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El tema Género y política

Presidentas en el punto de mira

martes 01 de septiembre de 2015 Un siglo atrás hubiera sido impensable que tres mujeres fueran presidentas del grupo ABC (Argentina, Brasil y Chile) y, ahora en el poder, las tres afrontan por razones diferentes muchos problemas en sus respectivas administraciones. Cabe preguntarse si los ciudadanos exigen más a las mujeres que llegan a la cúspide de la política que a los hombres.

La venus de Lula (obra de Andrés Ovalle H.)

La venus de Lula (obra de Andrés Ovalle H.)

Por Irene Ayuso Morillo

Según la última evaluación sobre el índice de popularidad de los (as) presidentes (as) latinoamericanos (as) realizada por la consultora mexicana Mitofsky a partir de encuestas publicadas en los respectivos países, las tres jefas de Estado (Cristina Fernández en Argentina, Michelle Bachelet en Chile y Dilma Rousseff en Brasil) actuales en la región están de la mitad para abajo en la  lista que encabeza el dominicano Danilo Medina (89 %). Rousseff está en el último puesto, el 21, y Bachelet en el 15, es decir en la cola.

El destape de casos de corrupción y una coyuntura económica desmejorada son factores determinantes. En este sentido, según Jorge Mortean, profesor brasileño de Relaciones Internacionales de FAAP( Fundación Armando Alvares Penteado), más allá del género en las presidencias,  “los responsables son aquellos mismos que siempre se encuentran por detrás de las cortinas, independientemente del gobierno de turno, la elite que cada vez está más interesada en concentrar capital y menos comprometida con el desarrollo nacional”.
        
La caída de Rousseff

En su segundo mandato consecutivo iniciado en enero de este año, la mandataria brasileña afronta un descenso de su popularidad  imparable, del 19% de adhesión del que contaba en el mes de mayo, pasó a un 7,7%, el índice más bajo desde 1992 para un mandatario brasileño.

“El continente vivió un largo período de crecimiento incluso cuando la crisis de 2008 machacaba Europa y EEUU. Ahora el momento económico es diferente, y, específicamente en Brasil, Dilma Rousseff paga por lo que no hizo ella ni tampoco su predecesor, Lula da Silva. Creyeron que el buen momento de la economía no iba a acabar nunca o, como otros dicen, estaban tan ocupados desviando dinero del gobierno que se olvidaron de hacer su trabajo”, apunta Rafael Aldín Vazquez, especialista brasileño en Información Internacional y Países del Sur.

Y es que la herencia recibida por la mandataria podría haber sido un arma de doble filo: "Dilma Rousseff fue elegida por Lula y no exactamente por el pueblo. Sus publicistas la moldearon para ganar las elecciones, pero encontró un gobierno conectado con muchos aliados de carácter dudoso, que trabajaban solamente para mantener el poder y sacar el dinero por algún lado. La duda es si ella participa de toda esa suciedad o simplemente cierra los ojos”, agrega Aldín Vázquez. “El problema de Dilma es que no tiene el carisma ni  la habilidad que tenía Lula para hablar con el pueblo”, concluye.

Sea como fuere, el futuro de la líder brasileña es a día de hoy incierto. La población se encuentra dividida: muchos piden su renuncia mientras otros mantienen su apoyo siendo conscientes de que no existe otra alternativa viable a la presidenta en términos de credibilidad.

 

La Dilma chilena

Tan sólo seis posiciones por encima de su homóloga brasileña se encuentra, según la encuesta de la consultora mexicana, Michelle Bachelet. La fuerza de los escándalos Penta, SQM y Caval, parecen haber minado su credibilidad al frente del gobierno.
 
Más allá de les escándalos, el momento económico tampoco acompaña. Un reciente estudio realizado por CorpResearch revela que el actual gobierno de la presidenta Michelle Bachelet será el que registre probablemente el peor desempeño económico desde 1990 a la fecha. El desempleo y la alta inflación son síntomas de un mal desempeño, de lo que se desliga que a mayor es el índice, mayor es la miseria económica de la población.

