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El tema Serie Desplazados (1)

El desarraigo en primera persona

lunes 23 de mayo de 2011 Jairo, de la región de Urabá, y Rosa, del departamento del Cauca, cuentan su desgracia por causa del conflicto armado. Un relato extenso, vibrante, doloroso y en primera persona sobre la violencia en Colombia.

Ubicación dentro de Colombia de la región de Urabá (en el cuadro superior del mapa) y del departamento de Cauca (cuadro interior).

Ubicación dentro de Colombia de la región de Urabá (en el cuadro superior del mapa) y del departamento de Cauca (cuadro interior).

Colombia es el segundo país del mundo, después de Sudán, con más personas desplazadas de sus tierras y hogares debido a la violencia. El problema toca sobre todo a sectores vulnerables de la sociedad, a familias campesinas o de pequeñas poblaciones.

Por Ana María Martínez y Ruth Tatiana Navarro (Colaboración de Bitacora-Eafit)

Jairo: cuando la vida dejó de ser tranquila

“Yo vivía tranquilo en una finca cerca de Apartadó, nadie me molestaba y yo hacía lo mío. No había problema; es más, no había presencia del Ejército ni de los paramilitares, ni siquiera sabíamos de ellos.

Mi señora, mis dos hijas y yo estábamos tranquilos, no digamos que bien del todo porque siempre a uno le toca duro ganarse la papa, pero sabíamos que teníamos nuestra tierra y que mal que bien había algo para comer.

Más o menos en el año 96 empezaron a aparecer los primeros paracos (paramilitares), no sé si eso fue cuando Álvaro Uribe (ex presidente de Colombia) era gobernador de Antioquia, no estoy seguro. Un día, ellos llegaron a pedir una vacuna (dinero por extorsión). Yo no estaba en la casa y como yo ya le pagaba a los guerrillos (guerrilleros) por lo mismo, mi hija mayor les dijo que cómo así, que no era justo, que nosotros ya pagábamos buena parte de lo de nosotros.

Usté no se imagina lo verracos (disgustados) que se pusieron los paras porque creyeron que nosotros éramos colaboradores de la guerrilla. Y como ellos (guerrilleros y paramilitares) estaban enfrentados, pues ya se imaginará el lío que se me armó”.

Rosa: “La coca era como una fiebre

“Por razones económicas y por la escasez de trabajo en Popayán yo me fui para el pueblo de mi mamá que se llama La Mesa. Eso queda en el Patía caucano, a unas seis horas de la capital cuando uno está de buenas.

En 2006 llegué donde Ligia, una de mis hermanas, y ella me prestó parte de su casa para que yo organizara mi negocio. Empecé a vender empanadas, fritos, almuerzos y todo ese tipo de cosas. Mi hija Roxana se fue conmigo.

Todo estaba bien, en ese pueblo mandaba la guerrilla, no había Ejército ni paramilitares. Como no llegaba el Estado, los guerrilleros del Frente Octavo del ELN (Ejército de Liberación Nacional) hacían que se cumplieran muchas reglas y que hubiera orden, eso sí, con mucha violencia.

Por ejemplo, si había un muchacho que no fuera a la escuela o el colegio lo amenazaban diciéndole que lo reclutaban en las filas y si seguía en lo mismo lo mataban. Igual era con cosas de plata.

Allá se movía mucho la coca, era como una fiebre, la gente dejaba de sembrar comida para sembrar coca y la guerrilla también tenía que ver con ese negocio”.

Jairo: “Si ayudábamos a la guerrilla, los paras nos mataban”

“…después de lo de mi hija yo la regañé, le dije que cómo se le ocurría hacer eso, que nos había metido en un problema ni el macho, que esa gente era peligrosa, ya habían matado a un vecino con una motosierra, en otra finca les destrozaron todo porque esa gente llega creyéndose la dueña de las cosas de uno, quieren que la mujer de uno les sirva comida y bebida, y quieren acostarse con las muchachas.

