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Columnas de opinión Un indio en Las Indias

Racismo cultural, migración colonial y el centro capitalista

lunes 02 de mayo de 2011 Del racismo biológico, al racismo cultural. El centro capitalista convierte en desechable al inmigrante que precisa en épocas de auge económico... La teoría de Grosfoguel ampliada.

Inmigrantes africanos en la isla de Lampedusa (Italia)

Inmigrantes africanos en la isla de Lampedusa (Italia)

Por Alberto Muñoz

Hoy vemos las peores formas de racismo en toda Europa: en España (sudacas y obreros excedentes del sector de la construcción son ‘invitados’ a abandonar el país), en  Francia (gitanos, musulmanes, sin papeles y leyes antivelo; restricción a la zona Schengen), en Italia (gitanos expulados, tunecinos en Lampedusa, Liga Norte), en Alemania (musulmanes y leyes anti inmigrantes…), Escandinavia (musulmanes), Holanda y Reino Unido ( donde el primer ministro ha decretado el fin del “multiculturalismo”)…

La lista es larga y en general se discrimina a todo ‘Otro’ que no sea como uno. El lector atento pensará que esto es un plagio de un artículo del puertorriqueño Ramón Grosfoguel (profesor del Departamento de Estudios Etnicos de la Universidad de California) que con el mismo encabezamiento explora el proceso  migratorio caribeño a la Metrópoli. Más que una copia, es un honor tratar de extender su análisis  al centro capitalista en la actual crisis financiera mundial.

El análisis se basa en Immanuel Wallerstein y su concepto de “sistema-mundo” capitalista ampliándolo para que contenga el paquete completo civilizatorio de racismo biológico, racismo epistémico, racismo religioso y patriarcado. Resulta así que el sistema-mundo no solo es capitalista sino cristiano, eurocéntrico-americano y patriarcal, en fin… una civilización. Grosfoguel argumenta que fue España quien ya en el siglo XVI inaugura a nivel planetario tal sistema. Nos recuerda aquella ‘moderna’ y magistral controversia entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas en 1550. Sepúlveda argumentaba de manera brillante el racismo biológico y defendía que los habitantes de “Las Indias” éramos animales y por tanto susceptibles de ser esclavizados y tratados como tales, como ‘cosas’. De las Casas argumentaba el racismo cultural, defendiendo el hecho de que éramos humanos, con alma, por lo tanto factibles de ser cristianizados, pero nos calificaba de seres culturalmente  inferiorizados e infantilizados. Argumentos que aun hoy se repiten.

En Panamá por ejemplo, el presidente Martinelli utiliza el racismo cultural para argumentar que los indígenas que se oponen a la minería a cielo abierto eran azuzados por un periodista español que, por tanto, fue expulsado del país. En “las Indias” es común oír esta bella rima del más puro racismo biológico: “Indio, paloma y gato, animal ingrato”.

El centro capitalista no se queda atrás en su  racismo biológico reflejado por ejemplo en los miedos al ‘Otro’, el ogro temido en vastas regiones mediterráneas es el moro o el sarraceno que te va a violar o arrasar tu aldea y puede llegar la noche menos pensada, o quizá ya está desembarcando, hoy mismo, en Lampedusa (Italia).

Frente al declive del racismo biológico, con su materialización en Lombroso, y la derrota del pensamiento nazi en la post guerra, y con la crítica promovida por el movimiento de derechos civiles de los afroamericanos; el racismo biológico se metamorfosea en racismo cultural. Ya no se discute la calidad biológica de la persona porque sea negra, sudaca, o turca; el problema ahora es que no comparte “nuestra cultura”, que es la única y mejor. Incluso la pobreza ha dejado de ser un problema económico de desigualdad y exclusión sino que es, en este nuevo paradigma, un asunto de “la cultura de la pobreza”. Los pobres lo son por tener valores culturales equívocos: son perezosos, no llegan a tiempo al trabajo, gastan el dinero en alcohol, y, como si esto fuese poco, son ruidosos, barbaros, primitivos, desagradecidos… En fin, “ no son como nosotros”. Sin olvidar, claro esta, los viejos atributos del racismo biológico persistentes: son estúpidos, inferiores, tontos.

La crisis del capitalismo tardío que aqueja al centro Atlántico reproduce de nuevo situaciones ya vividas por otros migrantes coloniales en épocas pasadas. Se los necesita en el auge y resultan redundantes, “desechables”, en la crisis. Las mujeres sudacas, que abandonaron a sus hijos para cuidar viejitos decrépitos o hijos de mujeres pudientes en el centro, hoy son redundantes: este nuevo robo colonial -en este caso del amor y el cuidado maternal- se ve recompensado con el retorno de muchas de ellas a sus hijos abandonados, ya adultos de familias disfuncionales y seguramente convertidos en pandilleros que buscan en estos grupos el amor de la madre ausente. El racismo de nuevo funciona paralelamente tanto para producir una fuerza de trabajo barata en al auge, como para justificar su deportación en la crisis.

Al naturalizar y enfatizar las diferencia culturales se excluye a quien no comparta la cultura dominante y se siguen políticas racistas xenofóbicas y de derecha que, en general, son compartidas en épocas de crisis por una creciente y preocupante proporción de la población. Sólo si estas minorías excluidas logran unirse entre ellas y a los elementos más progresistas de la población podrían resistir el embate xenofóbico, racista y de derecha que la crisis económica siempre produce.

 

 

 

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