Las razones de este resultado, según Sebastián Cerda, economista jefe de CorpResearch, “son atribuibles, no sólo a las reformas en curso y a la incertidumbre interna, sino también el escenario externo, que confluye en lo que está pasando con China y el bajo precio del cobre, lo que afecta directamente a la expansión del país”.

“Lo que vivimos ahora es la más clara concepción de que políticas económicas y desarrollo social son dos cosas distintas. Tanto Dilma como Bachelet tuvieron  una malograda herencia, la experiencia anterior neoliberalista, en la que creció la injusticia social, la corrupción estructural, la ocultación fiscal por parte de las elites y sobre todo, el déficit de las cuentas públicas”, señala, como posible motivo del descrédito, el profesor Jorge Mortean.

Pero más allá de esa herencia, la fortaleza de Bachelet a la hora de llegar al poder consistió mucho más en su vínculo personal con el electorado, que en las fuerzas políticas que la apoyaban.  El doctor chileno en Gobierno y Administración Pública Tito Flores Cáceres compara al actual gobierno con una nave con “piloto automático”: “La reserva moral de Chile ha hecho que por el momento la gobernabilidad se mantenga, pero el silencio también comunica y Bachelet ha abusado mucho este último tiempo de aquel recurso. Urge que el gobierno, y en especial la presidenta de la República vuelva a gobernar”. Porque de lo contrario, añade Flores Cáceres, se generaría un vacío de poder: “Un momento como el que hoy vivimos es peligroso para la democracia porque las salidas fáciles son la autoritaria o la populista, y los chilenos no nos merecemos tal castigo”, concluye.

 

La resistencia de Fernández

A lo largo de los últimos meses, la situación social es convulsa al otro lado de la cordillera. El gobierno que preside Cristina Fernández ha tenido que lidiar con los llamados “fondos buitres”,  el polémico caso de la muerte del fiscal Nisman, los escándalos por corrupción y dos huelgas generales. Con todo ello, y tras casi ocho años de gestión, la presidenta argentina pierde crédito, pero aún preserva una popularidad del 40%.

Bajo la opinión de Julio Gambina, economista y profesor universitario trasandino, la resistencia de Fernández es válida sólo en “términos relativos”: “En la elección de 2011 Cristina Fernández fue electa con el 54% de los votos. Cuatro años después, en las recientes obligatorias su candidato obtuvo el 38,5%, resignando 15,5% de electores. Eso es expresión de dos crisis simultáneas, una crisis política en el sistema de partidos, y una crisis de alternativa política popular”.

Si bien la trayectoria de Fernández y Bachelet tiene varias analogías (las dos forman parte de una misma generación política y las dos comparten un pasado negro vinculado a la dictadura), la mayor popularidad de Cristina podría estar relacionada con otro componente ideológico de gran arraigo: “Kirchner es más popular, lo que no quiere decir que tenga un largo apoyo. Sin embargo, la política argentina es algo más compleja que en Chile o Brasil, pues allá se suma otro factor ideológico complicado: el peronismo”, apunta el profesor Mortean.

 

El género del populismo

Si hay algo que tienen en común las mandatarias del grupo ABC, a parte de su género y de su actual crisis de popularidad, es que las tres han desarrollado a lo largo de todos estos años liderazgos de carácter personalista. Sin embargo, ese carácter personalista es catalogado como populista por sus principales adversarios en la oposición. Esta maniobra política podría ser la responsable de la baja popularidad que atraviesan sus mandatos, a diferencia de lo que ocurre con otros gobiernos de la región marcadamente populistas, como es el caso de Venezuela, un país que atraviesa  por una crisis económica y social sin precedentes y cuyo presidente, Nicolás Maduro, se encuentra en el puesto 17 de la mencionada encuesta, con una mayor aprobación que las presidentas.

“Son tres mujeres denominadas de izquierda, y eso es lo contrario de lo que esperan las elites latinoamericanas conservadoras y alineadas y los principales medios de comunicación”, dispara al respecto el profesor brasileño. “La corrupción siempre estuvo presente, pero ahora es más visible. Y eso responde al interés de los medios y la oposición de hacerla más visible”, sentencia Julio Gambina.

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