Eso es muy horrible porque como ellos tienen todas las armas, uno no puede hacer nada porque ellos lo atemorizan.

Unos días después los guerrilleros citaron a una especie de reunión, nos dijeron que no nos dejáramos atormentar por los paras y que si los ayudábamos nos ateníamos a las consecuencias. Uno en esas, ¿qué puede hacer?

La situación se estaba poniendo turbia, ya nadie vivía tranquilo, se escuchaban historias muy feas. Uno ya no quería salir por miedo a las minas quiebrapatas (minas antipersona) y desconfiaba de los vecinos porque cualquiera podía ser colaborador de la guerrilla o los paramilitares.

Más o menos en el año 97 el gobierno implementó una estrategia para sacar a los grupos al margen de la ley de Urabá, pero estaban calientes las cosas y como que la guerrilla y los paramilitares no tenían insumos ni plata, los unos y los otros fueron a pedirnos vacuna. Como yo no tenía plata y no quería que me descuartizaran a una hija o a mi mujer, decidí irme pa´ Medellín antes de que algo pasara.

Hubo un enfrentamiento ni el tremendo, no estoy seguro si entre paramilitares y guerrilleros o con el Ejército… No sé ni quiero acordarme. Cómo sería de cerquita de mi casa que una bala perdida me mató al caballo. Eso fue espantoso”.

Rosa: “Lo torturaron y tiraron a un barranco”

“La guerrilla controlaba todo en el pueblo, hasta quién entraba y salía. Hacía retenes y le pedían a uno la cédula, y si uno quería que algún familiar entrara primero le tenía que avisar a los comandantes, uno de nombre Amauri y el otro Jerónimo.

La vigilancia de ellos era muy fuerte. Un día una comadre mía se había ido para El Bordo, que es la cabecera municipal del municipio del Patía, allá en el Cauca, y cuando se estaba devolviendo pararon el carro.

Eso era normal y como era del pueblo y la conocían no le hicieron nada, pero en El Bordo se había subido un joven: decía que era vendedor y que subía para aprovechar el mercado del domingo. Los de la guerrilla sospecharon de él y lo bajaron del carro.

Después supimos que le revisaron todo lo que llevaba para vender, la ropa, todo, que hasta desnudo lo dejaron. Como le encontraron un celular y eso estaba prohibido, supusieron que era del Ejército. Entonces se lo llevaron para el monte.

Ese muchacho nunca volvió a su casa, le comprobaron que era soldado porque tenía una gorra con el último camuflado del Ejército y aunque dijo que no, lo torturaron hasta que dijo la verdad. Luego lo mataron y lo tiraron por un barranco profundísimo que llaman El Infiernito, y luego dijeron que eso era para dar ejemplo, que no podía haber ningún ocioso en el pueblo.

Mi hija y yo no nos metíamos en problemas, de hecho nos hicimos muy amigas de Jerónimo, el comandante. Él iba a mi negocio y se quedaba a ver películas. Nos ayudó mucho y yo le estoy muy agradecida: cuando yo no tenía como mandarles a mis hijos en Popayán, él me colaboraba.

De eso me queda una sensación extraña: yo no sé si esa era plata del narcotráfico y eso no me dejaba y aún no me deja dormir tranquila. Pero cuando una tiene una necesidad, pues ni modo. También conocíamos a varios milicianos; muchos, por no decir que todos en el pueblo, los conocíamos, eso era normal allá.

Ya como a mediados o finales del 2007 empezó a llegar el Ejército…”

Jairo: “No pudimos coger nada, apenas salimos con la ropa”

“Con esa balacera tan grande mi familia y yo nos metimos a un sotanito de la casa. El enfrentamiento duró hasta el amanecer. Mi hija menor tenía seis años y del susto se orinó: estuvo mojada toda la noche porque no podíamos buscarle ropa limpia.

Al otro día le dije a mi mujer que yo no iba a aguantarme más, que estar allá era peligroso, que vendiéramos la finca que ahí no había futuro.

