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El tema PANAMÁ

Stephanie

lunes 04 de julio de 2011 El denominado como Caso del Dietileneglicol estremeció a Panamá en 2006, pero sigue destrozando vidas. Según el Comité de Vícitimas, hay un total de 8.000 afectados y el Estado reconoce al menos 171 muertos. Víctor Mojica nos trae la escalofriante historia de Stephanie, una luchadora a sus 10 años.

Stephanie, en su habitación

Stephanie, en su habitación Víctor Mojica Páez

Sólo hay un detenido por el envenenamiento de medicinas producidas en los laboratorios de la Caja del seguro Social de Panamá. La empresa española y la china involucradas en el caso se refugian en la impunidad.

Por Víctor Alejandro Mojica Páez

La noticia

Finalmente el tóxico era revelado. Se trataba de “un solvente industrial prohibido para el consumo humano” que había contaminado miles de medicamentos -220 mil oficialmente-que producía el Laboratorio de la Caja del Seguro Social de Panamá, institución que ofrece protección social a más de 2.5 millones de habitantes.

Lo que había empezado como un rumor de pasillo, era una crisis sanitaria sin precedentes. El CDC, Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, había dado con el tóxico y ahora le tocaba al Ministro de Salud panameño, Camilo Alleyne, revelar el nombre del asesino.

En el 2006, en octubre, todas las noches, los panameños observaban en los medios las escenas de familias destrozadas, gritando, denunciando sus muertos repentinos en los predios de las salas de urgencias, que luego contabilizan públicamente las autoridades en una rutinaria y tétrica conferencia de prensa que ofrecían para informar los avances de la crisis sanitaria.

Dietilene Glycol, mencionaron ese miércoles. “Coolant de autos”, agregaron como contexto. En palabras humanas: Veneno puro, muy mortal. Los periodistas activaron sus alarmas y cuestionaron duramente. Se les preguntó a Alleyne y a su séquito sobre una presunta mano criminal, sobre la seguridad del laboratorio, sobre la tardanza en informar, sobre todo lo posible, y ellos respondían lo básico: que se había retirado los medicamentos contaminados, y que el fármaco -Lisinopril- que fue acusado previamente no tenía vinculación con los decesos, que este laboratorio realizaba pruebas a todos sus productos “pero lamentablemente en este caso no se detectó la sustancia tóxica” alcanzó a mencionar Rene Luciani, Director de la institución.

Stephanie tenía 6 años y no sabía nada. Corría en pijama en su apartamento en Los Libertadores, corría huyendo de un jarabe que su madre, Dilia, le obligaba a tomar cuatro veces al día, todos los días, gracias a una receta de su pediatra de toda la vida. Jarabe que Stephani odiaba porque “le quemaba”.

Esa noche, cuando el Ministro de Salud confirmó la noticia, Stephanie le confirmó a su madre, mientras saltaba en su cama: “me diste el jarabe envenenado mami”... Dilia cargaba en una de sus manos un frasco casi vació. Ese miércoles no cerró un ojo...

 

Viviendo la vida

Stephanie está de buen humor esta mañana. Luce recién bañada y su apartamento parece estar listo para tirarse a ver televisión un largo rato. De hecho, su abuela, está acostada sobre una cama muy pequeña a un costado del televisor con los brazos en la nuca. Dilia, acaba de recoger todo. Un día normal.

Su casa se ubica en la torre Z-4 de Los Libertadores, unos multifamiliares construidos durante la epóca de [Omar] Torrijos, que albergan a clase trabajadora. Están ubicados en una zona de Panamá de mucho tránsito, muy cerca de la ciudad, y se caracterizan porque sus elevadores no funcionan, siempre hay rondas policiales en sus predios y se vende mercancía de dudosa procedencia. Ahora mismo me acaban de ofrecer un reloj “Citizen”... Aquí hay de todo: interioriano, capitalino, indio, chino, negro, blanco. Tiene la apariencia de un ghetto, pero se vive todavía con optimismo y cierta dignidad.

