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El tema Panamá

La ciudad abrazada por el mar del Sur, amenazada por una carretera

jueves 20 de septiembre de 2012 Panamá La Vieja y San Felipe se construyeron mirando el océano Pacífico. Destruida la primera ciudad los españoles buscaron un lugar más seguro y eligieron la península de Chiriquí para la segunda ciudad. Varios siglos después, el mar del Sur empieza a perderse en San Felipe con la construcción de unos polémicos y faraónicos rellenos.

La expansión de la llamada cinta costera amenaza el valor histórico del Casco Viejo de Panamá.

Por Ana Benjamín

La ciudad de Panamá existe porque existe el mar del Sur.

En tiempos de conquistas y piratas, los primeros pobladores europeos del Istmo miraban siempre hacia el océano Pacífico por dos razones bien concretas: para ver si por fin venía el barco con las provisiones o si lo que se asomaba en el horizonte era el mástil temible de una nave pirata.

Como se lee en el libro Historia General de Panamá, los primeros colonizadores dependían casi por completo de la carga que venía de Europa y, cuando circulaba el rumor de que había piratas rondando los mares, se vivían las “las carestías más extremas” porque “ningún barco osaba salir a alta mar”.

La primera ciudad, hoy Panamá La Vieja, se mantuvo en pie hasta 1671, cuando cayó presa del pirata Henry Morgan. Las detonaciones, los disparos de los mosquetes y los cañonazos de la artillería se escucharon en las islas Perico, Taboga y Taboguilla, y cuando los capitanes de los barcos vieron desde las islas el humo negro que delataba el fin, levaron anclas y huyeron hacia Perú.

Fue entonces cuando los españoles comenzaron a pensar en un sitio más seguro para la ciudad de Panamá, y ese sitio fue la Península de Chiriquí, donde hoy se levanta el amenazado barrio de San Felipe.

San Felipe también se construyó mirando al mar del Sur. Allí donde está hoy el Paseo Esteban Huertas y la plaza de Francia había un cuartel y depósitos. Más tarde sería una prisión.

El arquitecto Eduardo Tejeira Davis cuenta en su libro Guía de Arquitectura y Paisaje de Panamá, que fue en el siglo XVIII cuando se construyó el edificio conocido como Las Bóvedas, “prácticamente inexpugnable por sus gruesos muros, que se usaban para guardar pertrechos y víveres”. Este edificio era la gran defensa de la ciudad contra los piratas. Hacia tierra firme quedaba la Puerta de Tierra –por donde hoy queda la Casa de la Municipalidad, en calle décima– y en el espacio creado por esas murallas se alzaron las viviendas para las “familias bien”, las instituciones de gobierno y la Iglesia. Fuera de los muros vivían los “otros”: indígenas, negros, mestizos.

La segunda ciudad de Panamá se levantó en un espacio de apenas 30 hectáreas y por ello el barrio de San Felipe tiene solo cinco calles a lo ancho por nueve o 10 de largo. Si se visita hoy el Casco Viejo es fácil percibir esa estrechez. Los lotes del barrio histórico son estrechos, con casas altas construidas en solares largos, sin espacios públicos grandilocuentes.

Vivir en esa ciudad nueva tampoco era sencillo. Los europeos insistían con sus hábitos alimenticios –beber vino en las comidas y preferir el pan de trigo, por ejemplo–, pero ninguna de las dos cosas se obtenía fácilmente en las nuevas tierras. El maíz y el plátano, que sí se cultivaban localmente, eran vistos con desdén, “como comida para pobres y esclavos”.

Las residencias coloniales no tenían lujos. Tal como se puede apreciar hoy en la Casa Góngora –tal vez la única de la época colonial que permanece en pie–, la construcción era de “una sencillez extrema, casi medieval”.

Tejeira Davis lo explica haciendo notar las diferencias: de dos plantas, los marcos de las puertas inferiores son cuadrados; los superiores tienen adornos, incorporados después. Los balcones son de madera, así como las puertas, que a su vez tienen unas ventanas muy pequeñas. ¿Por qué, en un país tropical, se dejaban ventanas pequeñas? Porque la población le tenía un miedo terrible al aire. En aquellos tiempos se pensaba que la brisa era malsana porque traía enfermedades, y entonces las casas eran cerradas, casi sin ventilación.

