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El tema Análisis

Elecciones en Chile: el fin de la vieja política

miércoles 26 de mayo de 2021 Si bien el proceso inició mucho antes, el 18 de Octubre de 2019 marcó el inicio de un levantamiento popular que desembocó en procesos nunca antes vistos en Chile. La demanda por horizontalidad, por el fin del patriarcado, el cuestionamiento a la institucionalidad, la necesidad de terminar con el modelo neoliberal, y la exigencia por incidir desde los territorios en los cambios estructurales que requiere el país, son sólo algunos de los temas que desde este nuevo escenario se comienzan a posicionar en Chile. El camino está abierto, y la disputa política, con nuevas protagonistas, también.

Por César Baeza Hidalgo

El lunes post elecciones fue un día largo en Chile. No sólo porque faltaban algunos resultados, sino porque aún es difícil dilucidar todos las intríngulis que se derivan de ellos.

Siendo honestos, hay que decir que me era inevitable sentir algo de ese jolgorio popular que se instaló en el ambiente con las cuentas alegres que siguieron a ese fin de semana del 15 y 16 de mayo. Por otro lado, estaban las siempre presentes desconfianza e incertidumbre. Ahora, pasados unos días, ya se pude afirmar que el panorama no es tan alentador cómo los primeros memes lo dibujaban.  

Se eligieron concejales, alcaldes, gobernadores (por primera vez), y 155 constituyentes, quienes escribirán la primera Constitución paritaria de la historia chilena (77 mujeres y 78 hombres), con 17 escaños reservados para pueblos originarios. Será la primera Carta Magna redactada por representantes elegidas/os en las urnas desde la que impuso la dictadura en 1980. La misma que rigió al país por más de 32 años hasta ahora, sin contar los 10 dentro de la dictadura (serían 42).

Dicho eso, las de convencionales constitucionales (quienes redactarán esta nueva constitución) son las elecciones más novedosas porque, aunque por primera vez también se escogió a gobernadores (gobiernos regionales), éstos se identifican como parte de un logro dentro de la lógica institucional que se cuestiona.

La Convención Constitucional es, entonces, la que genera más expectativas en los movimientos críticos que han protagonizado las protestas que impulsan las demandas que se posicionaron a necesidad de cambios trascendentales en el escenario político de este país desde el llamado Estallido Social que se produjo el 18 de octubre de 2019.

 En una cancha rallada por la institucionalidad, las fuerzas que la cuestionan les propinaron una derrota

A Chile se le cayó el velo del orden en pocos meses, después de esa fecha, que dio origen a una Revuelta que si bien ha bajado su intensidad beligerante, aún tiene muchos capítulos por escribir, y este aire de esperanza que ha puesto de relieve las demandas por participación de territorios y sectores que por muchas décadas han estado invisibilizados para la política institucional, alienada en el ejercicio del poder y la administración del modelo impuesto por la dictadura.

 

Las elecciones constituyentes

En cuanto estas elecciones hay que marcar que nacieron marcadas por las inconsistencias que tiene este proceso, parido en un acuerdo espurio que incluso los y las más idóneos/as y probos/as candidatos /as que compitieron el 15 y 16 de mayo de 2021, reconocían y denunciaron permanentemente. El llamado “Acuerdo por la Paz”, instaurado por las mismas fuerzas y partidos políticos que vienen siendo criticadas por las asambleas, y la protesta callejera.

Si bien la derecha fue derrotada rotundamente, y le faltaron 15 escaños para alcanzar el tercio que le permitiría bloquear directamente los temas estructurales que más preocupan en la Nueva Constitución, también lo es que los 25 escaños alcanzados por la ex Concertación (ex Nueva Mayoría, y ex centro izquierda, también llamada “La otra derecha” por un gran porcentaje de las y los manifestantes), además de reflejar que es otra alianza castigada, pueden aportar algunos de los votos para ese famoso bloqueo (el tercio) maquineado como parte de las reglas del juego que fraguaron ese 15 de noviembre de 2019 (“Acuerdo por la Paz”) y que dio origen a este proceso que parte con las elecciones.

