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El tema Walter Mignolo

Desoccidentalizar no es descolonizar

miércoles 18 de septiembre de 2013 Los absolutos occidentales se están resquebrajando. La desoccidentalización es un proceso imparable pero no desemboca directamente en la descolonización. El análisis de Walter Mignolo nos ayuda a no confundirnos en estos tiempos convulsos y entender lo que ocurre en países tan distantes como Brasil, Bolivia o Siria.

Por Equipo Otramérica

¿Habías escuchado hablar de la desoccidentalización? Se trata de la disputa por el control de la matriz colonial. Este proceso no es equivalente al fin de las estructuras coloniales, ni al desmonte de la economía capitalista, pero sí es uno de los caminos posible en esta tensión entre la desoccidentalización y la reoccidentalización de los estados. La desoccidentalización está a mitad de camino entre la reoccidentalización –impulsada por Estados Unidos y Europa- y la descolonialidad –reclamada desde los movimientos e intelectuales de base indígenas africanos o asiáticos- porque mantiene los privilegios económicos de las élites y las clases medias y no desafía la genética profunda del sistema. Walter Mignolo nos ayuda a entender esto y desilusiona a los apasionados de las dicotomías sencillas: “la desoccidentalización no es equivalente al socialismo”.

Gracias a buenos amigos de Otramérica hemos conseguido las respuestas que dio Mignolo a preguntas clave realizadas en su presentación en la Universidad de Los Andes de Bogotá, que ya reseñamos aquí.

Quizá, uno de los espacios de disputa más fuertes es el del “estado nación” burgués, laico y liberal eurooccidental. Es la figura “estado” una de las herencias perdurables del colonialismo –lo que denominamos colonialidad- y ahora está en cuestión. Mignolo, semiólogo argentino y profesor en la universidad de Duke, profundiza en este proceso y nos sitúa en la perspectiva analítica de la descolonialidad.

 

Pregunta. ¿Cuál es el papel del estado en la desoccidentalización. Como puede hablarse de desoccidentalizaicón si el estado en sí es una institución occidental?

Respuesta. Distingamos primero entre formas de gobierno y de “estado”. Formas de gobierno hay muchas, todas las civilizaciones y culturas conocidas tuvieron y tienen formas de gobierno, es decir, de organización.

Si llamamos “estado” a toda forma de gobierno (azteca, china, musulmana, bantu, etcétera) mantenemos la universalidad del vocabulario occidental. Sería ofensivo para muchos que, por ejemplo, nos refiriéramos al gobierno de Francia hablando del “sultanato” en vez del “estado francés”. En la historia corta y regional de la civilización occidental (desde el Renacimiento), hay dos formas de “estado”: el estado monárquico-teológico y los estados-seculares que surgen de las independencias en las Américas (independencias frente a Inglaterra, Francia, España y Portugal) a partir de 1776 y los estados burgueses seculares en Europa, posteriores a la revolución francesa.  La forma “estado”, que se convierte en un instrumento fundamental de la occidentalización, es el estado moderno, secular y burgués. Este es el problema hoy. Y este es el debate en Bolivia en torno a la “descolonización del estado” y también las conversaciones que ya están en marcha en China y en Turquía sobre la desoccidentalización del estado.  Distintas historias locales, pero el mismo problema: ¿cómo sortear una forma de gobierno que fue el instrumento político de occidentalización y modernización a partir del siglo XIX?

En Bolivia hay dos debates en torno a la descolonización del estado. Uno en el seno mismo del estado, promovido desde la vicepresidencia, liderado por la intelectualidad Boliviana de ascendencia europea. El otro contrapuesto, por parte del Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (CONAMAQ) y en los debates liderados por la intelectualidad indígena-boliviana. En el primer caso se trata de un discurso descolonial apegado al marxismo. En el otro, de un discurso descolonial afincado en los saberes ancestrales que sobrepasan en siglos al marxismo y a la misma emergencia de los europeos y de sus descendientes en las Américas. En ambos casos, la forma de gobierno estado moderno-colonial está en debate. El hecho de que esté en debate es ya un paso importante tanto desde la perspectiva marxista como desde la indígena.

