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El tema Serie Desplazados-3

El calvario, largo y la ayuda, escasa

lunes 23 de mayo de 2011 40 mil personas llegan huyendo cada año a la segunda ciudad del país, Medellín. La ayuda del Estado no llega de forma inmediata: 20 días después de registrarse les dicen si la tendrán o no, y el apoyo llega meses después. Las quejas por las demoras y la regular atención son muchas.

Lizardo Tuerquia

Lizardo Tuerquia Ana María Martínez y Ruth Tatiana Navarro

Bogotá, la capital de Colombia, es la ciudad que recibe el mayor número de personas que huyen víctimas de la violencia armada: se calcula que allí residen unas 450 mil en condición de desplazamiento

Por Ana María Martínez y Ruth Tatiana Navarro (Colaboración de Bitacora-Eafit)

A las seis de la mañana, por la carrera 55 con calle 95 en el sector de Palermo, cerca de la estación Tricentenario del Metro de Medellín, pasan los buses que van a los barrios Santa Cruz, Aranjuez y Zamora. El olor del río Medellín, aunque logra dispersarse un poco en el aire, llega con su putrefacción.

Francisco Muñoz, como todos los días, ha preparados sus termos con tinto, perico (café con leche) y aromática para venderlos a un público específico: los desplazados que llegan a iniciar el trajín para pedir respuestas a sus requerimientos, averiguar cómo va su proceso, saber si les desembolsaron los subsidios y ayudas, saber si ya se los otorgaron, si los declararon o no como desplazados, sin importar si su historia es verídica porque la vivieron pero no tiene cómo comprobarla.

La carrera 55 No. 95-97 es una edificación grande cercada por una malla verde. Varios celadores custodian la entrada y entre el ingreso y salida de la gente aseguran y aflojan un candado amarillo. Allí funciona la UAO, Unidad de Atención y Orientación a la Población Desplazada, de las cuales hay cuatro en Medellín (Ver entrevista a María Cristina Henao).

Algunas de las personas que hacen fila afuera están ahí desde las tres de la mañana, sin importar el frío propio de las zonas altas de Medellín.

Una jornada de quejas

Son las seis de la mañana, los celadores solo han dejado entrar a los funcionarios y trabajadores y en esa puerta de alambre nace la fila.

Muchas personas están esperando atención y orientación porque perdieron sus tierras y porque debido a la violencia, al hambre, al abandono, al miedo, son un puñado más de desplazados que han llegado a la ciudad a encontrarse con un futuro incierto.

Lizardo Tuberquia, quien llegó del municipio de Urrao, dice que “todos los desplazados tienen derechos humanos. Cuando uno llega acá lo recibe una muchacha que ni escucha, se la pasa pegada del celular: ‘Sí mi amor, entonces el almuerzo… ah, sí claro, qué pasó’ y no sé qué más y uno tratando de contarle las cosas”.

En su afirmación lo apoya Bernardo de Jesús Mesa Múnera, quien tiene nueve hijos y vive en Medellín desde hace cinco años, cuando fue desplazado de Turbo, pero que solo desde hace dos está en los procesos de solicitud de ayudas:

“En febrero me llegó un auxilio de millón y algo (en torno a 400 dólares), pero me dijeron que era por varios meses. Y desde febrero no me ha llegado nada, me dan cartas y respuestas pero como yo ni sé leer, me toca que me expliquen o esperar a ver quién me hace el favor y me dice las respuestas. Menos mal mis hijos están en el colegio, pa´que no sean como yo”.

Lizardo Tuberquia es técnico en reparación eléctrica, arregla licuadoras, televisores, neveras “o cualquier cosa que funcione con luz y tenga arreglo”, comenta. Hace seis meses tiene un dolor en la columna vertebral.

Hace tres meses, y como sabía que a los desplazados no les cobran la atención para salud, se fue para el hospital San Vicente de Paúl para que lo atendieran. Allí mostró sus papeles sus cartas y su carné del Sisben; sin embargo, le cobraron 70 mil pesos (30 dólares) por hacerle una revisión.

Luego tuvo que hacer vueltas en el Centro, en la sede de la Nueva EPS, ubicada en el Parque Berrío, para que le tomaran una radiografía: esperó un mes. Le dieron la orden y espero 15 días para que le tomaran una foto a sus huesos y otro mes para que le dieran la orden para reclamar la medicina.

“Tuve que vender toda mis herramientas de trabajo para poder comprar medicina particular, si no ya estuviera todo tullido. No le miento, acá tengo las cartas y tengo los recibos de las compras en mi casa y no me parece justo. No creo que por ser desplazado me tenga que morir porque hay que esperar a que San Juan agache el dedo pa´ ver si pasa algo. Además, esa gente acá es toda grosera, la coordinadora ni siquiera se deja hablar”.

Las ayudas son eternas

Rosa Palacio Pérez, desplazada de Yolombó –aunque huyó de su pueblo para proteger a sus dos hijos, hoy es una huérfana de hijo porque vinieron hasta Medellín a matarlo– dice que las respuestas se demoran mucho en llegar a la sede.

“A veces la plata está en el banco y la devuelven a Bogotá porque uno no fue a reclamarla. Pero es que acá lo emboban a uno: que venga el lunes, que dentro de 15 días… Y la plata en el banco”, explica.

A esa acusación responde Óscar Trejos, un muchacho bajito y con aparatos en los dientes inferiores, practicante en la UAO Palermo, estudiante de Técnica Auxiliar Administrativa:

“Al desplazado se le da una tarjeta débito después de que llegan las respuestas de Bogotá. Muchas veces las personas vienen y preguntan muy seguido si ya les llegó la plata, pero eso se demora un poquito. Entonces la gente se cansa de venir a preguntar y si les sale el subsidio en, digamos 40 días, ya no vuelven porque les da pereza de que siempre les digan que no. La plata se queda en el banco otros 30 días y como nadie la reclama, pues se devuelve a Bogotá”.

El problema de los fichos

Elvia Rosa dice que ni siquiera los dejan entrar al baño. Trejos contesta que es para evitar conflictos, pues muchas veces si se deja entrar a alguien al baño, éste, en lugar de volver a salir, se dirige a la carpa donde se les brinda atención y se queda ahí toda la mañana. Al final de la jornada dice que no lo han atendido. Los funcionarios les preguntan si tiene ficho y si no, pues no se le atiende”.

El sistema de fichos se utiliza para controlar el número de personas que pueden ser atendidas cada día. Se empiezan a repartir a medida que llega la gente, desde las 4 hasta las 7 de la mañana.

De lunes a jueves se reparten entre 200 y 250. “Qué va, ese sistema siempre está caído, vive en el piso”, comenta María Rolely Henao Marín, quien se quedó sin ficho al igual que Rosmira, Lizardo y Bernardo de Jesús.

“Por ser desplazados no nos tienen que tratar así. Merecemos respeto y buen trato, uno no tiene la culpa de que le pasen a uno cosas malas”, dice María Rolely.

La UAO sigue su jornada como todos los días. Adentro, en el patio, hay una carpa, amarilla y grande con sillas de plástico blancas en su interior organizadas en filas. Ahí esperan las personas a ser atendidas. Pueden salir en dos horas o en cinco, depende de lo que vengan a hacer.

Si llegaron a las tres de la mañana para venir a hacer una pregunta que les responden en tres minutos o menos, o si vienen a hablar con las abogadas que se demoran en promedio 45 minutos en elaborar una Acción de Tutela. O a hacer cualquier otra acción que demande tiempo, o tengan que esperar muchos turnos antes de ellos porque hay que respetar el sistema de fichos.

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