Vale señalar que son representantes de estos dos grandes sectores perdedores, sumando algunos actores del Frente Amplio, que hoy se erigen como un sector de los principales ganadores de estas elecciones, quienes negaron instaurar la Asamblea Constituyente, que era el mecanismo que se demandaba en las calles para escribir la Nueva Constitución. Lo que se impuso en su lugar, fue esta Convención Constitucional que obliga a acuerdos de dos tercios para aprobar lo que se escriba. Es decir, con un tercio (52 de los/as 155 elegidos/as). Es decir, con un tercio se gana el derecho a veto.

La política es un campo de batalla –o un tablero de ajedrez si se quiere- que obliga a las negociaciones, a ceder algo para obtener algo mejor. Eso han sostenido quienes hicieron el acuerdo y repiten muchos/as de quienes asistieron a depositar su esperanza de un cambio positivo, aun tomando en cuenta que nos hemos debido enfrentar a que, cada vez que se producen, vienen con trampa, o con enganches que nos terminan defraudando, cuando no han sido los mismos actores (intencionalmente en masculino) quienes abiertamente han traicionado las ilusiones populares.

Si hay un aprendizaje instalado en los sectores organizados para la protesta y el cambio es que, si bien se vale la esperanza y está, sólo la movilización popular es garantía de que los cambios que se exigen queden instalados en la política que Chile quiere construir. Sin protesta, nada de lo que está sucediendo existiría. Es la movilización callejera la que obliga a que se despejen las orejas desde la institucionalidad.

Otro elemento a considerar es que hay unas 40 personas que han perdido la vida, algo más de dos mil presos y presas acusadas, y la mayoría en prisión preventiva por más de un año, y alrededor de 450 personas con trauma ocular, algunas de ellas con pérdida total de visión por acción de la Policía, que atacó sin reparos con disparos a la cara y sobre la que pesan acusaciones de abuso sexual en contra de manifestantes mientras estaban detenidos/as. Hasta ahora, la gran mayoría de esas acusaciones están sin responder ante la Justicia. Ese elemento, que no es menor, ahora cobra relevancia, para impulsar la exigencia de Justicia, antes de seguir con cualquier proceso que busque revestirse de democracia.

 

La revuelta gana, la institucionalidad pierde

"Chile cambió", se gritaba en las calles en las masivas protestas callejeras que sucedieron a la gran jornada de levantamiento del 18 de octubre de 2019. "¡No son 30 pesos, son 30 años!". La palabra Dignidad se posicionó en carteles, lienzos, muros, y cánticos. Incluso se rebautizó con ella a la Plaza que divide simbólicamente a la ciudad entre quienes han gozado de los privilegios y quienes han sido víctimas de ellos. Lugar alrededor del cual se reunieron casi dos millones de personas el viernes 25 de octubre después del estallido.

Menos de un mes después, el 15 de noviembre, cuando el país no paraba de protestar, cuando las manifestaciones se diversificaban y se encendían barricadas y corazones casi todas las semanas, y cuando el país iba derecho a detenerse por completo en exigencia de un cambio estructural, volvieron a saltar a la palestra los/las políticos/as representantes de los partidos cuestionados en el Congreso Nacional, a salvarle el pellejo al Presidente con ese mal llamado “Acuerdo por la Paz”. Fueron muchos de los cuales ahora aparecen como del lado del pueblo y celebrando quienes lo impulsaron: Frente Amplio (FA), Pepedé (PPD), Peese (PS), Decé (DC), la derecha en pleno y otros. Esa fue la respuesta institucional a la protesta popular en cientos de territorios y todas las regiones y provincias.

El mismo Mario Desbordes, ex policía, ex ministro de Piñera, y presidenciable de la coalición gobernante en una entrevista que le realizó Mónica González en el canal de televisión La Red, afirmó que si no hubiesen establecido ese acuerdo, el Presidente cae, porque “ningún Gobierno del mundo se sostiene con un país parado por más de un mes”, dijo.

La estrategia se pareció demasiado al Plebiscito por el Sí o el No de 1988, hito que marcó la estafa de la democracia que nunca llegó, mucho menos la alegría de su eslogan que aún recordamos bajo el paraguas de la Constitución del 80, la de la dictadura cívico-militar. Son estos 32 años los que se reclaman, porque ¿Qué se podía esperar de la dictadura?

