Crónicas Wayuu

La ocupación del territorio Wayuu

Miércoles 17 de julio de 2013 - La Guajira es una "pesadilla" para la 'colombianidad', una amenaza. Por eso, quizá la lucha brutal por el control de este territorio. La última crónica de Blanca Diego sobre este territorio es una descarnada narración del despojo histórico y actual.

Por Blanca Diego

Los Wayuu forman un pueblo que resiste. A lo largo de los siglos han negociado, se han vendido, han pactado; si no, habrían sido expulsados de su tierra. El suyo es un mundo patriarcal impregnado de la lírica del vallenato. Pueblan la península de La Guajira desde tiempos remotos. Más de 23.000 km2 desde el Lago Maracaibo por el este, el mar Caribe por el norte y el oeste; y las sierras de Santa Marta y Perijá, por el sur. Lo que sucede en La Guajira queda al margen de la ley. Nómadas y viajantes son bien recibidos; esta es una tierra de emprendimientos. Administrativamente, la península pertenece a Colombia (48% de la población de La Guajira colombiana es Wayuu, el pueblo indígena más numeroso del país) y a Venezuela (los Wayuu representan el 8% de la población del Estado Zulia). Colombianos y venezolanos miran a los guajiros en general, y a los Wayuu en particular, como personas que habitan un espacio donde todo es ilegalidad y no existen normas.

Tal vez una de las aproximaciones más bonitas a la península sea por mar. Desde Panamá o Aruba hacia Puerto Estrella, Punta Gallinas o Bahía Portete donde atracan los cargueros con destino a los almacenes y Provisiones de Maicao, el puerto en tierra mejor surtido de la frontera entre Colombia y Venezuela.

 

La bahía del olvido

Bahía Portete es un paraíso natural; hay un proyecto para convertirla en área marina protegida, por sus riquezas acuáticas, su fauna y sus manglares. Esto a pesar de que en el sur tiene un foco de contaminación: Puerto Bolívar, el puerto de Carbones de El Cerrejón Limited, que en 2012 exportó 32,8 Tn. del mineral. Hacia el norte hay otro puerto mucho más pequeño, Puerto Nuevo, una ensenada que sustituyó a Portete como puerto de carga y descarga, tras la masacre de 2004.  

Durante mucho tiempo, obtener el control de Bahía Portete había provocado guerras entre clanes Wayuu. En abril de 2004, el Frente Contrainsurgencia Wayuu del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), comandado por Rodrigo Tovar Pupo, conocido como ‘Jorge 40’, y el Frente Contrainsurgencia Wayuu en la Alta Guajira, comandado por Arnulfo Sánchez, alias ‘Pablo’, entraron en Portete y asesinaron a seis personas, torturaron, arrasaron el cementerio y desaparecieron a tres mujeres. También había niños. Entre 600 y 800 personas se desplazaron internamente o a la vecina Venezuela. Las víctimas pertenecían a varias familias Wayuu y los victimarios locales a un clan enemigo que disputaba el control de la bahía. Quedó probada la participación del Ejército colombiano

Este crimen tuvo un efecto devastador en el pueblo Wayuu, el del lado colombiano y el del  venezolano. Primero, porque se había violado, torturado y asesinado a mujeres de forma premeditada para destruir el eje de parentesco (el pueblo wayuu es matrilineal); y humillar y anular la voluntad de los hombres. Las leyes de la guerra Wayuu prohíben expresamente herir o asesinar a mujeres y a niños. Segundo, porque se descubrió la alianza tejida en la península entre clanes o individuos wayuu y grupos paramilitares, y la utilización que hicieron las AUC de las disputas internas del pueblo Wayuu y de su particular forma de emprender una guerra. En el año 2000, los grupos paramilitares ya actuaban en casi toda la península.   

Para una persona wayuu recordar la masacre de Bahía Portete es doloroso y, en cierto modo, provoca un sentimiento de vergüenza. Weildler Guerra, del clan Uriana, es antropólogo,  Director del Observatorio del Caribe Colombiano y parte de la Academia Colombiana de Historia. Exige saber la verdad.

Bahía Portete ha ocultado los centenares de muertos wayuu de la violencia paramilitar. A pesar del informe del Grupo de Memoria Histórica (año 2010) todavía faltan preguntas por resolver. Uno de los que tiene respuestas es ‘Pablo’, no contó la verdad, no ha dicho ni la mitad, y sin embargo fue beneficiado con la rebaja de la pena. Necesitamos saber cuál fue el proyecto en La Guajira.

