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Columnas de opinión Muerto (de la risa)

Keiko y el fracaso de la Humanidad

viernes 03 de junio de 2011 ¿QUé representa Keiko Fujimori? Su apellido simboliza la tendencia más rancia y sincera de las derechas latinoamericanas que siempre creyeron en el atajo del populismo para mantener el estado de las cosas: la encomienda mental...

Por Paco Gómez Nadal

Fujimori no es un apellido. Es ya un término simbólico nefasto para la historia de América Latina que refleja una manera de razonamiento de la derecha continental.

Fujimori no es un patrimonio exclusivo de Perú, porque como el cebiche en asuntos de paladar, fue exportado como ‘milagro’ de orden y economía, como solución rápida al caos, como atajo hacia el anhelado paraíso liberal de República fuerte y pobreza campante.

A mi me estremece la simple escritura del término y pensar que la palabrita ha tenido descendencia me inquieta más. Por eso me escandaliza el titular “El mercado prefiere a Fujimori”. No me extraña, me escandaliza, porque lo que quiere 'el mercado' es continuar con el muy lucrativo modelo ultraneoliberal de Alan García que tan buenos réditos ha dado a la élite peruana y que mantiene a la mayoría de la población en estado lamentable.

La derecha latinoamericana jamás evolucionó. De la herencia colonial de cacicazgos, corrupción y chulería le queda todo y, sin embargo, no aprendió nada de los tímidos reformistas burgueses del Norte o incluso de la autodenominada civilizada Europa.

No olvido que mi salida como responsable del diario La Tribuna de Managua se comenzó a cocinar en abril de 2007 cuando escribí un duro editorial contra la toma a sangre y fuego de la embajada de Japón en Lima por las tropas de Fujimori. En aquella época, aunque moleste recordarlo, las derechas más ‘civilizadas’ de buena parte de Latinoamérica soñaban con tener un Fujimori local que trajera el orden y la esperanza a sus atemorizadas vidas de conjunto residencial cercado y coches blindados. Tener tanto da mucho miedo. Y, en aquellos años, contradecir esa posición o hablar de Derechos Humanos era casi como suscribirse a Sendero Luminoso.

Fujimori no era el primer caso de gobernante autoritario que levantaba pasiones en la región (y fuera de ella). Pinochet era un modelo para la economía continental, pero la mala fama de las desapariciones, torturas y otros desmanes cotidianos de su régimen hacía poco elegante presumir de su ejemplo en público. Después, Álvaro Uribe fue el testigo de Fujimori y su figura no solo fascinaba a los jóvenes de la derecha Latinoamericana sino a los gobiernos Europeos, tan dispuestos a olvidar el tema de los Derechos Humanos si hay negocios jugosos en el país de marras.

 Fujimori quiere volver, porque su hija es él. En un caso mimético con el francés (Marine ha recogido y engrandecido la herencia de su papá Jean-Marie Le Pen), Keiko es Alberto ‘mejorado’ y a Perú le gusta repetir las pesadillas. Lo hizo con Alan García, así que no es descabellado que lo haga con los Fujimori. No es que se trate de un pueblo ignorante, es que las democracias occidentales no son un calco de la voluntad popular, sino el complejo resultado de una fórmula en el que los patronos, los medios de comunicación y las bolsas generan el clima adecuado para la legitimación en las urnas de los gobiernos perversos.

Fujimori es el nombre de la bestia. De las bestias de este mundo de orden y poder. Pero no es el nombre de la bestia peruana, sino de la bestia que esconde toda la pérfida y estancada derecha latinoamericana. Se suele acusar a las izquierdas de no haber superado los 70. Y quizá sea cierto, pero las derechas siguen en la encomienda. El regreso de los Fujimori es un fracaso para la Humanidad, no para Perú.

 

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