Ahora quieren vender la ilusión de que no son derecha quienes se quedaron con la piel de oveja luego de devorarla, y administraron el modelo que instaló la dictadura cívico-militar durante las tres décadas posteriores, que se denunciaban en las calles como el fraude más rotundo de nuestra historia política reciente. "¡No son 30 pesos, son treinta años!".

 

La Convención Constitucional

Si volvemos a sumas y restas, los 37 escaños de la derecha 'más derecha' (la que se asume como tal), más los 25 de la Lista del Apruebo (ex Concertación, o ex Nueva Mayoría, o ex centro izquierda), suman 62, incluyendo a los dos de la Decé, un muerto aleteando su sobrevivencia en los 52 municipios que alcanzaron. Y si a esos se le agregan los 11 Independientes no neutrales, cercanos a esa ideología, las cuentas ya no son tan alentadoras. Eso sin considerar a los/las representantes de ese Frente Amplio, alianza que también firmó el mencionado acuerdo y apoyó leyes para endurecer las penas a manifestantes ¿Cuántos/as de ellos/as se prestarán para el veto del tercio necesario para las cosas que el pueblo consideró fundamentales en las protestas y organizaciones de base? Aunque con los otros más de 60 ya les alcance.

La otra ganadora, que irrumpió casi sin grandes gastos en propaganda, haciendo política en los barrios, en los territorios, tratando de sistematizar la protesta, con voluntad y las uñas, rasguñando cada espacio, fue la Lista del Pueblo que, sin una posición ideológica definida, logró 27 escaños de los 155, es decir dos más de los obtenidos por la ex Concertación (curioso que el prefijo que más le queda o se repite para esta coalición sea “ex”).

Aún queda mucho por ver respecto de lo que esta nueva alianza defienda, pero está claro que se definen antineoliberales, anticapitalistas, antipatriarcales, y feministas. Pero no sabemos muy bien cuál es el modelo al que apuntan. Un reflejo de las calles y un reflejo del proceso que vive el pueblo que se declara anti partidos, también.

Es cierto que un gran porcentaje de quienes salieron a las calles demandaron una nueva constitución, es verdad que este país tiene una tradición institucionalista, pero también lo es que es contando con ello que las estrategias para descomprimir la protesta callejera y la desestabilización de la gobernabilidad de un Poder Ejecutivo que no resiste ni siquiera a las cifras de las desprestigiadas encuestas (apoyo de un 8% en las más recientes).

Y si bien es innegable que la paridad de mujeres (77) y hombres (78) para escribir la nueva Carta Magna es una muy buena noticia, también lo es que algunas de las elegidas, como es el caso de Marcela Cubillos -ex ministra de Educación del actual Gobierno, y militante UDI-, es fiel representante del patriarcado más extremo y no tiene nada que ver con el levantamiento popular.

Que se hayan reservado 17 cupos para representantes de los pueblos originarios, si bien es un reconocimiento institucional que no habían tenido jamás en la historia de este país, aún está por verse cómo podrán incidir en este escenario tan variopinto. Dato para la causa es que sólo un poco más de un 20% del pueblo mapuche con derecho a voto participó en las elecciones, para el cual se asignó una mayoría de 7 de los 17 escaños.

Claramente, como señala el uruguayo Raúl Zibechi en su columna Chile: la convención constitucional puede ser la tumba de la revuelta, para La Jornada (México), “sabemos quienes perdieron pero no es sencillo saber quiénes resultaron vencedores/as”, dado que no existe plena claridad de cuál es el ánimo ni las inclinaciones de un porcentaje alto de las personas electas.

La oportunidad y la esperanza está abierta, y eso es un logro de quienes hicieron campaña y se empeñaron por el camino de disputar en las urnas los cupos con reglas del juego impuestas, o incluso amañadas, por la mal llamada clase política que viene siendo cuestionada desde mucho antes del mismo estallido, pero que se visibilizó con éste. En una cancha rallada por la institucionalidad, las fuerzas que la cuestionan les propinaron una derrota.

Con todos estos antecedentes, hay un importante porcentaje de espacios organizados que aún desconfía, las mismas y mismos secundarios que dieron origen al Estallido entre ellos, pero asumiendo que el escenario político ha cambiado, en medio de una pandemia, con la voluntad de posicionar los temas que permitan dejar atrás la eterna transición post dictadura cívico militar, y dar el paso hacia una sociedad más justa, participativa, e igualitaria.

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