Opinión

La ventana

Jueves 08 de septiembre de 2011 - El proyecto de Crónicas de Mujeres, de la Corporación Vamos Mujer (Colombia), ha invitado a varias escritoras a contar historias sobre violencia contra las mujeres para "Encontrar valor para continuar viviendo". Este es el relato de Diana Duque Muñoz, antropóloga y escritora.

Por Diana Duque Muñoz

Se le posó en la cara y despertó aliviada. Se sentó en la cama mientras miraba con placer las muñecas esparcidas en el suelo, la puerta del cuarto cerrada. Todo había sido mentira. El aire parecía estar lleno de nuevo, su cabello largo caía sobre los hombros cubriendo la pijama rosada. El cuarto estaba como lo recordaba y abajo la Negra hacía el aseo de la casa.

Vio sus pies colgando y los levantó con terror, porque el diablo vivía bajo la cama; recordó la vez que estaba medio dormida en el suelo, casi metiendo la cara en el plato de sopa fría y él asomó su cola levantando las faldas del tendido. Le pareció escuchar de nuevo su risa maldadosa que le quería desprender el corazón. Empezó a sacudir la cama esperando una señal de su presencia y pensó en las noches en que él sacaba sus manos para alcanzarla mientras ella se escurría hacia el centro, incapaz de gritar. O las veces que gritaba pero el diablo ahogaba sus gritos.

Trató de sobreponerse porque al papá no le gustaban las niñas mimadas. El rayo de sol ya se había tomado  el cuarto y en un arranque de valentía se lanzó de un brinco al suelo, dispuesta a correr. Para su alivio el diablo ya había salido. Empezó a tender la cama y recoger las muñecas; quedaban pocos minutos, esperaba que no fuera demasiado tarde. Le pareció recordar que en la madrugada el papá había salido después de llegar oliendo a cuero, hierro, licor y polvito blanco, y le había pegado a la mamá. Sintió de nuevo que se le salía el corazón al recordar la sangre y vidrios rotos en el suelo. De madrugada, la mamá le había pedido que se despertara, pero no estaba segura, le había dicho algo… no recordaba nada, tal vez solo era un sueño.

Saltaba de un lado a otro tomando las cosas que empacaría para el viaje: los tenis, las medias, pijama, toalla, varias mudas de ropa. ¿Cuál muñeca llevaba? Susana la miraba, era la única que parecía viva, el resto permanecían inertes. Le faltaba un zapato, tal vez estaría en el patio pero si iba a buscarlo, la Negra se enteraría de que pretendía llevarla, así que mejor la dejaba descalza.

¿Y si él volvía? Lo deseó como siempre con una mezcla de amor y miedo. Añoró  las veces que se levantaba y él estaba en la cama, con el televisor encendido y se acostaba a su lado mientras la mamá preparaba el desayuno. También le gustaba ir a las fincas, los restaurantes y las fiestas… aunque esas siempre terminaban en problemas. Pensó un tanto nostálgica que eran pocos los días del chocolate en la cama, porque la mayoría del tiempo eran como el día de hoy: nadie estaba.

El día anterior alguien había lanzado una nueva amenaza y la familia se desintegraba. El papá desaparecía y ella iría con su madre a algún lugar apartado donde no pudieran alcanzarlas las garras de la ciudad.

Corrió a la ventana para cerciorarse: la moto no estaba. Afuera las vecinas tenían el jardín lleno de ollitas y muñecas; ni siquiera sabía cómo se llamaban, notaba que existían porque escuchaba sus gritos en el patio de la casa y volvía a verlas cada año, cuando la mamá las invitaba a sus fiestas de cumpleaños: iban por su pedazo de torta, la porción de helado y las sorpresas y luego salían a jugar en la acera. Mientras, ella se encerraba en su cuarto a escuchar la música hasta la madrugada, cuando los amigos del papá salían borrachos a continuar en otra parte y la mamá se acostaba a su lado, cerraba la puerta con llave y a veces lloraba. El resto del tiempo jugaba sola en su cuarto.

