, o protege, incluso, a altos cargos del Gobierno que aparecen en investigaciones relacionadas con el narcotráfico, con el uso de sus puestos para favorecer a amigos y familiares o a oficiales y responsables de la Policía Nacional acusados de uso excesivo de la fuerza o violación de derechos fundamentales.

Las organizaciones de la sociedad civil y los sindicatos gremiales se desgañitan exigiendo transparencia y participación pero los altavoces son pocos. Quizá por ello, la Asamblea Nacional hace y deshace hasta que la presión de la calle la hace frenar y replantear las medidas.

La Asamblea, cuando subió al poder Ricardo Martinelli estaba atomizada y sólo la alianza entre el partido del presidente (Cambio Democrático) y el Partido Panameñista permitía al Ejecutivo avanzar en sus propuestas. En los dos años largo de esta administración, un plan de transfuguismo ejecutado a la perfección por Cambio Democrático ha dejado una Asamblea monocolor que ha sacado adelante legislación poco popular.

Dos de los momentos álgidos que han escenificado el enfrentamiento entre la Asamblea y la sociedad civil organizada tuvieron que ver con la aprobación de la llamada Ley Chorizo (que modificaba varios códigos con la excusa de un cambio en la Aviación Civil) y la reforma del Código Minero. Las protestas fueron masivas y terminaron con choques violentos, hasta 8 muertos y centenares de heridos en Changuinola (Bocas del Toro), y con un duro pulso en la Carretera Interamericana entre el Gobierno e indígenas Ngäbe-Buglé.

La estrategia oficial es peculiar. Se presiona, después se anuncia una paralización de los proyectos y, finalmente, se logra sacar delante de otro modo. La ley Chorizo se transformó en seis leyes diferentes y el Código Minero sigue en discusión.

La ultima refriega ha sido con motivo de la discusión de la Ley 349 de Asociaciones Público Privadas, necesaria según el Gobierno para invertir en nuevas infraestruturas, y un paso adelante hacia la privatización de servicios de salud o de otro tipo, según los quejosos.

Negocios… todo son negocios

Lo que parece, en todo caso, es que el agua que ahoga el espejismo todavía no ha frenado el impresionante volumen de negocios que se genera en Panamá. Un reciente reportaje del diario La Prensa mostraba cómo el crecimiento sostenido de la macroeconomia por encima de la media latinoamericana no ha permeado al resto de la población, sumida en niveles de pobreza inconcebibles desde el Trump Ocean Club.

Los ministros del Gobierno impulsan múltiples inversiones millonarias que gustan a los inversores aunque en Panamá no se entiendan. Una de las más llamativas es la de la autopista que rodeará al Casco Antiguo de Panamá. A pesar de las quejas de la UNESCO, ya que el Casco es Patrimonio Mundial, y de la sociedad civil, el gobierno sigue adelante con el proyecto. Para ello utilizará el hasta ahora intocable Fondo Fiduciario para el Desarrollo (FDD). También usará el FDD para financiar una de las operaciones más incomprendidas del Ejecutivo: la compra de las dos carreteras de pago de circundan la capital y que, según el Centro de Estudios Estratégicos de Panamá, va a suponer una lesión patrimonial al estado de unos 630 millones de dólares.

En este marco, donde los negocios priman, la institucionalidad democrática no es un tema que quite el sueño al Gobierno. En una reciente doble audiencia temática en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, miembros de la sociedad civil denunciaron el estado de la administración de Justicia, controlada por el Ejecutivo; y la opacidad de las instituciones a la hora de dar información pertinente y de calidad a los ciudadanos. El déficit institucional afecta especialmente en el caso de los megaproyectos económicos extractivos o energéticos, que están despojando a las comunidades de territorios y derechos en un clima de secretismo complejo de desentrañar. 

Para el presidente Martinelli, que aprovecha la red mediática a su servicio, todas las críticas no son más que el pataleo “de cuatro gatos”. Martinelli, relacionado de forma estrecha con el defenestrado Berlusconi y con familiares relacionados de forma directa con los cárteles de la droga de México, insiste en la construcción del “Dubai de las Américas”, tal y como repitió en París hace unas semanas cuando viajó hasta Francia para quejarse por el hecho de que el primer ministro de ese país calificara a Panamá como un “paraíso fiscal”.

Para mantenerse lejos del agua, Martinelli suele mantenerse lejos del país (48 viajes oficiales y varios más sin registro en 28 meses) o se manifiesta a través de la red social Twister. En 140 caracteres logró destituir al vicepresidente de la República, Juan Carlos Varela, ha insultado a opositores, sociedad civil o comunes ciudadanos, e, incluso, mete la pata. Algo coherente si se tiene en cuenta que uno de sus lemas de gobierno es “se puede meter la pata pero no la mano”. Lo primero ha quedado demostrado… 

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