Justo cuando estábamos discutiendo eso llegaron los paracos, rompieron la puerta principal, quebraron todo y nos dijeron que teníamos 24 horas para irnos que por colaboradores de la guerrilla. Me hicieron quemar en frente de ellos cualquier documento que tuviera que ver de mi relación de propiedad de la casa. Yo no tenía escrituras, eso había sido de mi familia siempre y allá me tocó dejarlo.

Como me demoré mucho haciendo lo que me pedían, porque a uno sí que le duele saber que algo por lo que uno ha trabajado se lo van a quitar así no más, me dijeron que yo no quería cooperar, entonces se me iban a meter a la casa.

Yo grité que no, no quería que me violaran a mi mujer ni a mi hija mayor, y entonces un señor ahí, no sé si un comandante o lo que fuera, le pegó como tres tiros a mi perro, el Chazán, como era de noble…

Luego el comandante, panzón y con un boso negro, le ordenó a un muchachito, al que no le pongo más de 17 años, que le quitara el cuero al perro. “Pa´l sancocho de más tarde”, digo el barrigón y todos los que estaban alrededor se rieron. “Eso es pa´ que aprenda a hacer las cosas rápido, si no quiere quedar así”, dijo el tipo.

No pudimos empacar nada por el miedo, cogimos la ropa y la metimos en cajas. Mi mujer quería traer ollas y tarros pero yo no la dejé. Cogimos la platica y arrancamos pa´ Medellín que prometía más que cualquier municipio de Urabá.

Yo de antes conocía la ciudad, pero nunca me imaginé que sería tan dura…”

Rosa: “Había días que solo se escuchaban balaceras y granadas”

“Las cosas cambiaron mucho cuando el Ejército llegó, ya no se veían ni milicianos ni comandantes de la guerrilla, eso era soldados para arriba y para abajo… Ellos no se quedaban en el pueblo, sino que acampaban cerca en una cancha. Yo no sé cómo nunca la guerrilla los emboscó, de pronto porque estaban muy cerca de las casas.

Los soldados llegaban temprano a mi negocio a desayunar y nos hacían conversa a mi hija y a mí. A ella no le gustaba porque decía que “esos soldados qué se creen, ¿qué están en la casa de ellos o qué?” porque no la dejaban ver los programas de televisión que a ella le gustaban. Y si, entraban como ‘Pedro por su casa’ pero yo a ellos les podía cobrar más carito precisamente por eso.

Los soldados tenían los mapas y las fotos de los objetivos militares en unos cuadernitos pequeñitos que nos dejaban ver a mi niña y a mí. Era triste ver cómo marcaban con una X cuando ya alguien estaba muerto, y ver las fotos de gente que comió de la comida de uno y saber que el Ejército los estaba buscando para matarlos.

Bueno, siempre decían primero lo de la desmovilización, pero a muchos milicianos no les interesaba porque la mayoría sabían porqué se habían metido a la guerrilla, tenían una convicción a pesar del narcotráfico.

Otros solo sabían que tenían que cuidar a los jefes, que los conocían desde pequeños y habían estado toda la vida en el pueblo, veían a los soldados como una amenaza porque para muchos los comandantes eran como padres.

A veces los soldados se tomaban unas cervezas y luego subían al campamento ese. Pero un día, cuando la cosa estaba como fregada, un soldado se pasó de la raya.

Ellos siempre se iban antes del anochecer, la oscuridad en el monte, y sobre todo en guerra, es peligrosa. Resulta que un soldado de apellido Ramos se subió para la cancha siempre entradita la noche. Como a los 10 minutos se escucharon dos disparos.

Ya todos en el pueblo sabíamos que no habían sido los guerrilleros como tal, eran dos muchachos hermanitos, Wílber y Edward, los hijos de doña Fanny. Ellos no se habían ido de milicianos por la mamá, pero les gustaba la milicia. Ellos trataron de matar al soldadito, pero hasta donde sé Ramos se alcanzó a salvar.