En China y en Turquía la historia local es distinta. Ninguna de estas civilizaciones fueron desmontadas como en el caso de la civilización Inca, que cubría lo que es hoy Bolivia, Perú, Ecuador y el norte de Chile y Argentina. China no fue colonizada pero no escapó a la colonialidad. La guerra del opio, a partir de 1838, desestabilizó su historia y le llevó más de un siglo recuperarse. En esa larga historia de recuperación del golpe de la colonialidad, Deng Xiaoping reorientó la política económica y logró que China se independizara de los dictados de occidente. Esto es, la desoccidentalización consiste en apropiarse de la economía de acumulación en beneficio de la consolidación del “estado” (la forma estado ingresó en China con la revolución de 1911 liderada por Sun Yat-sen).  Hoy, la “forma estado”, tal como ingresó con la Revolución de 1911 (esto es el estado burgués europeo desplazando las formas tradicionales de gobierno en nombre  de “la modernidad y la modernización”), está hoy en cuestión.

Algo semejante ocurrió en Turquía. El sultanato Otomano no fue colonizado. Fue desmontado comercial y políticamente. De ahí surgió el estado moderno-colonial y liberal turco, liderado por [Mustafa Kemal] Atatürk. Hoy en día, tanto en China como en Turquía, hay la conciencia de que el estado moderno y moderno-colonial en sus territorios fue una jugada imperial de occidente y un desconcierto para los líderes locales que creyeron o pretendieron creer que el estado moderno europeo garantizaría la modernización de Turquía y de la República China. Ahora saben que no es así.

De modo que el estado moderno-europeo está en cuestión. En Bolivia, tanto en la descolonización del discurso estatal como en la descolonización en el discurso de la sociedad política (CONAMAQ). En Turquía y China, la desoccidentalización del estado se re-orienta hacia el concepto de “estado civilización” en vez de “estado nación”. Ninguna de estas posibilidades nos lleva al paraíso. Simplemente indican que la descolonización y la desoccidentalización del estado son procesos irreversibles. Adonde nos llevan no es claro, pero si es claro que ya no nos llevan a la homogeneización del “estado moderno europeo secular y burgués” en todo el planeta.

Lo cual quiere decir que en este momento descolonización y desoccidentalización del estado son procesos y no un “golpe de estado”, para ser irónicos, que de un día para otro implantaría la desoccidentalización y la descolonialidad. Dos procesos, ambos en conflicto y confrontación con la reoccidentalización, es decir, el esfuerzo de mantener el liderazgo de occidente e imponer “estado moderno, secular, liberal” en el planeta.

La reoccidentalización es la reacción frente a la presencia cada vez mas fuerte de procesos de desobediencia: la desoccidentalización  y la descolonialidad. La desoccidentalización disputa el control de la matriz colonial de poder mientras que la concepción descolonial del mundo promueve el desmantelamiento de dicha matriz y, por lo tanto, de la reoccidentalización y la desoccidentalización.

Siria nos muestra a las claras los conflictos entre reoccidentalización (Estados Unidos y sus aliados) y desoccidentalización (Rusia, China y sus aliados). La descolonialidad está ausente del conflicto pero muy presente en los debates globales, proveyendo interpretaciones descoloniales. Esto es: ni reoccidentalizantes ni desoccidentalizaición. Lo cual significa promover interpretaciones de los acontecimientos que muestren el callejón sin salida al que nos ha conducido la modernidad/colonialidad. La “salida” o la “solución” ya no corresponde a UNA visión decolonial del mundo, si no a la proliferación de concepciones descoloniales forjadas en las variadas historias locales que la occidentalización ha reprimido y que la reoccidentalización continúa reprimiendo.

La desoccidentalización contribuye a estos procesos al mismo tiempo que mantiene en parte una concepción del mundo donde la economía y protege los beneficios económicos de las elites económicas en sus varias vías y de las clases medias que encuentran la felicidad en el consumo. La desoccidentalización está a mitad de camino entre la reoccidentalización y la descolonialidad.

 

P. ¿La inclusión del pensamiento de-colonial en la academia, convirtiéndose en una especie de moda, puede estar llevando a que pierda su componente crítico?

R. Lo peor que le puede ocurrir al pensamiento descolonial no es que sea llevado a la academia, sino que se convierta en una especie de vigilancia y, entre otras cosas, gaste energías para que el pensamiento descolonial no entre en la academia. Cuando esto ocurre, y está ocurriendo, la cuestión no es tratar de impedirlo, lo cual sería una batalla perdida, sino aprovechar el hecho de que haya entrado en la academia. Al hacerlo, habrá quien aproveche la descolonialidad como una moda, para beneficios personales, cualesquiera sean. Y habrá quien aproveche la institución para diseminar el debate decolonial en clases y seminarios, en publicaciones, en debates entre la academia y la esfera pública. No creo que la “academización” del pensamiento descolnial le quite fuerza, puesto que estos procesos son restringidos y minoritarios. Y si le quita potencia crítica será porque el pensamiento descolonial ha fallado, y en ese caso, ya importa poco que esté o no esté en la academia.