- ¿Quién sacó a la luz pública la masacre?

"Los medios venezolanos lo dan a conocer al mundo. Los medios de Colombia callados. Ominoso silencio, hablaron de enfrentamiento entre wayuu, como si fueran delincuentes".

- ¿El Frente Contrainsurgencia Wayuu ha existido y existe?

"Claro, totalmente".

- ¿Por qué se llama así?

"Es la auto denominación de ‘Jorge 40’ pero de wayuu no tiene nada, se impone por la intimidación. Mira, los wayuu son un pueblo milenario. Este es un pueblo que sabe esperar y en su memoria ocho años no son nada, son una mala época, una larga sequía antes de una temporada de tormentas. Pasará. Vieron con prudencia que no podían declarar la guerra al estado colombiano. Sí estaban en capacidad de expulsar a los paramilitares de La Guajira, bastaba que se unieran tres familias. Lo que no podían era aguantar la reacción posterior del ejército por haber sacado a los paramilitares".

Bahía Portete cambió para siempre. Las ruinas, la soledad, la tristeza… son tremendas. Pero podría ser reflotada antes del fin de 2013 si el gobierno colombiano cumple los planes de reasentamiento de 77 familias que permanecieron nueve años refugiadas en Maracaibo (Venezuela).

 

Puerto Nuevo

Puerto Nuevo está en territorio ancestral del clan Epieyú. En la entrada al puerto hay un cartel grande que dice: PENSOPORT S.A. Sociedad Portuaria de la Península. Inmediatamente aparece el jefe, Franco Epieyú, robusto, grande, su piel requemada por el sol contrasta con su pelo blanco. Saluda y da la bienvenida en el portón de entrada. No quiere hablar del puerto y prohíbe tomar fotografías pero acepta una visita guiada por un sobrino.

- ¿Por qué no quieren fotos?

"Porque es una zona privada".

- ¿Y de quién es el puerto ahora?

"De PENSOPORT S.A.".

No da más detalles sobre la gerencia actual. Prefiere explicar su funcionamiento: aquí llegan barcos de Aruba y Panamá que traen electrodomésticos, medicinas, perfumes y otras mercancías que van a las tiendas de Maicao. Aquí los barcos descargan, se da a viso a la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN) para que hagan el control. Cada barco tiene la lista de lo que debe descargar, igual el puerto; se descarga y listo.

- ¿Ha aumentado la actividad del puerto desde la caída de Portete?

"Sí".

El embarcadero es pequeño, con tablones de madera, no hay grúas, ni rieles... El sobrino cuenta que todo se hace manualmente pero que hay planes de modernización. Cuesta imaginarse esta bahía doméstica recibiendo buques que surten a La Guajira. Unos barcos están atracados esperando ser reparados; del resto nada, no hay actividad. Tiene buena profundidad y los manglares marcan sus límites. Es otra bahía muy hermosa.

En La Alta Guajira no hay retenes militares, ni controles de la policía. Nada. Nadie. Se circula por un desierto, llenos de cactus gigantes o cardones, de basura, de rancherías que cobran peaje por atravesar sus lindes y de venta de caracoles de mar crudos que se comen como golosinas. La población local asegura que no hay presencia paramilitar en la zona desde hace unos tres años. Weildler Guerra espera que si algún día se hace justicia en el caso de la masacre de Portete, sea para conocer los motivos reales y a sus ideólogos. Él tiene su teoría.

- ¿El motivo no fue el control de las rutas comerciales?

"No, no, no jamás… El paramilitarismo convirtió el narcotráfico en una sola de sus actividades".

- ¿Cuál entonces?

"Controlar el territorio wayuu, controlar los recursos, desde grandes hoteles, grandes minerales, puertos para actividades ilícitas, pistas de aterrizaje y la colombianización del pueblo wayuu. La colombianeidad es el poncho al hombro, un modelo patriarcal, unidimensional, una Colombia homogénea. ¿Qué es La Guajira? Una pesadilla para el centro de la nación, los wayuu son indígenas, no son cristianos, no son exportadores sino contrabandistas, no son monógamos sino poligínicos, no hablan español, tienen nexos con otras áreas geográficas de América, son como una enfermedad. Ahí está el verdadero proyecto paramilitar, y esto no lo hacen grupos armados ilegales solos sino un centro de poder mucho más alto".

