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Fútbol a toda costa

lunes 16 de junio de 2014 La tensión entre la calle y el poder, la represión ciega de cualquier susurro contrario al Mundial de Fútbol, la política de 'izquierdas' tan a la derecha... tras las noticias que hablan de fiesta y fútbol se esconden otras realidades.

Por Heriberto Paredes y Andalucía Knoll / Subversiones

Días antes, la tensión se sentía en las calles, muchas personas opinaban que esta Copa era algo inusual, que no había mucha emoción y eso se notaba en las pocas banderas que se veían en las ventanas de los departamentos o en las puertas de los carros. Los propios jugadores declararon –una semana antes de la inauguración– que no había mucha motivación dentro de la selección, que en todo caso la única figura relevante que podía tener ciertos seguidores era Neymar (Estadão, 5 de junio de 2014). Así que de fiesta esto tenía poco antes y tiene poco ahora, sobre todo luego de la primera jornada en la que una movilización fue violentamente dispersada con varias cargas de la Policía Militar y otros agrupamientos.

No sólo hubo compras de tela amarilla y verde para la confección de millones de camisetas, banderas o cualquier tipo de parafernalia futbolística, también se destinaron recursos para mejorar el armamento de la policía y los cuerpos especiales que protegerán al país de su propio pueblo. Por ejemplo, se compraron 270 mil granadas de gas lacrimógeno y 263 mil cartuchos no letales conocidos como balas de goma o balas de borracha. La seguridad es un rubro en el cual se invierte mucho dinero (900 millones de dólares para este evento, según datos recopilados por Folha de São Paulo), basta revisar la estrategia conocida como “Garantía de ley y orden en la que se explica la movilización de elementos, se crean cuerpos especiales para la gesta deportiva; una de las mayores preocupaciones es mantener el orden, sobre todo si las fracturas y desigualdades sociales intentan ser escondidas.

El día de la apertura de la Copa algunos movimientos estaban convocando a una concentración en el metro Carrão para avanzar de ahí hacia el estadio de fútbol ubicado en Itaquera. La concentración recibió varias dosis de gas lacrimógeno y la estrategia de dispersión por parte de la Guardia Civil Metropolitana y algunos elementos de las fuerzas de choque de la Policía Militar. Los manifestantes no eran muchos y no se requirió de más para dispersar esta primera protesta. Una observadora jurídica salió lesionada por los gases y fue trasladada del lugar para ser atendida.

La prensa, que recientemente tiene un atuendo más cercano a Robocop que a Kapucinsky, de pronto se quedó sin manifestantes, rodeados por la policía hasta que finalmente alguien avisó del nuevo punto en donde movimientos sociales y trabajadores (que también tenían un acto previsto) estaban reconcentrándose: las afueras del Sindicato de Metróviarios de São Paulo. Alrededor de dos mil personas se encontraban ya en la formación de contingentes, un vehículo con sonido arengaba a las organizaciones y les pedía concentrarse para poder salir, aunque la ruta original que preveía avanzar por la avenida Radial estaba cancelada por la presencia de elementos de la Policía Militar.

Al frente de la posible manifestación estaban los trabajadores del metro, quienes en días recientes llevaron a cabo una huelga y ahora habían parado para poder concentrarse en la lucha por la reintegración de los operadores despedidos durante los días de conflicto. Sin embargo, fuera de la formación y un poco más adelante estaban los integrantes del grupo Não vai ter Copa y del llamado Black Bloc. Una barricada comenzó a formarse con la participación de varios manifestantes, al fondo de una bocacalle la Policía Militar se convertía en un escudo mecánico.

 

Los ánimos estaban encendidos, las fuerzas del orden no permitirían que el tránsito rumbo al estadio fuera interrumpido y los manifestantes exigían su derecho a disentir contra la Copa Mundial de Fútbol. El resultado de estas dos posiciones encontradas no sería positivo, se convertiría en una demostración de fuerza que deja clara la postura del Estado brasileño: el evento internacional se llevará a cabo, con o sin la aprobación popular, lo más importante es dejar una imagen  del país que se centre en el progreso, el desarrollo y la potencia que ahora representa a nivel internacional.

Sin mayor complicación las fuerzas de choque comenzaron a disparar gases lacrimógenos e hicieron retroceder a los manifestantes. Esta situación se repitió por lo menos en tres ocasiones, siendo la última las más complicada, ya que las personas intentaron entrar al edificio sindical para resguardarse. No todos fueron bienvenidos, hay que resaltar que existe una pugna entre sindicalistas y anarquistas que generó que los últimos no fueran recibidos y que incluso se les llamara infiltrados y provocadores. A veces la miopía del sindicalismo llega a grados absurdos y genera suspicacias.

No hubo marcha, las cosas terminaron ahí y el resto del tiempo sólo fueron negociaciones para impedir que la policía continuara reprimiendo. Una aparente tregua planteó la dispersión total de los manifestantes o de lo contrario tocaría a los cuerpos de seguridad «limpiar la calle que hasta entonces había sido bloqueada por causas de fuerza mayor». Buena parte de los asistentes decidieron retirarse y lo hacían en calma, sin ejercer más acción que la de caminar rumbo al metro más cercano; algunos, inclusive, al pasar frente a la policía levantaban las manos para demostrar el fin de la acción.

La policía no comprendió, dada su torpeza de origen, que era momento de frenar su ataque, por el contrario, volvió a disparar con mayor violencia. En esta ocasión algunos elementos persiguieron a civiles que corrían para protegerse y no pararon ni siquiera en el interior del metro, donde también hubo violencia por parte de quienes deberían de proteger a la población y no agredirla. A lo largo de estos acontecimientos pudimos observar que defensores de derechos humanos, monitores jurídicos, reporteros y camarógrafos, civiles, fueron agredidos con gases lacrimógenos, golpes y algunos conatos de detenciones arbitrarias.

Algunos de los encabezados de los principales periódicos nacionales fueron los siguientes: Folha de São Paulo en un pequeño espacio escribió «SP recibe la Copa con bombas, repudio a la FIFA y devoción a la selección»; Estadão simplemente limitó su encabezado principal a «Brasil favorito en la Copa» aunque en páginas interiores refrenda la posición gubernamental al resaltar las declaraciones de la presidenta  Dilma,  luego de las protestas en su contra durante la apertura del evento: «Eso no me enflaquece, afirma Dilma luego de las consignas en la apertura de la Copa». Nadie está hablando sobre los derechos civiles violentados en ese momento o de las inconformidades y sus razones.

En la potencia gobernada por la “izquierda”, es la clase política la que aplaude la represión y la violencia contra las voces disidentes, todo sea por mostrar un país ordenado y listo para su papel en la historia contemporánea. Es la presunta izquierda la que no resuelve las demandas populares que se escuchan a gritos: vivienda, educación, salud, trabajo, alimentación, fin de la represión y la censura, fin del racismo. Si fuera tan sólo nuestra decisión, hablaríamos sólo de las cosas buenas que muchas personas nos han mostrado aquí, de la calidez de la gente, de su ímpetu para luchar día con día y resistir con dignidad, hablaríamos tal vez de la música, del baile y de la cultura, sin embargo, es el propio devenir de las contradicciones económicas y políticas el que nos obliga –por ética y por consciencia– a dar cuenta de lo que realmente acontece bajo la pantalla de la Copa Mundial de Fútbol. No callaremos.

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