 

P. Si el pensamiento decolonial defiende la idea de que Brasil o China se han apropiado del capitalismo pero en su realización se distancian de los postulados neoliberales… ¿tiene el pensamiento decolonial una posición crítica frente a estas “otras” formas de capitalismo? Estos países siguen mostrando fuertes desigualdades e injusticias entre su población… 

R. Este es un malentendido común. Me animaría a decir que es un malentendido que proviene de presupuestos de la epistemología moderna. Esto es, en tanto la epistemología moderna todo lo ve en binarismos opuestos, uno tiene que estar a favor o en contra. El pensamiento descolonial no defiende los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica),ni la desoccidentalización  en China o Brasil. El pensamiento descolonial plantea que se trata de una repuesta a la occidentalización, de la misma manera que la reoccidentalización es una respuesta a la desoccidentalización. Esto con respecto al primer punto, la confusión de análisis con defensa. Al mismo tiempo que no defiendo nada, el pensamiento descolonial puntualiza (y no he visto esto dicho entre otras opciones posibles, disciplinarias o ideológicas—sistema de ideas—como el marxismo, el islamismo o la teología de la liberación) que por primera vez en quinientos años el capital y el conocimiento es controlado por “gente de color”. Esto es un análisis -no una defensa- descolonial.

Así pues, la “posición crítica” está explícita y asentada cuando decimos que la desoccidentalización “disputa el control de la matriz colonial de poder”, esto es, no decimos que “cuestiona la matriz colonial de poder”, sino que sólo disputa quien toma las decisiones. La jugada de Rusia proponiendo el desarme el mismo día que el Congreso votaría si o no a la invasión de Siria ya anunciada por Obama es un buen ejemplo de lo que significa la desoccidentalización, tanto en sus grandezas como en sus miserias.

Las desigualdades en los estados nacionales continúa y se agrava (puesto que ya toca a los estados “desarrollados”) al mismo tiempo que las relaciones inter-estatales se equiparan. Las desigualdades entre países desarrollados y emergentes desaparecen. Las desigualdades en estados desarrollados y emergentes se incrementan. Ya no es posible pensar el mundo en dicotomías como imperialismo o revolución. En otras palabras: la desoccidentalización no es equivalente al socialismo. No estamos en una “nueva” guerra fría. Pensar la complejidad del orden global actual, que no es ni liberal, ni neoliberal, ni marxista ni neomarxista, ni teológico ni neoteológico, es una de las contribuciones del pensamiento descolonial. 

 

P. La economía de acumulación (capitalismo para liberales y marxistas) ya no es impuesta por las instituciones financieras occidentales, pero los gobiernos y sus poblaciones la acaban asumiendo bajo una especie de seducción que, al final, nos lleva a modelos de desarrollo muy parecidos a los occidentales o, por lo menos, no parecen contribuir a la formulación de verdaderas visiones alternativas…

R. Pues esto es precisamente la desoccidentalización. Y de alguna manera es una “visión alternativa”. Para quienes lideran y se benefician de la desoccidentalización es un gran cambio. Por ejemplo, el crecimiento de la clase media, el hecho de que los beneficios materiales de la modernidad ya no sean privilegio de la clase media de Europa occidental, de Estados Unidos y de algunos países semi-desarrollados con clase media de baja intensidad, sino que sea beneficio para la clase media creciente: la clase media indígena en Bolivia, la clase media negra en África del Sur, la clase media en China y en Singapur, en India y en Indonesia, etcétera. No es una visión alternativa en el sentido descolonizador, pero si es una visión alternativa en el sentido de la desoccidentalizaición: la independencia de occidente mediante el capitalismo y mediante estados fuertes que occidente quisiera eliminar para que el “libre mercado” beneficie a las corporaciones y a los estados occidentales. Eso ocurrió durante 500 años. La desoccidentalización mantiene la economía de acumulación pero introduce enormes cambios en el orden mundial. Desconocerlos a la espera de una visión uniforme y redentora para todos y todas es una ilusión de la que el pensamiento descolonial se desengancha, tanto como se desengancha de la reoccidentalización y la desoccidentalización.

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