¿Dónde estaría él? Pensó en llamarlo pero sabía que no lo encontraría, deseó pedirle al muchacho de los domicilios que le trajera una bolsa con mecato, pero recordó que no debía usar el teléfono. Lo extrañaba. Trató de alcanzar la vista hasta una de las casas vecinas pero los árboles no dejaban. Buscaba en vano las evidencias del muerto de la noche anterior pero la urbanización estaba tranquila y solitaria. La ciudad florecía como si nada: el cielo azul impávido, las nubes flotaban, el sol brillaba… Cuando se acordó de la muerte, se le vino a la mente el olor a tierra ácida y húmeda que tenía el cráneo de la exhumación del tío Nano. Lo habían desaparecido y enterrado en una fosa común. No podía evitar concentrarse en las cuencas de sus ojos, cuyos vacíos le hacían una eterna pregunta innombrada. Por eso no le gustaban los zapatos de mafalda, porque siempre se los ponían para ir a los velorios donde sus tías regordetas la bañaban en lágrimas y la sobaban hasta el cansancio. Le gustaban los cementerios, siempre le despertaban un placer extraño, como la esperanza débil de encontrar en su aire a todas las personas que ya no estaban. Buena parte de la familia y los amigos se había ido a vivir al cementerio donde solían visitarlos o habían desaparecido; se preguntaba cuándo los volvería a ver, porque todavía no iba a la escuela para aprender el significado de “nunca más”.

Bajó de la ventana. El uniforme de la guardería cubría la lonchera azul. Deseó escuchar la chapa de la puerta abriéndose y a la mamá subiendo las escalas a toda prisa. Pensó en el pueblo, se imaginó sentada a la ventana del bus mirando complacida las calles que se quedaban atrás… atrás el allá donde los niños aparecían descuartizados en la calle y la gente tenía miedo de las bombas y las balas, mientras una nube triste se quedaba en la casa de la que huían nuevamente. Se preguntaba qué haría el diablo solo en la casa y sentía terror por sus muñecas, pero le alegraba irse de nuevo, le gustaba ir a esa casa de campo para dormir al lado de la mamá –los únicos momentos en que se sentía segura y plácida-, además, bajo esa cama no vivía el diablo, lo que siempre la tranquilizaba.

La casa de la mina era la mejor, recordó divertida la vez que sopló las cenizas del fogón y las gallinas, que habían estado comiendo las sobras del suelo, hicieron un escándalo y terminaron alborotando una nube que se asentó sobre el cabello, la ropa y las caras perplejas. O la vez que los trocitos de papel sobre las tumbas se volvieron sangre y nadie le creyó cuando contó: todas las mentiras tenían ahora memoria en sus brazos, un arañón tras otro la fueron silenciando. Anheló el olor a humo y naranjas, el mecato que compraban cuando caminaban hasta el pueblo y las muñecas feas pero vivas que tenían las niñas de la casa.

En la mina jugaba en vagones de madera que transportaban el carbón, pescaba buchonas, cogía naranjas e invocaba espíritus en la bodega de las herramientas. Lo que más le gustaba era sentarse en las noches al lado de la mamá y su amiga Marina, que contaban una y otra vez los recuerdos de la infancia. En las mañanas, a las cuatro, Marina despachaba a su esposo que se iba a trabajar y la casa empezaba a oler a humo y tierra húmeda que la hacía extrañar su casa. Se preguntaba entonces, dónde estaría el papá.

Odiaba regresar: cuando volvía el diablo había vinagrado los tomates, la casa estaba desordenada, la muñeca siniestra con la rosa en la mano lloraba, las botellas de licor y los rastros del polvo blanco –que encalambraba la lengua- estaban esparcidos por toda todas partes y el diablo había sembrado gusanos en la comida, la cocina y el suelo. Todo apestaba. La casa estaba sombría y el papá no estaba.

Entonces volvían las tardes eternas, sentada al lado de los bafles del equipo escuchando emisoras aburridas y música clásica. Terminaba dormida, en el suelo, entre la nube de humo de la comida. Se despertaba cuando le tiraban agua en la cara y lloraba enfurecida mientras la sentaban con las piernas abiertas y le ponían el plato de sopa. La mayoría de las veces solía dormirse sobre la comida y alguna vez metió la cara en un plato de frijoles y pisó el arroz. El remedio fueron las inyecciones de complejo B que le pusieron en varios atentados cuando andaba desprevenida. Eso, sin contar con las tardes terribles en que preparaban leche de soya y la sentaban castigada con una taza que debía tomarse para poder recuperar la libertad. Entonces, el olor de la soya le daba nauseas y el sabor le revolvía las entrañas, mientras lloraba indignada. Alguna vez escapó al suplicio y se encerró en el baño de donde la sacaron horas después, vencida por el sueño. Había aprendido a esconderse horas enteras, lo que generalmente no era necesario porque las señoras del servicio no se daban cuenta. Por eso, irse de la ciudad era lo que más le gustaba, en el campo todo cambiaba.

Ya había terminado de empacar. Debía ser medio día, tenía hambre. La mamá debía estar por regresar, pero no se escuchaban rastros de la Negra, tal vez estaba planchando o preparando la comida. Decidió jugar un rato en silencio como siempre, imaginando las conversaciones de las muñecas hasta que se quedó dormida.

