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El tema Crónica

Palabra amanecida

lunes 01 de agosto de 2011 El cacique Víctor Martínez es heredero de un pueblo golpeado por la ambición blanca, los wuitoto o Murui Muinane, esclavizados durante la fiebre del caucho. En este lago encuentro, el cronista se convierte en el aprendiz. La sabiduría de la palabra amanecida en Otramérica.

Construcción de una maloka

Construcción de una maloka

Por Paco Gómez Nadal

Hace frío, pero el ejercicio está calentando los cuerpos que ya sudan al calor de ninguna estufa. Para llegar a la planicie hay que caminar unos 10 minutos desde la casa campesina más cercana donde hemos dado cuenta de un café bien caliente y de algo de pan para que el alma mantenga la misma compostura del estómago. Para lograr que la planicie fuera planicie, tocó remover una piedra que esconde toneladas. Ahora, si te paras sobre ella, la vista del valle es impredecible.

La estructura ya ha sido levantada. Hoy toca subir la palma por la trocha empinada que conecta la planicie con la vía de tierra que serpentea primero entre inmensas cajas plásticas rellenas de flores y de obreros, después entre lomas suaves que anuncian tierras de minifundio.

Lo que hoy son ramas, mañana será techo, pero para que esto ocurra hace falta la colaboración de cinco mestizos que, esta vez, están a las órdenes de un witoto (el nombre que los occidentales dimos a los Murui Muinane durante la invasión). Es el más pequeño de todos los presentes, y el más anciano, el más ágil, el más callado. Masca mambe al tiempo que se ríe de la torpe subida de palma. Hay una especie de venganza histórica en sentirse maestro de una banda torpe, lechosa, voluntariosa… La loma está enfangada y se nota que los pies mestizos, por muchas botas que calcen en este desfile montañero, son eso, mestizos y urbanos.

Es la tercera vez que vengo a verlo, a preguntarle si podemos hablar. Y es lo que no hemos dejado de hacer, hablar, pero no de lo que yo quiero. La sensación que tengo es que me está ‘midiendo el aceite’, decidiendo si sí o si no. No tengo prisa y siento, al tiempo, que me están dejando participar en algo especial. No para Víctor Martínez, este cacique de las riberas del río Igara-Paraná, desplazado por voluntad propia y sólo de manera temporal a la sabana bogotana. El momento especial es para los no indígenas que ayudan en la construcción de esta maloca ‘amestizada’ donde habrá refugio para mambeadores de verdad y mambeadores impostados.

Lo que hasta ahora no es más que una estructura de madera imponente y aún sin piel será una maloca, eño uai en witoto. Y ninguno de los troncos o palmas que Víctor va poniendo encaramado a la estructura con una agilidad de adolescente están ahí por casualidad. Su hijo y él van midiendo con el conocimiento acumulado las distancias, los nudos, los pasos a dar.

En la maloka el orden natural se respeta o se copia y hay que entender como el microcosmos que encierra esta ‘casa’ es algo parecido a un bodegón de naturaleza muerta que resucita simbólicamente gracias a la palabra, los cantos y los bailes que conforman la vida espiritual de la comunidad witoto. El suelo es la tierra misma, el pecho de la madre tierra, “holograma de la abundancia que prodiga la superficie planetaria a todos sus hijos”; el mambeadero, la maloca, este lugar para mascar, hablar, dormitar, mirar coca, es el útero de la madre vida, sus cuatro columnas principales simbolizan sus huesos y forman una estrella al inscribirse en los puntos cardinales; el armazón es su costillar; el techo de palma son los cabellos; la chumbera equivale a la fontanela del recién nacido; los pilares menores son el pueblo; los dos triángulos de aireación en el techo son las fosas nasales, y la puerta es la vagina y el que sale por ella ha renacido en este útero de humo.

 

Dice la mitología witoto, recreada por el poeta amigo Rymel Serrano, que “al comienzo no había nada, aparte de Daiñuemo, la Madre de todo lo creado, que parecía dormir siempre, como las inmóviles aguas de una laguna infinita”.

“Una vez Daiñuemo soñó que su cuerpo de agua se hundía y sobre ella comenzaba a aparecer el cielo. Se quedó contemplándolo y suspiró profundamente. De ese suspiro brotó una burbuja de aire, dentro de la cual venía el recién nacido Unamarai. Éste despertó y comenzó a gatear por el interior de la burbuja, hasta trepar a su parte superior, por donde pudo salir. Entonces se sentó sobre aquella especie de huevo transparente y se puso a imaginar el universo. Daiñuemo se mantuvo en la parte de abajo, invisible, silenciosa, sosteniendo a Unamarai. Para proteger a su hijo y al mundo que él estaba creando, elevó las manos y las unió por encima de ambos, formando la primera casa o maloca, a cuya imagen los seres humanos construirían después sus viviendas. Así fuimos gestados y llevados por ella, sostenidos sobre su cabeza como un cántaro de arcilla, desde el comienzo de los tiempos”.

