Opinión

El eterno aletear de Las Mariposas

Viernes 02 de diciembre de 2011 - El pasado viernes 25 de noviembre se cumplió un aniversario más de los femicidios que acabaron con la vida de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Esas tres mujeres, que con esos tres avasallantes nombres supieron redoblar la apuesta mientras caminaban en esta tierra.

Por Alexandra Vega Rivera

El pasado viernes 25 de noviembre se cumplió un aniversario más de los femicidios que acabaron con la vida de Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Esas tres mujeres, que con esos tres avasallantes nombres supieron redoblar la apuesta mientras caminaban en esta tierra. Y aunque con el paso de los años las fechas que conmemoran eventos suelen desdibujarse, y en el ideario cotidiano tienden a tergiversarse hasta terminar convertidas en otra cosa, el 25 de noviembre demuestra lo contrario y hace honor a la resistencia. Y así, esta fecha, poco a poco se ha ido anclando en la vida de transeúntes, quienes por uno u otro motivo terminan entendiendo o descubriendo que es la fecha en la que desde hace un poco más de diez años se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra La Mujer. Las fechas sirven para recordar y mientras así permanezcan estarán cumpliendo con su cometido.

Patria, Minerva y Maria Teresa sabían a lo que se enfrentaban. Con toda su ímpetu y convicción se levantaron todas y cada una de las veces que la mezquina y brutal dictadura las tiró al suelo. Violadas en varias ocasiones, golpeadas en muchas tantas, perseguidas, buscadas, torturadas, de todas y tantas formas violentadas. Ellas no volvieron en su marcha. Comprometidas con la causa democrática y política en su país se conocieron como ‘Las Mariposas’. Ellas, que al parecer vivieron la vida por un cometido y con un objetivo. Ellas y su seudónimo en plural, que como premonición de una vida corta pero trascendente nos han enseñado a millones de mujeres y hombres que vivir con convicción es vida, que si bien cansarse es absolutamente justo y normal, rendirse no. Conocer su vida más que su muerte es seguramente el mejor homenaje y también el mejor aprendizaje, por que para ser Mariposa antes hay que ser Crisálida, y para ser Crisálida antes hay que ser Oruga.

Esta claro que de ellas se recuerda su muerte. Circunstancia por demás un tanto injusta, ya que antes de tal suceso ellas ya habían transitado, demarcado y abonado un extenso camino lleno de convicciones y merecimientos. Merecimientos que dentro de éste sistema patriarcal se han circunscrito –hasta el día de hoy- a la órbita disciplinadora y que por ende terminan en el ‘castigo’, el que culturalmente se avala y se sostiene; ya que ellas tres en sí mismas no eran el verdugo sino, lo que ellas encarnaban. De la misma forma que lo fue Azucena Villaflor en la Argentina. Valerosa mujer y madre que durante la última dictadura militar –sangrienta, vil y mordaz- supo decir: “¡Basta! Así no vamos a encontrar a nadie. Vayámonos a la Plaza” dándole vida y pariendo a Las Madres de Plaza de Mayo. Así, buscando a su hijo y a la compañera de éste, Azucena fue secuestrada y torturada hasta que su vida dejó de ser en las profundidades del Río de La Plata. La República Dominicana y la Argentina se encuentran geográficamente bastante lejos, pero la dictadura, dictadura fue.

Las injusticias, injusticias fueron y así, estas mujeres victimas de la jerarquía entre los géneros, muertas están. La muerte es una forma de final, claro está, por que las violaciones y  las inmundas formas de agresión son de común ocurrencia en el contexto de detenciones, arresto, tortura, asesinatos masivos y en campos que albergan a personas desplazadas. Actualmente el verdugo que seguimos encarnando las mujeres, sigue latente. Y es que está presente desde la tradición griega en la que la mujer fue ideada como un castigo propiciado por Zeus, sin olvidar que ha sido la cultura griega la que le ha dado molde y forma al hombre occidental. Así las cosas y sin ir más lejos en la línea del tiempo: Las Mariposas, no han parado de volar. La mujer, poetisa, y activista mexicana Susana Chávez, se encontró con la mezquina muerte a manos de tres sujetos los primeros días de este año. Ella, al igual que las anteriores y décadas después, seguía tomando la forma del verdugo que en éste sistema ‘se debe castigar’. Pero el aleteo de Las Mariposas se extiende como eco. A mitad de éste año la humanidad de la mujer y luchadora activista colombiana Ana Fabricia Córdoba, se encontró con dos fríos disparos cuando iba en un bus que transitaba por alguna empinada calle de Medellín. Ella llevaba años esquivando a la muerte, la que sin problema y disfrazada de Estado le quito a su padre, a su compañero, su tierra y sus hijos, condenándola al desarraigo y dejándole únicamente la vida que tenía para luchar y para vivir. Le quitaron todo, pero nunca, su valor y sus convicciones. Querían que ella encarnara toda la miseria que éste sistema quiere imponer, pero al contrario, Ana Fabricia como las anteriores, fue una mujer que no se calló, que dijo, que escuchó, que confrontó, opinó y reclamó. Ella, al igual que Patria, Minerva, Maria Teresa, Azucena y Susana tuvieron una vida llena de convicción, la muerte fue tan sólo una especie de final a los pálpitos, mas no, al legado.

No olvidar que es justamente su final y el disfraz de éste, el que hoy por hoy nos sigue persiguiendo con su mezquina y fría hoz. No queda duda que es precisamente aquella última instancia, sobre la que ellas en dónde quiera que se encuentren siguen bregando por que no suceda más. Y es que si bien se sabe que las formas de violentar y violentarnos son un abanico a la elección, que pululan desde lo más profundo del hogar hasta lo más superficial de los medios de comunicación, la muerte es la forma más extrema.

 

No se celebró nada, nunca un homicidio y nunca un femicidio serán festejo; aunque el perverso sistema en el que estamos inmersas e inmersos así trate de imponerlo. Se recordó, se manifestó, se reclamó. Y es que en una fecha como la del viernes pasado del año 1961 asesinaban la voz de esas tres hermanas dominicanas, y ellas, con su muerte y al mismo tiempo parían la voz de millones que desde el ámbito que sea, seguimos trabajando y tejiendo por y para un mundo más igualitario, por un mundo en el que entremos todas y todos, por un mundo en el que las estamos con vida no tengamos que contabilizar más los asesinatos de nuestras mujeres, como yo, como la que lee, como la que parió al lector y como la que la parió a ella. Y es que Las Mariposas siguen aleteando, de pistilo en pistilo polinizando y germinando.