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El tema Análisis

La muerte como sistema

viernes 21 de noviembre de 2014 Necropoder, tanatofilia, biopoder… hay suficientes teorías para explicar lo que en la práctica se traduce en el lento desangre, en la desaparición de una generación latinoamericana. Este es un breve repaso de lo que pasa cuando la muerte es el sistema.

Por Paco Gómez Nadal

México sigue en estado de conmoción, buscando respuestas, buscando los cuerpos o las vidas de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos el pasado 26 de septiembre. En la búsqueda, aparecen fosas comunes, huesos quemados, cuerpos vulnerados que no son los que deberían ser pero que corresponde a otras víctimas del estado de “Capitalismo Gore” –Sayak Valencia dixit- en que vive México.

Colombia se acerca a un acuerdo de paz entre su Gobierno y la guerrilla más potente que opera en el país desde hace 50 años, las FARC. Pero es imposible encuadrar las 1.300 muertes violentas que se registran en lo que va de año en Cali –la ciudad más violenta del país en este momento- dentro del conflicto armado. Es imposible porque responde a otra realidad: la de la muerte como sistema.

El camerunés Achille Mbembe, una de las personas que mejor ha definido la necropolítica, defiende que “la expresión última de la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir”. Siguiendo el desarrollo que hace Mbembe de la caracterización del necropoder se podría considerar que los barrios donde opera con más descaro el necropoder en ciudades como Cali (en las comunas de las laderas o en el inmenso distrito de Oriente) se configuran como las antiguas colonias, “donde la guerra no está sometida a reglas legales e institucionales, no es una actividad legalmente codificad”. Los barrios excluidos de Cali, México D.F., Belem do Parà, Sao Paulo o Buenos Aires aparecen pues como nuevas “colonias” donde las leyes del Estado no son útiles y donde los cuerpos no son soberanos porque son otros los que deciden sobre su vida o su muerte. “La ocupación ‘colonial’ no solo es sinónimo de control, vigilancia y separación, sino que también es sinónimo de aislamiento. Es una ocupación fragmentaria  que sigue las líneas del urbanismo contemporáneo (enclaves periféricos y comunidades cercadas)”, explica Mbembe.

Los habitantes de estos barrios viven un estado de sitio en donde la necropolítica y el control lo ejercen fuerzas paramilitares, pistoleros del narco o de otras formas de crimen organizado y, finalmente, se provoca la autodestrucción como un gesto que genera un espejismo de “soberanía”, que no de resistencia.

En algunos lugares, como en Brasil, se distorsiona el imaginario de que matan los marginales, los que están fuera o en el borde de la ley. Según un estudio del del Foro Brasileño de Seguridad Pública (FBSP) en promedio mueren como mínimo seis personas diariamente en Brasil a manos de fuerzas policiales. El año pasado fueron 2.212 y en los cinco años que pasaron de 2009 a 2013, los policías brasileños mataron más gente que sus colegas de Estados Unidos a lo largo de tres décadas: 11.197 contra 11.090.

Trazar el mapa de esa violencia policial por ejemplo, nos llevaría a las reconfiguraciones del espacio urbano y a la lucha por el control de territorios rurales que, otra vez, son rentables gracias a la estrategia neocolonial extractivista. En un mundo donde ‘sobran’ los humanos, los poderes que ejercen la soberanía del necropoder ya no tienen pudor en practicar el exterminio. Si durante siglos la matriz de esta violencia que cosifica el cuerpo ajeno era racial (esclavismo o apartheid), ahora la ecuación se complementa con el control del inmenso excedente laboral que, de no ser asesinado, puede poner en cuestión este sistema de muerte.

O explicado por Valencia se puede ver “la función del cuerpo en la sociedad del hiperconsumo (…) como un valor en alza, otra modalidad de gubernamentabilidad bipolítica, un espectro más allá que no ha sido considerado y que tiene sus fundamentos en la máxima rentabilidad económica y su ejecución en la necropolítica”.

Es el ejercicio del poder en su expresión más brutal y radical, con los componentes patriarcales que suponen acabar con el otro ‘hombre’ controlable y demostrar, cada día, que la ‘mujer’ no puede dejar de estar al servicio de las necesidades y deseos de la masculinidad hegemónica. No hay otra explicación posible al hecho de que, por ejemplo, el 50,7% de las mujeres de México hayan recibido algún tipo de violencia física o sexual, según la Encuesta Nacional Sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH). Aunque esta violencia se ve duplicada por la sombra que se cierne sobre ella. De hecho, la información estadística sobre violencia contra las mujeres generada por los gobiernos de América Latina y el Caribe no responde a la realidad, como se denunció en el reciente Encuentro Internacional de Estadísticas de Género, efectuado del 5 al 7 de noviembre en Aguascalientes, México.

Los narcoestados conformados en Centroamérica han “sincerado” la ecuación del necropoder y hoy en día Honduras es el país con mayor tasa de homicidios del planeta, El Salvador es el cuarto y Guatemala el quinto. La violencia ya no es una estrategia, es el núcleo del capitalismo y la forma de prescindir de los excedentes humanos se plasma con crudeza en buena parte de Latinoamérica y del Caribe. Günters Anders ya apuntó allá por 1956 “la obsolescencia del hombre”, del ser humano. Aunque habría que matizar, se trata de las obsolescencia de algunos hombres y mujeres, de los que Zygmunt Bauman agrupó en lo que denominó “las poblaciones superfluas”.

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