 

Perlas, vasija y cocaína

El pueblo Wayuu no vive en un rincón de Colombia sino en una esquina del mundo porque La Guajira es una zona de múltiples fronteras con las islas caribeñas. Hay documentos que registran las alianzas de los caciques wayuu con Jamaica, “de hecho la armada británica no habría podido tomar Cuba en el siglo XVIII sin las 400 reses que les dan los Wayuu”, explica el historiador Weildler Guerra. También los piratas John Hopkins y Francis Drake “encontraron aliados en los wayuu para aprovisionarse de ganado, perlas y agua para subsistir sus grandes flotas en el Caribe”. El popular guajiro cubano es, en realidad, wayuu.

Las perlas fueron el primer recurso natural no renovable sometido a una explotación a gran escala, acelerada y donde se utilizaron esclavos. Fray Bartolomé de Las Casas denunció el trabajo en los ostrales de La Guajira, utilizando expresiones como: “muerte infernal”, “un verdugo español que los manda”, “les dan de varazos (hasta) que se zambullan”. El auge se sitúa entre  1540 y 1570 y su declive a finales de ese mismo siglo: los españoles agotaron las perlas.

Román Fernández Jayariyú, escritor e investigador, está emocionado: dice que ha encontrado una vasija wayuu prehispánica, es decir, de antes de la llegada del español Alonso de Ojeda a esas costas, en 1499. Está de pie, en el borde de la escarpada costa, a unos kilómetros de Puerto Estrella, el puerto fantasma por el que entran avionetas cargadas de cocaína.

Puerto Estrella, en la punta noreste de la península, es una localidad de pescadores. Lo que más destaca es su internado, grande pero con carencias enormes; las motos de mediana y gran cilindrada parqueadas aquí y allá; la soledad de las playas, con cuatro barquitas amarradas; el vacío en sus calles; el sol abrasador; las casas viejas y el parque infantil medio descalabrado… Este cuadro no encaja con las historias de avionetas llenas de cocaína. Entonces ¿la pesca alcanza para comprar esas motos? Enilda Morales González, Directora del Internado Indígena de Puerto Estrella, responde: “Los chicos se pierden a temprana edad” porque entran al narcomenudeo; se les van, los pierden… Tiene 260 estudiantes, la mayoría vive en el internado mientras hay clases, otros muchos caminan “hasta cinco horas” cada día.

Puerto Estrella tiene 1.800 habitantes y la pesca es para el consumo local. Aquí se manejan indistintamente pesos colombianos y bolívares venezolanos. Esto es corregimiento de La Alta Guajira colombiana; pero como ocurre en otros sitios próximos a la frontera, la gente mira a Venezuela. “Allá viven mejor -dice la directora- todo nos viene de allá, la comida, el combustible. No tenemos carro tanques de agua, no hay planta para potabilizar el agua salada. Este es un puerto de nada, a los pescadores les falta atarrayas, lanchas. Energía hay con la planta central, entre las 5:30 tarde a las 10:30 de la noche”. Les prometieron luz 24 horas pero un mes después siguen esperando. “Los políticos del municipio están comenzando a cumplir”, dice Enilda Morales sin convicción pero con mucha serenidad ¿o será costumbre?

En La Guajira colombo-venezolana es frecuente escuchar relatos del tiempo de elecciones, cuando los candidatos políticos llegan, prometen y nunca más regresan; mucho menos, cumplen.

En el internado la tarea es compleja porque se trata de que los chicos y las chicas “vayan por buen camino”, no se metan en líos. Una formación para salir de la vida que el puerto les ofrece. No hay muchas opciones de empleo. La llegada de los proyectos de exploración en alta mar, que buscarán gas y petróleo, más parece la reedición de una pesadilla que una oportunidad de trabajo. 

José Ramón Gutiérrez Eipeyú es maestro desde hace doce años. Sociólogo y profesor en Ciencias Políticas. Recuerda cuando el pueblo estuvo tomado por los paramilitares durante seis meses, hace unos nueve años. Ellos eran la autoridad máxima, ejercían el control social, cobraban vacunas (extorsiones). No había policía. El alcalde de turno tiene un proceso pendiente por su implicación con los paramilitares. Fueron años de terror en la Alta Guajira. La Fundación Ideas para la Paz de Colombia calcula que entre 2000 y 2006 los paramilitares cometieron 69 masacres en el departamento de La Guajira.

