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Columnas de opinión MUERTO (DE LA RISA)

Iconografía fúnebre de la victoria

lunes 02 de mayo de 2011 La imaginería necrofílica de nuestros tiempos, es la continuidad de la Historia. El placer de ver a los ‘malos’ reventados es inducido por los gabinetes de prensa de los gobiernos ‘buenos’. El cadáver de Osama Bin Ladem entra al dudoso parnaso de los muertos jaleados.

Ché Guevara en el Hospital Nuestro Señor de Malta

Ché Guevara en el Hospital Nuestro Señor de Malta

Por Paco Gómez Nadal

Durante 16 años el cadáver embalsamado de Evita Perón permaneció ‘secuestrado’ o, al menos, en paradero desconocido. Los militares tenían miedo que la iconografía del cuerpo perfectamente conservado (y muerto) de este peculiar personaje del siglo XX argentino permitiera el resurgimiento con fuerza del Peronismo, a pesar de que Perón estaba en su exilio madrileño. El doctor Pedro Ara había dedicado un año completo a embalsamar el cuerpo de Evita y quienes la vieron creyeron reconocer gestos de vida en esa inerme perfección petrificada.

Por eso, los militares que habían derrocado a Perón se la llevaron en 1955 de la sala 62 de la sede de la Confederación general del Trabajo de Buenos Aires y después de un rocambolesco operativo secreto el cuerpo de Evita terminó en un cementerio de Milán hasta que en 1976  llegó a su tumba del cementerio de La Recoleta en Buenos Aires tras haber sido descubierta cinco años antes y un periodo de transición en Madrid.

A las masas le gustan los muertos. O, algunos muertos. En la noche del 1 de mayo miles de estadounidenses salieron a las calles a celebrar la muerte a tiros del que los medios de comunicación y su Gobierno calificaban como el enemigo público número 1. No fue una celebración de silencio y homenaje a las víctimas del 11-S, atentado cuya planeación se le atribuye a Osama Bim Laden, sino una explosión de júbilo, con champán frío y cerveza caliente; como si de un triunfo deportivo se tratara.

Ahora, mientras las pruebas del asesinato de Laden comienzan a gotear, queremos repasar algunos de los cadáveres nobles de nuestra región. Si a Evita la adoraban las masas, a su compatriota Ernesto Ché Guevara le temían los poderosos. Su caza en Bolivia fue un suceso a finales de los sesenta y tras su ejecución extrajudicial en un caserío boliviano (La Higuera) el 9 de octubre de 1967, su cuerpo fue trasladado en helicóptero a Vallegrande para ser expuesto en el lavadero del hospital de Nuestro Señor de Malta. Después de dos días de desfile popular (y de extrañas analogías con Jesucristo), de que se le cortaran mechones de pelo como reliquias y de que los militares y médicos se tomaran fotos con el difunto héroe, los soldados le cortaron las dos manos como prueba de su muerte y enterraron los restos en un paraje desconocido.

Cuba, que convirtió la imagen del Ché en marca revolucionaria y producto de marketing internacional, no paró hasta que en 1997 un equipo forense localizo los supuestos restos del guerrillero argentino y los trasladó a un mausoleo civil en Santa Clara (Cuba) donde hoy siguen siendo reverenciados.

Cuerpos, manos, tortura, delirio de imágenes fúnebres y funestas heredado, quizá de la imaginería del martirio cristiano. Quién sabe…

La mano derecha de alias Iván Ríos, Manuel de Jesús Muñoz Ortiz, jefe del Bloque Central de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fue lo que entregó alias Rojas, Pablo Montoya, a los militares para demostrar que lo había matado y cobrar así una recompensa de 2.500 millones de pesos (algo más de 1 millón de dólares). De nada sirvió el debate moral y legal que se dio en el país en el que se señalaba que pagar por matar era legalizar el asesinato. El ahora presidente y entonces Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, estaba feliz y pagó la plata prometida sin problemas.

De Raúl Reyes, el más alto mando de las FARC asesinado por las Fuerzas Armadas colombianas no enseñaron una mano porque el cuerpo, aunque más o menos entero, estaba bastante perjudicado después de bombardeo del campamento en el que se refugiaba el veterano guerrillero en territorio ecuatoriano. Las fotos del cadáver circularon alegremente por los medios de comunicación para regocijo de las masas y fue tan popular que el artista Augusto Martínez lo inmortalizó en cera (con chamuscones y todo) en un museo de la localidad de Piedecuesta (Departamento de Santander, Colombia).

No solo basta con matar al enemigo, hay que mostrarlo en un último acto de humillación, de victoria total. Así se hizo también con Sadan Husein, el dictador iraquí, al que después de detenerlo y juzgarlo ‘legalmente’ (después de haberlo acusado de poseer armas de destrucción masiva que nunca fueron halladas), se le ejecutó en la horca y la imagen distorsionada de su rostro sin vida fue portada de los principales medios internacionales.

La paz de los cementerios tiene sus iconos (literarios, míticos…) y sus victorias. La de Bin Laden, será una de las grandes.

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