Stephanie vive en el piso 11, en un apartamento muy modesto. Casi nunca baja. Se le ve cuando sale a la escuela y regresa. Anteriormente, antes de ingerir el veneno, Stephani jugaba abajo. En aquel tiempo los elevadores funcionaban y esta niña, recogía palitos, flores secas, piedras y arena, y armaba cuadros. En su sala hay uno, una pequeña obra de arte de un árbol que hizo cuando tenía 6 años. A esa edad también le tomaron la fotografía que cuelga de la pared que sostiene su obra de arte. Es un retrato, con un paraguas, donde luce como una hija de la oligarquía criolla.

La semana pasada, sin embargo, no fue muy buena para ella. El martes le entraron fuertes dolores de cabeza y terminó en una clínica del Seguro Social cercana a su escuela. Como no estaban atendiendo, se la llevaron en ambulancia hasta el Complejo Metropolitano del Seguro Social, donde le hicieron unos exámenes que ya se conoce de cabo a rabo. El miércoles faltó a clases y el resto de la semana se puso al día con un gran esfuerzo.

Stephanie estudia en una escuela semi privada que cuesta 70 dólares al mes que también está cerca de su casa. En su boletín aparecen las clásicas materias, entre las que se incluye expresiones artísticas. Asignación, que de hecho, es la que más le gusta y que se ve reflejado en sus notas: 4.9, 5.0. 4.9. 5.0. “Antes de hacer un trabajo, tengo la imagen en la cabeza”, me dice para que entienda las razones de su éxito con convicción de artista.

En eso su madre se retira a uno de los cuartos y me trae un dibujo de una gata. Es de Stephanie. Es un híbrido que rescató de una agenda de gatos, que unificó cabeza con otro cuerpo. En Ciencias Sociales, también le va muy bien. Le gustan las plantas y los animales. Tiene un gato. “Siempre ha sido buena estudiante. Muy inteligente” comenta su mamá.

Está por cumplir 11 años -20 de julio- y cursa el 5 grado. Le incomoda que los niños de la escuela tiendan a rechazarla y poner siempre su capacidad a prueba de fuego. Si no da gimnasia, por ejemplo, se quejan y comentan “que ella no da clases porque está enferma”. Así mismo pasa si pide el baño porque no puede retener líquidos. De todo se quejan y la señalan. No necesariamente es la más popular y su mejor amiga es su “mamá”.

Pero siempre lleva una sonrisa, noble. Elude todo lo malo. Ya no toma medicamentos porque los dolores los soluciona con remedios naturales, enraizados en el pensamiento. Se acuesta en su cama y repite: “ Esto se va a pasar. No tengo por qué llorar. Después me va a doler la cabeza”....

 

La Caída

A medida que pasaban los días y la tragedia iba tomando forma, Dilia y Sthepanie corrían por toda la ciudad. Recurrieron, en primera instancia, a su pediatra de confianza, quien luego de varios exámenes generales la recomendó ir donde un gastroenterólogo, que le sugirió una dieta de fibras, pastillas para el dolor y reposo por un “síndrome de intestino irritable”.

La crisis sanitaria tomaba cuerpo. Se arrestó a algunos representantes de la empresa Grupo Comercial Medicom S.A., un proovedor de la Caja del Seguro Social, con antecedentes no muy buenos que había vendido los 46 bidones de glicerina contaminada a la institución. El veneno se había comprado en España, a Rasfer Internacional, pero Rasfer lo había obtenido de un proveedor chino, de nombre CNSC FORTUNE WAY, quien resultó ser TAIXING.

En aquellos días, logré entrevistar en la clandestinidad al principal sospechoso, Ángel de la Cruz, que estaba escondido en un apartamento de la ciudad de Panamá. Ese día, después de intercambiar carros y disfrazarnos a medias, llegamos donde Ángel, que estaba tembloroso y con olor a mierda. Llevaba la carga de más de cien muertos reportados y era el personaje más buscado de Panamá.

Ángel me explicó, recuerdo muy bien, cómo no era la única empresa que introducía productos adulterados a la Caja del Seguro Social y al retirarse, me pidió, que lo “tratara bien”.

Stephanie, por su parte, salía bien en casi todos los exámenes y el número del frasco vació del jarabe no figuraba en los listados de confirmados iniciales, o al menos Dilia, no los veía.

