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En Cacao

La diáspora de los Hmongs

miércoles 17 de agosto de 2011 Un encuentro afortunado en Cacao, a 75 kilómetros al sur de Cayena. Me encuentro con el pueblo Hmong, unos 2.500 refugiados que llegaron desde las montañas de Laos en 1977 después de colaborar con Estados Unidos y Francia durante la guerra de Vietnam. ¿Quieres saber más?

El contraste parece la norma en este Trópico de mezcla involuntaria. Traje típico Hmong en maniquí occidental y Heineken observando...

El contraste parece la norma en este Trópico de mezcla involuntaria. Traje típico Hmong en maniquí occidental y Heineken observando... PGN

Por Paco Gómez Nadal

A Silvant se le acaban las vacaciones el viernes. Sueña –y cómo sueña- con  un empleo en la Central Espacial Europea de Kourou. No es que le interese especialmente el trabajo, pero como mecánico industrial de un pueblito cercano a Lyon no puede encontrar empleo en la Región Periférica de Guayana Francesa: aquí no hay industria, aquí no se produce nada.

O sí, lo que produce es la tierra y eso solo lo hacen los Hmong. Siong Txo Rene y Lynhiavu May Sy son Hmong y viven en Guayana Francesa desde que el exilio forzado los trajera acá. Ly cocina platos laosianos (realmente es comida Hmong mestizada) mientras añora “un pedazo de tierra propia” para su pueblo. “Somos una nación sin país. Imposible reunirnos de nuevo”.

Los sueños de Silvant y los de Ly o Siong han coincidido en el Loto de Asia, el pequeño y acicalado restaurante que el matrimonio Hmong tiene en Cacao, el pueblo artificial robado a la selva en 1977 para sembrar en esta tierra pobre en nutrientes a 500 exiliados que llevaban dos años en campos de refugiados en Tailandia.

Silvant sueña con vivir en Guayana, porque no aguanta “la locura del sistema europeo. Todo el mundo corre y corre y… ¿para qué?”. Siong y Ly llegaron acá “felices, sin tristeza” porque abandonaban los campos e intuían un futuro.

El camino

Llegar a Cacao no es fácil. No porque falte carretera –que la hay-, No porque no esté señalizado –que lo está-, sino porque fuera de la carretera de la costa parece no existir nada en Guayana francesa. El 90 % de la población vive apiñada en las Tierras Bajas, junto al mar. Ni producen –acá casi todo se importa de la “metropol”-, ni pueden disfrutar mucho de las playas –de aguas turbias por el infinito reguero de ríos que en ellas desembocan-.

El transporte publico no va a Cacao y los Hmongs que venden productos agrícolas en el mercado matutino de Cayena no están dispuestos a llevarme hasta las 3 de la tarde, cuando termina la faena. Finalmente, y después de dos horas de caminata y negociaciones, decido alquilar un carro y no perder más el tiempo.

Una vez pasado Matoury –muy cerca de la capital-, la carretera es para mi. Y me la gozo. Serpiente de asfalto con bastante buen cuero que serpentea durante 74 kilómetros por la selva que me regala un hilo musical de pájaros y silencios alternos.

Cacao es parecido. Hay plata –se nota por la calidad de las casas-, hay calma, casi nadie camina bajo el infernal sol, pero, al tiempo, en sus desiertas calles, los pocos Hmongs que me cruzo son agradables y buenos anfitriones.

La familia del Loto de Asia ha sido especialmente amable. Sus dos hijos menores me han acompañado al templo católico (aunque entre estos laosianos también hay protestantes y animistas), me han contado de la escuela, de las fiestas del año nuevo (esta es otra buena historia que aplazo), de sus anhelos, de la hermana que estudia medicina en París…

El tiempo en Cacao es el tiempo de la tierra. La calma trabajada a punta de tenacidad, arrancar al pobre suelo selvático el fruto necesario para cumplir con las condiciones del refugio: dos años para hacer productivo un lugar que cuando los Hmong llegaron era selva cerrada.

La conversa ha sido estupenda. En varios sentidos. Por el contenido (que conocerán en un próximo reportaje en Otramérica), por lo surrealista (inglés, español y francés mezclado de la forma más ilógica posible por tres Hmongs, un francés y un murciano), por la brisa que anunció la posterior lluvia tropical que bajó la temperatura de esta caldera, y por la constatación, una vez más, que este mundo está loco: hoy conocí a los miembros de un pueblo en diáspora, repartidos por Guayana Francesa, la misma Francia, Italia, Estados Unidos o Argentina. Un pueblo poco mediático en este siglo XXI, aunque fueron protagonistas de un episodio fundamental del siglo XX. Otros kurdos con nación pero sin país. Como me explica con tristeza Siong, en el caso de los Hmong de Guayana es posible “que la cultura desaparezca en unos 60 u 80 años porque es muy difícil siendo tan pocos (unos 2.500 en total) protegerse contra la cultura dominante francesa”.

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