Después de eso se desataron varios enfrentamientos: había días que solo se escuchaban balaceras y granadas, y en las montañas se veía cómo se levantaba el polvo.

En La Mesa no hay hospital, mi hermana era la dueña de la droguería y las dos sabemos algo de enfermería. Los heridos nos llegaban de los dos lados, pero sobre todo de los milicianos, seguramente porque los soldados tenían quién los atendiera.

El caso que más recuerdo fue de un muchacho al que una granada le explotó cerquita de la cara. Eso lo dejó vuelto nada, la mejilla se le desprendió y se le podían ver todos los dientes y el hueso.

Ligia le inyectó algo para que se le calmara el dolor y le cogió unos puntos para que la mejilla se le pudiera sostener. Al otro día lo despachábamos en el primer carro que saliera para El Bordo. Si era grave los remitían a Popayán.

Mucha gente por las balaceras salía como loca: los carros se iban repletos de gente y cajas. Y en las casas quedaban solo los perros, los gatos y las gallinas.

Yo nunca me quise ir porque me parecía muy peligroso. A uno entre montañas el sonido lo engaña, uno cree que está sondando por la derecha y mentiras que el peligro está a la izquierda, y como La Mesa es una meseta en medio de la cordillera Central, siempre sonaba el eco de los tiros. Además me parecía bobada irme, ¿a qué?, ¿a padecer a Popayán o a Cali?

Había muchos heridos y también desertores. Para mediados de 2008 la guerrilla parecía estar perdiendo la pelea”.

Jairo: “La ciudad y el gobierno nos trataron muy duro”

“Llegamos a Medellín más o menos en febrero del 98. No sabíamos qué hacer ni para dónde coger. Afortunadamente mi mujer tiene una hermana acá, nos costó mucho acordarnos del número de teléfono, pero bueno, lo logramos. Llamamos y ella se sorprendió. Nos dijo que cogiéramos un bus de TransMedellín 264: íbamos para el barrio El Picacho.

Llegamos y contamos lo que había pasado. Mi cuñada nos dijo que teníamos que ir a declarar en la UAO (Unidad de Atención y Orientación a la Población Desplazada]) que ahora queda en el barrio Belén.

No se podía llamar porque no había teléfono. Fuimos un sábado en la mañana y nos dijeron que la atención era de lunes a viernes a partir de las ocho de la mañana.

Llegamos el lunes a las ocho y había una fila tan larga que no alcanzamos ficho. Conocimos a un señor que había llegado a las cinco de la mañana y tampoco alcanzó porque solo repartían 80 por la mañana y otros 80 por la tarde, pero la gente que estaba antes de nosotros decidió esperar hasta medio día para recibir su turno.

Mi mujer y yo decidimos ir más temprano al otro día. El problema era conseguir transporte; además, no conocíamos bien la ciudad. Decidimos amanecer en la fila, nos hizo mucho frío, nosotros estamos acostumbrados al calor de Urabá.

Cuando entramos a la oficina una señora al frente de un computador nos preguntó nuestros nombres, números de cédula y qué nos había pasado. Le contamos todo, llenamos un formulario, entregamos la fotocopia de la cédula, dijimos que estábamos en la casa de mi cuñada, que no teníamos plata, que qué iba a pasar...

Nos contestó que teníamos que esperar entre 20 y 30 días hábiles para recibir respuesta, que tenía que rectificar nuestros datos para comprobar si nuestra historia era verdadera y así darnos salud y poder acceder a subsidios del Estado.

¡En ese momento me dio como una rabia! Tanto esperar pa’ nada ¿Y mientras tanto? Mi cuñada no es una mujer con dinero y no podía alimentar a cuatro bocas más. Por no ver sufrir a mi familia me fui a buscar qué hacer… nada… nada… no hay trabajo... 'debe traer su pasado judicial'… 'solo contratamos a gente menor de 30 años'…

Hubo una cosa que si me dolió: 'Demás que sí puede hacer el trabajo, pero es que es negro y una nunca sabe: ¿qué tal que nos haga algo?', le cuchicheaba una mujer a otra en un almacén en el que necesitaban que les arreglaran unas matas afuera.