Tampoco existía entonces el concepto de privacidad ni existían los servicios sanitarios: los vecinos podían hablarse de balcón a balcón y de las heces se hacían cargo unas mujeres conocidas como las “mierderas”.

Las “mierderas” iban por todo el barrio, medían con una vara la cantidad y decían su precio. Una vez acordado –porque además se regateaba–, caminaban con su cargamento hasta el antiguo Terraplén y vertían el excremento al mar. A ese mar del Sur.

La ciudad de intramuros llegaba hasta La Merced y por donde hoy está la casa Boyacá. “Por casi dos siglos una gran muralla, un foso y la explanada –un área más o menos baldía entre las calles 10 y 12 de hoy– separaban a San Felipe del arrabal”, se lee en el suplemento Talingo del 15 de agosto de 1993.

La explanada no era un espacio ocioso. Había algunas huertas, pero, fundamentalmente, existía también como sitio de defensa: era importante dejar un área para la posible refriega que podría armarse ante otro ataque a la ciudad.

Donde hoy está la plaza Herrera –muy cerca de la Boyacá y del baluarte Mano de Tigre, que formaba parte de la muralla– había viviendas durante la colonia. Más tarde se convertiría en una zona para celebrar corridas de toro, luego de que el incendio de 1781 destruyera las casas.

Con los edificios gubernamentales, las iglesias, los conventos y las mejores casas dentro, la ciudad amurallada era exclusiva. Fue allí donde se instalaron los primeros baños moderno, en las instalaciones del Grand Hotel, hoy Museo del Canal Interoceánico. Era allí donde hacían sus vidas esas mujeres con sombrillas delicadas, peinados altos y trajes de cuello alto que hoy se les ve muy quietas, en las fotografías en blanco y negro de la época. Las mujeres de afuera, por su parte, vestían trajes más modestos y eran de piel más oscura.

Pero para imaginar la vida de la segunda ciudad de Panamá no quedan solo imágenes. Si se camina hoy por la avenida Central del Casco Antiguo, se sorprende una encontrando un viejo piso en el que se inscribió: “Ferretería Lyons (1868)”, una especie de almacén por departamento del siglo XIX situado en lo que en algún momento fue un área comercial pujante y distinguida.

No todo era agradable, por supuesto. En Historia General de Panamá se copia la impresión de Eugenio María de Hostos, quien en 1870 pasó por el país y escribió: “Para la vida estable, Panamá debe ser inadmisible... por el cosmopolitismo de pésimo carácter que allí impera... El europeo impone las impertinencias de su civilización jactanciosa; el yankee impone preeminencia impertinente y cada latinoamericano ofende el patriotismo del vecino con la intemperancia insoportable del suyo”...

Varios siglos después de levantado, San Felipe está herido de muerte. Un relleno amenaza la historia que todavía puede sentirse cuando, por ejemplo, camina una por la Plaza de Francia e imagina que allí, en esos espacios abovedados, hubo alguna vez una prisión. O cuando, caminando por el Paseo de Las Bóvedas, se piensa que todavía vemos lo mismo que miraban los habitantes de la colonia: el mar. Las olas golpeando la muralla antigua. La muralla que nos protegía de los piratas de antaño pero que hoy no son capaces de contener la codicia especulativa.

 

 

La cinta costera y San Felipe

El gobierno de Panamá adjudicó a la empresa brasileña Norberto Odebrecht la construcción de la tercera fase de la cinta costera, que incluye un viaducto para conectar las avenidas Balboa y de Los Poetas, áreas verdes y de estacionamiento.

El proyecto ha sido fuertemente criticado por las implicaciones que tiene sobre el Casco Viejo, la segunda ciudad de Panamá declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al principio se había informado que se construiría un túnel y con esta idea se hizo la licitación. Con el paso del tiempo el túnel se convirtió en un puente que pasará por delante del barrio de San Felipe, comprometiendo así la vista histórica del Casco.

El viaducto todavía no ha recibido el visto bueno del Comité de Patrimonio de la Unesco pero su construcción ya empezó.

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