Pero 3 años más tardes, a sus 9 años, luego de una recaída profunda, con dolores de cabeza, vómitos continuos y debilidad en los huesos, Stephanie, terminó estrellada, mientras caminaba, con un poste de luz en El Dorado, centro comercial, ubicado cerca de su casa. La niña se partió un diente, pero lo que más le preocupaba era que se estaba cumpliendo al pie de la letra lo que venía pensando: Se estaba quedando ciega.

Stephanie se ríe cuando se recuerda ahora con unas gafas moradas muy a la moda, que le ayudaron a recuperar la visión. Este evento, tan singular, que pudo superar su madre, porque es asistente de un odontólogo, provocó que Dilia se fuera al Ministerio Público a denunciar su caso. El de su hija no era igual a los otros, pero tenía fuertes sospechas que estaba afectada como los 1.900 panameños que también reportaron síntomas de envenenamiento.

El 19 de febrero de 2010, el Fiscal especial designado a la investigación, Dimas Guevara, confirmó el envenenamiento de Stephanie. Desde aquel momento, esta niña, lleva consigo un carnet rojo, que dice “Centro Especial de Toxicología” y seguido, “de identificación para la atención de pacientes afectados por Dietilenglicol”....

 

La lucha

Hace un mes y medio, Dilia le escribió al Banco Hipotecario. En la carta le detalló que tenía “una hija afectada por el envenenamiento por Dietileneglicol, ella cuenta con 10 años y su nombre es Stephani Nicole”. Que como toda buena madre quería lo mejor para su hija y que en este momento necesitaba encontrar la posibilidad de mudarse del apartamento en el piso 11, de la torre Z-4 donde viven desde 1986, para un apartamento en los primeros pisos, en vista que los elevadores no funcionan y su hija le afecta mucho el subir y bajar escaleras.

En aquella carta, adjuntó un examen como prueba, donde el doctor escribe estas cosas: “Ha mejorado parcialmente con el tratamiento, pero existen ciertas situaciones en su entorno que no le permiten mejorar”. Entre ellas, el hecho de cargar una maleta y subir 11 pisos...

Stephani tiene lesiones en el cuerpo como si hubiese sobrevivido a una colisión de autos”, relata su madre. Su afectación llega a su columna, pero también tiene problemas con sus piernas, en sus brazos y el ardor implacable que le ataca la cabeza y el estómago por separado cada cierto tiempo.

Presenta los mismos síntomas que observé en otros envenenados cuando la crisis estaba en su punto, y según el Comité de Familiares Afectados por el Dietileneglicol, como su caso existen otros 249 de niños afectados con el jarabe envenenado. “Yo conozco una madre que está envenenada ella y sus tres hijos. Que penuria”... comenta Dilia.

Hace unos días, Dilia acompañó al Comité a la Presidencia de la República para encontrar respuestas a sus necesidades. Entre la administración de Torrijos y la de Martinelli, estos panameños han realizado casi 50 acciones, entre cierres de calles, paros o denuncias. En una manifestación en tiempos de Torrijos terminaron hasta golpeados por la guardia presidencial.

Han logrado poco. Dilia ya tiene una beca para Stephanie de 35 dólares al mes, no todos los niños la tienen. Están solicitando una pensión vitalicia, pero nada todavía. En la última reunión quedaron en atender a los sobrevivientes en comisiones especiales para atender todas las áreas de su desarrollo: la vivienda, la alimentación, la salud, todo. Pero siguen en conversaciones. Ya se pueden atender en una clínica especializada donde no pasa nada extraordinario. Su caso, se incorporó con las otras 1.900 denuncias. Ángel es el único detenido, aunque la fiscalía llamó a juicio a 16 personas, entre empresarios, funcionarios y colaboradores del laboratorio. Se denunció a Rasfer, pero en España la empresa ya ganó un primer round en los tribunales.

Dilia ha aprendido que la Caja del Seguro Social es juez y parte y que así nunca avanzará nada, que la intolerancia forma parte de los panameños, que existe gente honesta, y que su hija tiene la fortaleza más grande del mundo, porque puede sonreír aún todos los días de su vida, aunque escuche noticias como que el Banco Hipotecario haya negado la solicitud para obtener “un apartamento en la parte de abajo”...

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