Cansado de todo, del mundo, de este monstruo de ciudad, casi me rindo. Hasta pensé, después de ver en las noticias un caso, en matar a mi familia y luego suicidarme. Fue un pensamiento muy oscuro.

La única opción que me quedó fue poner un cartel y pararme en un semáforo, esperando que la caridad de alguien se moviera y me diera algo”.

Rosa: “La guerrilla empezó a decir que yo era una traidora”

Jerónimo y Amauri se escondieron. Como yo era más amiga del primero fui a visitarlo: estaba en la casa de una comadre disfrazado de mujer. Casi todo el pueblo sabía que Jerónimo estaba ahí, pero nadie lo decía.

Un día me contó que estaba pensando en la desmovilización y yo le di ánimo, le dije que esa era muy buena decisión, que pensara en su familia, en sus hijas…

Él hizo una carta expresando sus intenciones al Ejército, yo la llevé hasta el Batallón de Popayán y me asignaron un abogado para protegerme. El  abogado me dijo que por participar en la desmovilización yo tenía derecho a una recompensa de cerca de 100 millones de pesos, pero de esa plata no vi ni uno.

Parece ser que unos tenientes y coroneles se la robaron. Yo al principio iba a pelear por mi plata, pero las cosas se pusieron feas, me amenazaron un hijo: ahí supe que meterse con gente con poder es un peligro muy grande.

No estoy segura si fue el Ejército o alguien de la guerrilla cuando se enteró de todo lo que yo hice para salvarle la vida a varia gente en el pueblo, me tomaron como una traidora y por eso tuve que dejar todo botado: mi estufa, mi ropa, mi fritador… lo que me daba para comer.

Cuando Jerónimo decidió desmovilizarse, dentro de la misma guerrilla había divisiones, choques de intereses, ganas de ganar y ganas de poder. Él se iba a ir para Popayán cuando tuvimos problemas: cogieron a una pareja de muchachos conocidos de Jerónimo, ellos eran vendedores de cosas, estos si lo eran de verdad, pero con los tiempos tan turbios los milicianos se los llevaron.

Los tuvieron caminando casi tres días, comiendo mal, tratando de sacarles información. Cuando Jerónimo se enteró pidió que se los trajeran al pueblo, pero era muy peligroso.

A la pareja le dijeron que tenían que llegar al pueblo pero que no se fueran a escapar porque los cogían y los mataban, pero un amigo de Jerónimo que todavía estaba arriba en la montaña se enteró de que otros milicianos tenían la intención de matarlos.

No sé cómo hizo ese hombre pero se trajo a esos muchachos para mi negocio. A mí me tocó esconderlos, menos mal que al lado de la casa de mi hermana queda la iglesia y la casa cural, pero como en La Mesa no hay cura, esa casa está vacía.

Yo manejaba las llaves para mantener eso limpio, sin ratas ni nada. Pues yo metí a esos muchachos allá, les di comida, los tranquilicé, eso si, no les pregunté ni el nombre porque a uno en esos casos entre menos sepa le va mejor.

Ya cuando se calmó un hostigamiento que estaban haciendo los guerrilleros los saqué hasta la vía, ahí le encomendé a un chofer amigo mío que los llevara bien cuidados, bien respaldados, que se fuera lo más rápido posible. Por obra y gracia de mi Dios los cupos del carro se llenaron y nada les pasó a esos jóvenes.

Después de salvar a esos muchachos y como cuando llegaba algún soldado herido yo lo atendía, los de la guerrilla empezaron a decir que yo era una traidora, que ellos me habían dejado trabajar, que era una malagradecida.