A partir de 2006, comienza la desmovilización de los paramilitares en Colombia. Llegaron las confesiones, las reducciones de pena, las extradiciones a Estados Unidos, etc. Al proceso no se suma el Frente Contrainsurgencia Wayuu, sino que establece nuevas alianzas en la región adoptando el nombre de Alta Guajira. Con la desmovilización, los grupos se reorganizan, rearman y reubican; se crean nuevas alianzas criminales. Es el llamado neo paramilitarismo que opera sobre todo en las ciudades y abandona las áreas rurales. Sus principales negocios en La Guajira son el tráfico de cocaína y el contrabando de gasolina. Todo indica que Los Urabeños y Los Rastrojos, “que son de un peligro tremendo”, son los grupos dominantes y que operan en ciudades (Riohacha, Maicao, Maracaibo). A veces se llaman Águilas Negras. La línea divisoria entre la presencia de unos y la llegada de otros es difusa. Como si todo fuera un continuo. Quizás por ello las historias de la gente en la Alta Guajira son intrincadas, van adelante y atrás en el tiempo.

En la actualidad, es el comerciante de barrio el que más sufre la crueldad neo paramilitar. La gente habla de narcomenudeo, micro extorsión...

Sin duda, hay grupos que siguen dominando las privilegiadas costas guajiras. El maestro de Puerto Estrella, José Ramón Gutiérrez Epieyú, ha investigado la situación.

- ¿Hay grupos armados ilegales en la zona?

"Hay grupos emergentes como Los Urabeños y Los Rastrojos que delinquen por la zona venezolana y colombiana. Por cierto, algunos de los docentes hemos sido objeto de extorsiones. Hasta donde yo sé, porque conozco, los he visto y he tenido intercambios con algunas personas de ese grupo, pero uno no se arriesga a denunciarlos  formalmente, ¿si me entiendes?".

- ¿Cómo es Puerto Estrella, cuál es su historia?

"Es un puerto natural y siempre ha entrado contrabando, primero fue la bonanza marimbera (años 70 y 80, exportación de toneladas de marihuana), luego vino el narcotráfico, que persiste. Hace dos días una avioneta sobrevoló por encima de la base militar antinarcóticos, no alcanzaron a tumbar la avioneta pero es una avioneta que carga 300kg de alcaloides que tiene un solo piloto. Aquí hubo sobrevuelo de un helicóptero por la noche, la gente se asustó, nunca supimos qué pasó".

"La gente aquí es floja porque siempre ha adquirido dinero fácil, se dedica a robar y termina vinculándose con grupos. Sabíamos que algunos trabajaban con ellos y de repente dos desaparecieron, nunca supimos más nada… No se sabe si están vivos o muertos".

- ¿Qué otras violencias genera el narcotráfico y la presencia de grupos armados, hay violaciones a mujeres?

"Hasta donde yo sé no ha habido violaciones pero mujeres wayuu han tenido vínculos conyugales, que han sido polémicas entre nosotros los Wayuu".

- ¿Crees que han sido obligadas?

"No, para mí que no han sido obligadas, entraron voluntariamente. Una vez supimos de unas que les trabajaban (a los paramilitares) como cocineras, lavanderas".

 

Entre el desierto y el bosque nublado

Dejando atrás el puerto y buscando la frontera con Venezuela se llega a los orígenes: Nazareth, la cuna del pueblo wayuu. Por estas tierras están Alaas, la piedra sagrada donde se tallaron los tótems de los clanes más poderosos y la fuente sagrada; la mitología wayuu tiene aquí sus raíces entre arena y cactus. De esta región desértica emigraron a lo largo del siglo XX, numerosos clanes que se instalaron en la Baja Guajira, con mejores tierras y agua. En Nazareth se halla el internado católico más antiguo de la península, el Internado Indígena de los Capuchinos, que ya cumplió 100 años.

Un poco más viejo es aún Cuzina Jayariyú, el Palabrero de la Junta Mayor Autónoma de Palabreros de La Guajira. Tiene 103 años y vive con su hija en Nazareth, en una ranchería grande y hermosa.

Pütchipü’ü o Palabrero es la autoridad moral del pueblo wayuu, el resguardo de su justicia ancestral; una figura reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por UNESCO, por tratarse de un sistema normativo inspirado en principios de reparación y compensación. Lucidez, cautela y preservación de la paz entre clanes, así actúan los palabreros para solucionar conflictos. Los crímenes más graves se resuelven con un palabrero. La indemnización puede consistir en animales, collares preciosos y, en la actualidad, también dinero.

