Opinión

Jugar a la ruleta rusa

Viernes 16 de septiembre de 2011 - La economía mundial camina sitiada desde tres frentes: el cúmulo de las deudas privadas y públicas; el juego destructivo de la institucionalidad desregulada de mercados especulativos, opacos e irresponsables; y la incapacidad de los sistemas políticos estadounidenses y europeos para aportar soluciones eficaces y oportunas.

Por Luis Paulino Vargas Solís

La crisis económica mundial, que explotó en agosto de 2007, tiene su antecedente inmediato en la gigantesca burbuja especulativa montada a partir del auge inmobiliario en Estados Unidos. Pero la ideología detrás de ese juego devastador, como el edificio normativo e institucional que le sirvió de basamento, se remontaba unos 25-30 años atrás. Consistió en una enorme carrera hacia la desregulación de los mercados y la consolidación de una institucionalidad de la especulación. A su favor jugaron reformas legales diversas así como un juego siniestro de dogmatismos ideológicos que hicieron de los órganos reguladores, una inutilidad gobernada por esa pintoresca superstición económica que atribuye a los mercados mágicos poderes de autorregulación.

Desatada la crisis, los poderes públicos debieron ir al rescate, comprometiendo en la jugada cifras colosales de recursos públicos. Ha sido uno de los más espectaculares casos de cinismo que pueda recordarse: los profetas del libre mercado, feroces enemigos de la intervención pública, no tuvieron empacho en intervenir a escala masiva para salvar a las mismas entidades financieras que habían gestado la catástrofe. Luego la producción y el empleo -y ya no tan solo los alquimistas financieros que desataron la horrible tormenta- entraron en caída libre. De nuevo los gobiernos debieron intervenir a gran escala para sostener la demanda y frenar lo que de otra forma habría sido una depresión mundial.

Entonces, y como era esperable, los déficits fiscales se fueron por las nubes y las deudas públicas empezaron a hincharse. Y, sin embargo, la economía no dio signos de verdadera recuperación. Se entró en una suerte de pernicioso círculo vicioso: la insuficiencia del estímulo fiscal, mezclada con las cargas terribles de los excesos del endeudamiento privado, pesaron como enorme ancla y, gradualmente, frenaron las economías. De la vacilante recuperación de 2010 se pasó al estancamiento en este 2011. En ese contexto, los problemas del déficit fiscal y la deuda pública entran también en un ciclo de agravamiento. Simple: si la economía no crece es improbable que los presupuestos públicos se equilibren.

La crisis de la deuda en los países de la llamada periferia europea ha sido, en considerable medida, otro producto maligno de la institucionalidad de la especulación. Si un país como Grecia ha sido lanzado en una espiral descendente que tan solo augura más y más destrucción, ha sido, sobre todo, gracias al feroz ataque especulativo de que ha sido víctima. Pero, entonces, entramos en un juego autodestructivo realmente siniestro. Un detalle ilustrativo (entre tantos que se podrían citar): cuando una llamada agencia calificadora rebaja la nota asignada a la deuda pública estadounidense, simplemente abona pretextos a favor de una debacle de la cual esa misma agencia no podrá escapar. Esto tiene un nombre: jugar a la ruleta rusa. Y quizá ese sea el precio que se paga por el cinismo y la desfachatez, ya que, bien pensado, y vistos sus vergonzosos antecedentes, esa agencia simplemente debería guardar pudoroso silencio.

Así las cosas, la economía mundial camina hoy al borde del abismo, sitiada desde tres frentes: el cúmulo de las deudas privadas y públicas; el juego destructivo de la institucionalidad desregulada de mercados especulativos, opacos e irresponsables; y la manifiesta incapacidad de los sistemas políticos estadounidenses y europeos para aportar soluciones eficaces y oportunas. Se reitera el juego de la ruleta rusa, y, nuevamente, como un precio muy oneroso por pagar. En este caso, como trágica retribución ante los excesos de la avaricia, que ha llevado a una brutal concentración del ingreso y la riqueza, con lo que, paradójicamente, ese capitalismo angurriento termina por quedarse sin aquello que más necesita: el consumo de las clases medias y trabajadoras.

La crisis es de grandes proporciones y sus evoluciones son imprevisibles. Que quede claro: no parloteo acerca de ningún “derrumbe del capitalismo”. Tan solo hablo de una situación que acarrea muchísimo dolor a muchísimas personas.

Para el establishment local de los economistas esto es una pésima noticia: pulveriza todos sus dogmas. Para el gobierno de Laura Chinchilla es un tremendo y desafiante reto histórico.