Me asusté mucho. El proceso de desmovilización de Jerónimo se estaba demorando, yo no lo podía dejar a él porque era la mediadora, pero tampoco podía mandar sola a mi hija en un carro porque de pronto me la secuestraban. Esos dos días, uno por cada muchacho creo yo, fueron los más angustiosos que jamás he tenido.

Las cosas se pusieron color de hormiga cuando me llegó un paquete al negocio. Un miliciano amigo mío que estaba comiendo empanada (yo tenía que seguir trabajando y fingir que nada estaba pasando) me dijo que no lo abriera. Él despejó la cancha y se llevó el paquete, cuando le tiró una piedra desde lejos, esa caja explotó. Me hubiera podido matar.

A las tres de la tarde de ese día llegó otro miliciano al que yo había curado, estaba sudando, cansado, me dijo que me fuera, que me venían a matar a mí y que a Chupeta, el que me había salvado del explosivo, lo habían cogido. ¡Que me salvara!”

Jairo: “Mis días de arar la tierra se acabaron”

“Recogí monedas por muchos días, creo que meses, hasta que por fin nos dieron el subsidio de Familias en Acción. Mis hijas pudieron ir al colegio y mi mujer conseguía trabajo lavando ropa.

Todo ese tiempo de la espera fue muy duro pa´ nosotros adaptarnos. La gente, aunque no quisiera, sospechaba de nosotros. Algunos creían que nos habían sacado de nuestra tierra por deudas con negocios torcidos y mentiras. Somos gente de bien, no le hacemos mal a nadie y somos negros pero no ladrones. Pero eso como que la gente no lo entiende, como que acá ser negro es malo. Eso ha cambiado un poco desde que llegué: ya llevo 10 años acá.

Ahora estoy trabajando con unos proyectos en la Casa de la Integración Afrodescendiente que queda en Prado Centro, de Medellín. Ahí me rebusco la plata, hago cualquier mantenimiento que pueda, estoy estudiando y no me ha ido tan mal.

A pesar de todo lo malo me siento afortunado de estar vivo y responder por mis hijas. Ya una terminó el colegio y como logramos que nos reconocieran como población afro, ella pudo entrar a la Universidad de Antioquia sin pagar. No me quiero morir sin ver a mis niñas profesionales.

Me gustaría volver, pero tengo miedo, no quiero que me vuelva a pasar algo como eso. Y espero que en esa finca no les esté creciendo ni una mata de fríjol”.

Rosa: “Me queda la sensación de haber salvado vidas”

“Yo estaba paralizada. Solo pensaba en mi hija, en cómo irnos en carro, en si nos cogían en la vía y nos mataban. Fui y hablé con Jerónimo, le dije que yo me tenía que ir, que sentía abandonarlo, que no podía seguir.

Cuando volví al negocio empaqué todo lo que más pude, llegó un soldado a decirme que si yo hacía que Jerónimo se entregara nos llevaban a todos en helicóptero hasta Popayán y allá nos prestaban la atención necesaria.

Le dije que tenía que esperar, que no sabía la decisión de él, que mi vida estaba en peligro y que el Ejército, como representante del Estado, me tenía que proteger.

Pasó una hora y Jerónimo se decidió a irse conmigo. Como en el helicóptero iban soldados heridos o los que iban a cambiar de turno, no pude empacar mi cama ni mi armario, nada, solo unos costales con ropa y algunas cositas más. Gracias a Dios me salvé y disfruté del viaje porque el paisaje se veía bonito.

A mí no me tocó tan duro... yo tengo bastantes hijos. Ahora estoy acá en Itagüí en la casa de una hija, la mayor de las mujeres, no tengo servicio de salud y Roxana, mi hija menor, tampoco.

Me sostengo de vender las artesanías que hago, pero mis hijos hombres y las mujeres me ayudan mucho, pagan el arriendo, los servicios y la comida. Yo trato de vender mis cosas y con esa plata compro lo que hace falta. Vivo bien, podría estar mejor, creo, pero aquí estoy en pie de lucha”.

Ver entrada anterior de la serie: 'Los desplazados de Colombia en Otramérica'

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