Cuzina Jayariyú es Pütchipü’ü desde los 20 años, aunque a los cinco ya estaba aprendiendo el arte de la palabra en boca de su abuelo. Ha solucionado los conflictos más graves, las guerras más encarnizadas entre clanes poderosos. Es un viejo entrañable. Apenas ve bien, se apoya en dos palos para caminar y tiene una memoria prodigiosa que vuelve siempre a su oficio.

"Ya estoy débil y viejo pero yo denuncié casos de tráfico de drogas en la región. Años atrás los traficantes de drogas quisieron utilizar nuestro territorio. Nos tocó matar unos que otros pero también traje la ley del estado para proteger a esta región. Yo insisto en que se mantenga nuestro sistema normativo; la ley wayuu y la del estado".

A un paso de Nazareth, hacia el interior de la península, está el Parque Nacional Natural Macuira. El bosque nublado de la Macuira es único en el mundo: una sierra montañosa, con alturas de 800 metros sobre el nivel del mar, en medio de un desierto. Aun es más alucinante el médano que hay en medio del bosque. Cuenta la leyenda que el dios Marejua enterró sus joyas bajo esa duna gigante y que solamente las personas afortunadas sabrán encontrarlas.

A pocos metros de la entrada al parque, está Mekijano, donde viven, Aida y Juan, el artesano del clan Patsayú. Juan pasa el día sentado en su telar haciendo sandalias, hasta una docena al día. Coloca los pies bajo el telar y, mientras cose, mira a las montañas sagradas de la Macuira. Aida atiende a los pocos turistas que llegan al parque; ofrece chinchorros bajo una enramada, llovizna y niebla cuando cae la noche. La planta eléctrica runrunea dos horas. En la parte baja, junto al rio, tienen un huerto, también llamado conuco o rosa, y animales. Hay agua así que hay alimento: papas, mango, patilla (sandia), maíz, frijol y muchos cocos.

Juan Patsayú recuerda cuando expulsaron a las Águilas Negras, hace más de tres años. Un wayuu de la familia se había comprometido con los paramilitares sin el consentimiento del clan. Desde Maracaibo, llegaron familiares Patsayú. Unas 50 personas se reunieron en el cementerio, decidieron su expulsión y pidieron ayuda al ejército para sacar al grupo armado. “Desaparecieron”, dice Juan en wayuunaiki (traduce el cronista oficial del municipio Guajira de Venezuela, Hilario Chacín). No le quitan el sueño porque “esos no regresarán”. Su auténtica  preocupación es el abandono del gobierno. Nadie asoma. Nadie se acuerda de que existen. Para evitar bajar al río, necesita una bomba que le suba el agua por una tubería hasta la casa. Pero no tiene con qué. Y necesita un crédito para arreglar el potrero de los animales. Pero tampoco tiene cómo.

Por tierras de la Macuira también ha caminado José Ramón Gutiérrez, el docente del internado de Puerto Estrella.

- ¿En la Macuira hay presencia de las nuevas bandas paramilitares?

"Sí, sí hay grupos en estos momentos".

- Pero la gente allí dice que no...

"Dicen que no porque les entregan beneficio, les traen mercado o les dicen ‘cuidao como hables ya sabes’, y quedan callados. Pero sí saben si hay o no. Yo sé que hay".

- ¿Y por qué estás tan seguro?

"Porque soy una persona que camino mucho, investigo para mi información personal y los conozco muy bien".

- Pero un señor de la zona dice que los wayuu se habían organizado y habían expulsado a los paramilitares.

"Sí, es cierto, se retiraron, pero están viniendo otra vez. No permanecen con bases móviles pero vienen de repente, entran cobran y se van. Porque cobran vacuna a los funcionarios, vienen una noche a las doce de la noche, llaman: ‘téngame listo’, recogen y se van. Se esconden dos tres días (en la montaña) y se van a la Serranía de Jarara, que es la actual zona de ellos. Y estando la policía, pero como no patrullan porque no tienen equipos adecuados... y los helicópteros son para operaciones mayores".

- ¿Cómo haces para protegerte?

"Cuando me especialicé afuera me tocaba viajar. No tengo temor, los conozco bien y sé su ubicación. Me cuido, me reservo con las autoridades mismas; a la policía les digo ‘no, no vi nada’. Aunque los odie de corazón pero toca".