Se despertó de un brinco, soñaba que estaba dormida sobre una escala y se volteaba para caer en la otra. Estaba acostada sobre el suelo, tenía frío y la cara en un charco de su propia saliva, marcada por el relieve de las baldosas. Todo estaba en silencio, el aire se sentía vacío como cuando había un nuevo muerto. Los últimos rayos de sol entraron por la ventana y se apagaron sin previo aviso, así que el terror de haber dormido mucho tiempo la invadió, tal vez la Negra se había ido y el diablo ya estaba bajo la cama o esperaba escondido en cualquier rincón de la casa. Tomó a Susana que estaba a su lado y trató de sentirse acompañada pero la muñeca ya no la miraba, había tomado el aspecto vacío de las demás, la sacudió y la abrazó pero cuando volvió a mirarla era un zapato que arrojó espantada. Sintió dolor en los huesos, aunque recordó a la mamá diciendo que esto era normal: estaba creciendo.

Los minutos se hicieron eternos. Nadie llegaba, tenía miedo de salir del cuarto y encontrarse con el diablo, entonces las sombras empezaron a moverse. El sentimiento de abandono que la invadía todos los días cuando la dejaban en la guardería se apoderó de ella y empezó a llorar aunque sabía que nadie la escuchaba, había aprendido que gritar no servía de nada. Llamó a la mamá, al papá, pero temió que el diablo la escuchara y se burlara de ella.

Intentó abrir la puerta del cuarto pero para su sorpresa no la encontró por ninguna parte. Lloró, llamó. Y entonces se paralizó al saber que no estaba segura de nada y no supo si dormida o despierta pero su cuarto dejó de existir y las paredes tomaron un tono gris. Las muñecas desaparecieron junto con su casa, su familia y su vida… tal vez había pasado mucho tiempo y había llegado sin saberlo al tiempo del “nunca más”. Pensó en las veces en que se iba la luz en la casa de la abuela: su prima sacaba una grabadora de pilas y le ponía la canción que tanto la aterrorizaba: “un hombre que iba por un camino, que quizá a su casa le conducía, llevaba consigo una pala y en la mitad del camino un hoyo abrió… ¿qué entierra usted? y el le contestó: entierro el amor que me quería, a la ingrata aquella llamada María…” la paralizó el terror como siempre que la escuchaba.

No estaba segura si había soñado que estaba en casa o soñaba ahora en otra vida lejos de ella, pero en sueño o en la realidad, el cuerpo le había crecido y ya no se conocía en el espejo, entonces supo que estaba en cadena perpetua y entendió el brillo triste de los ojos de la mamá. Rogó que esta fuera una simple pesadilla, recordó las culpas de la sangre que acusaban los ojos sobre ella y trató de despertarse pero no podía, tenía la sensación de que esa era toda la realidad que tenía. Como quien aprende a catar el vino, aprendió a sentir el dolor: un ácido mordiente en sus venas, un sentimiento destilado, al que no se resistió más y se entregó sin miedo, casi amante.

Pidió perdón por lo que no sabía, rogó que la dejaran escapar. Pero nadie escuchó, sus gritos eran mudos, la cárcel el cuerpo. Sin espera el zarpazo certero de la oscuridad la envolvió como una tela negra y espesa que todo lo llenaba, asfixiándola lentamente sin vencerla del todo, amordazándole la cara, metiéndose entre su boca y su nariz, bajando por la garganta. Supo aterrorizada que no importaba si llegaba alguien a su lado porque nadie más que ella sabía lo que le pasaba. Trató de buscar la ventana pero había desaparecido en la oscuridad. Le pareció sin embargo que afuera la vida continuaba, tal vez el sol salía y la gente paseaba.

En un timbrazo de lucidez sintió la certeza de que nadie llegaría, ni siquiera el diablo. Entonces, se soltó en silencio, sin la más mínima queja, como una de sus muñecas: ya no guardaba más miedo ni sorpresa. Se soltó consciente en un universo negro sin estrellas y no sabía si flotaba o se hundía: no importaba, tenía el desenfreno y el éxtasis de quien no tiene nada que perder. No supo sin embargo, que este era un día más y otro llegaría: el sol entraría por la ventana y la ventana le contaría nuevos cuentos… le haría recordar[1] la vida. Mientras tanto dormía y la oscuridad la mecía susurrando la canción de cuna que nunca entendía: la vida, niña, es tan solo un sueño de la muerte, un sueño, un sueño, un sueño…

Olvida.

[1]      Recordar es volver a pasar por el corazón.

 

Una producción de la Corporación Vamos Mujer

Coordinación General: Sandra Valoyes Villa

Revisión de Textos: Patricia Nieto Nieto

Ilustraciones: Lina Rada Betancur

Apoya: Cordaid

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