Opinión

Terroristas

Martes 10 de enero de 2012 - La nueva ley antiterrorista de Argentina, aprobada con el final de año, abre la puerta a la persecución social. Casi todo es terrorismo y Rodrigo Fino, desde Buenos Aires, pone el dedo en las llagas que se abren para conceptos como institucionalidad, democracia o ciudadanía.

Por Rodrigo Fino

Por todos lados. Debajo de la cama. Terroristas. El vecino. Terrorista. Tu novia, tu amante o tu lo que sea. Terrorista. Todos terorristas. Sin medias tintas. La mejor manera de no significar lo importante es la peor forma de represión abierta (ok, su posibilidad) a la que nos podemos llegar a someter los ciudadanos.

Esas (in) definiciones cuando surgen de una ley, por más sancionada que esté por el Congreso de Argentina a instancias del Ejecutivo, o se intente aplicar desde la locura verbal de un presidente surgido de una votación democrática en el caso chileno, va mas allá de lo que podríamos enmarcar de preocupante.

En realidad es una geografía peligrosísima, porque, de hecho, la generosidad en la amplitud del concepto radica la eficacia de aplicación desde la lógica del poder: sin limites ni definiciones que den contexto, toda acción es terrorista. Por más que se sepa que cuando todos somos algo nadie lo es -lo cual nos pone ante otro problema más relacionado con la singularidad del individuo pero no es el objeto de este texto-, y, retomando el hilo del texto, si nadie lo es, entonces... ¿a quién aplica? pues a los que están fuera de todo borde, de todo alcance, a los de siempre en definitiva, porque como están en ese afuera caminando por esos rincones en los que nadie mira, ni importa mirar, allí la ley, cualquiera sea pero siempre para reprimir, aplica perfecto; porque como están fuera de esos bordes ¿qué derecho tienen?

Terroristas todos y punto. Y el punto es que intentar poner dentro de un encuadre legal difuso y a la fuerza aquello que en la realidad concreta no resuelve la praxis política -y sobre todo económica- en las democracias americanas de sur a norte, es abonar la idea de que la democracia se vuelva en contra de los ciudadanos y además va en contra de que la democracia sea entendida como un capital social compartido. En este sacudón, un aborigen que lucha por sus tierras, un estudiante que lucha por algún derecho, un obrero que lucha por mejores condiciones de trabajo, un emprendedor que pide apoyo, un científico que pide más innovación... -y sigue la lista, complétela usted como más le guste- todos serán terroristas.