- ¿Pero denuncias o vas a denunciar su presencia?

"Sí, sí, algún momento me tocará, lo haría pero con soporte y hasta cierto punto donde sea necesario, o cuando me toque a mi o un clan familiar muy cercano".

- ¿Y esta conversación puede publicarse?

"Sí".

 

La frontera caliente

La frontera guajira es un foco rojo donde las relaciones económicas y diplomáticas, entre Colombia y Venezuela, se enmarañan. En este espacio limítrofe se suceden –según los presidentes de turno- acuerdos y desencuentros en temas relacionados con la cocaína, el gas y la gasolina; la violencia y la presencia de grupos armados ilegales o los niveles de corrupción de los cuerpos militares y policiales. En otras ocasiones, se trata de la colaboración en la captura de narcotraficantes en suelo venezolano o de los desmentidos sobre la presencia de las FARC o el ELN en la Serranía de Perijá (Venezuela). Sean momentos de acercamiento o de alejamiento lo cierto es, que en las estribaciones de la península La Guajira, hay una ósmosis entre todos estos asuntos. La presencia de las guerrillas colombianas FARC-EP y ELN en el Estado Zulia (Venezuela) data de los años 80; la paramilitar de finales de los años 90.

Con las poblaciones sucede algo similar: se miran, se envidian, se comparan. Los unos dicen de los otros que el asistencialismo chavista ha hecho mucho daño; los otros dicen de aquellos que el conflicto armado es colombiano pero ha infestado a Venezuela… Hay colombianos que opinan que en Venezuela se vive mucho mejor, que “el gobierno atiende”. Y hay venezolanos que ven en Colombia un modelo de orden y progreso. Las dificultades diarias como la falta de agua, de luz o los continuos controles, en ambos lados de la frontera, complican la existencia y, a veces, sobrepasan a las ganas de fiesta.

Acostumbrados a moverse sin documentos de identidad, los wayuu viven ahora acosados por la presencia del Ejército Bolivariano y la Guardia Nacional, en Venezuela. La movilidad se reduce y portar documentos se está volviendo una exigencia de las autoridades, en controles y retenes. Controlar el contrabando de gasolina es el objetivo central de las fuerzas públicas. Pero la presencia de las FARC en las localidades de ParaguaipoaGuarero (lado venezolano de la frontera) y Paraguachón (lado colombiano) no es un secreto. No hay denuncias, solo historias que se repiten de boca en boca. Por ejemplo, en diciembre de 2012 el número de atracos y de muertos por robo disminuyó porque las FARC patrullaban las calles y el mercado Los Filúos. Otro relato cuenta que atracaron un carro y le quitaron los cobres a la gente. Al día siguiente, apareció un muchacho muerto, ajusticiado por las FARC, porque era uno de los atracadores. Y así sucesivamente. Al principio, la gente tenía miedo, ahora los ven como si fueran un ejército. “A veces no se sabe si es la guerrilla o bandas enconchadas en La Guajira”, dice Mermis Fernández, director de Radio Fe y Alegría Paraguaipoa.

Las coincidencias geográficas entre los actores armados ilegales presentes en ambos países son notorias, pudiéndose detectar una dinámica paralela, con claras intenciones de extender su injerencia territorial desde los municipios en los que se encuentran posicionados en Colombia a los municipios fronterizos a los que les resulta más fácil llegar en Venezuela. (La frontera caliente entre Colombia y Venezuela, Corporación colombiana Nuevo Arco Iris, abril 2012).

A José David González, coordinador del Comité de Derechos Humanos de La Guajira, le preocupa mucho que la dinámica en la frontera entre los dos países se complique tanto que el pueblo venezolano se vea inmerso en un conflicto de las dimensiones del colombiano, “donde el territorio wayuu será el más afectado porque están entrando por aquí”.  

 

[Crónicas Wayuu es un recorrido por el territorio ancestral de uno de los pueblos originarios de América más olvidado y polémico. Crónicas Wayuu es una serie de nueve reportajes sobre el pueblo Wayuu y su territorio, la península de La Guajira, una de las fronteras entre Venezuela y Colombia más violenta y caliente del momento. 

Este trabajo es una producción de LolaMora Producciones con el apoyo de Fundación Friedrich Ebert y su proyecto FES COMUNICACIÓN AMÉRICA LATINA. Los textos y fotografías son de Blanca Diego Vicente. La edición de imágenes es de Carolina Arias y María Inés Armesto.]

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