 

Nunca vi terminada la maloca, nunca salí por esa vagina de Daiñuemo untado de espíritus prestados. Pero tras sudar la camisa y compartir sancocho, Víctor me dio el placet. Listo, la charla pendiente será en Huaika, una finca de Tabio donde Víctor se refugia rodeado de amigos mestizos que han agarrado esta vieja ‘espiritualidad’ como nueva ‘religión’. No sé si estoy contento, quizá me hubiera gustado que la prueba se alargara, nunca tener el material para escribir. De hecho, aún cuando tecleo estas palabras preferiría estar todavía bajo el útero semicubierto, mirando hacia el cielo, mirando a Víctor y escuchando sus historias. Una vez que decidió regalarme su visión sobre los occidentales como yo -que rodeamos a estos pequeños pueblos que ahora parecen solamente alimento de antropólogos y sociólogos o foto de turista-, toca escribirlo, toca devolverle lo prestado.

A veces me pregunto que me hubiera gustado más. Encender la grabadora y escuchar al viejo, o contagiarme del espíritu un tanto naif de mis padrinos occidentales en este camino y ponerme a mambear y a buscar en el canasto de Víctor por otros medios. Sigo con la pregunta entre el pecho y mis labios.

 

Regar semilla

Si alguien se cruza con Víctor en la calle probablemente lo confundiría con un obrero más, con un campesino pequeño y enjuto de manos abiertas y dientes verdes, como su alma verde. Lleva cachucha (gorra) como para evitar que sus pelos alborotados denoten una juventud de espíritu que su cuerpo contradice. Para unos ojos urbanos descreídos que se lo encuentren en el ultramoderno Transmilenio de Bogotá debe ser un obrero más, uno de los millones de campesinos colombianos desplazados/arrancados de la tierra por obra y gracia de los desgraciados que ostentan poderes reales o ilegales, o los dos al tiempo. Pero su caso es diferente. Él se desplaza cuándo y dónde quiere y bajo sus pies, siempre, la tierra permanece inmóvil, fértil, rellena de cantos preñados de comunidad, de su gente.

Cuando habla de su comunidad parece que fuera un ejército de miles de seres humanos apeñuscados en refugio de manigua. Pero son 92 personas, ni una más ni una menos, un universo para este cacique witoto. Desde allá, sintió la agonía del cambio de milenio, y desde allá decidió salir a “regar semilla”, a hablar al resto sin esperar que el resto escuche. Víctor sabe que la palabra de coca es palabra cuando se verbaliza, cuando se transforma en boca del cacique, de él, y no puede quedarse cayado cuando siente que ha llegado el momento de compartir con el hermano menor y buscar soluciones a este planeta que vomita dolor.

Isaías (el sabedor instalado en Bogotá que traduce su palabra para que el resto no pueda blandir la excusa del idioma o de la barrera de la metáfora) dice que “la sabiduría es como el guarumo, si uno lo recoge y lo guarda, sigue siendo guarumo, pero en el momento que uno lo trabaja y lo convierte en canasto, balay o cernidor toma otro nombre. Igual pasa con el bejuco, si uno no lo transforma, seguirá siendo bejuco toda la vida. Al convertirse en tejido de canasto o tejido de nasa, o amarre de casa, ya en ese momento es útil para la vida”.

Me parece divertida la conexión entre la cultura occidental y la witoto. Christopher Lash, un intelectual estadounidense, decía lo mismo con palabras más refinadas. En La Rebelión de las Élites, Lash aseguraba que la crisis del sistema educativo occidental, del aprendizaje y de la transmisión de conocimientos, tiene que ver con su conversión útil. Una vez desaparecidas las tertulias, los espacios sociales de discusión, el conocimiento (la sabiduría) es inútil y, por tanto, se devalúa en este mercado de cosas representado por los seres. Sólo al verbalizar el conocimiento, éste cobra utilidad. Si no se comparte, pierde interés adquirirlo. “No sabemos lo que necesitamos saber hasta que hacemos las preguntas correctas, y sólo podemos identificar las preguntas correctas sometiendo nuestras ideas sobre el mundo al test de la controversia pública”. Lash, sin decirlo, también cree que el ser humano necesita de una comunidad, de un entorno, de una maloka, para ser verdaderamente humano, para conocer.

Puede ser también que la sabiduría está negada a los seres humanos por la pretensión de ser dioses, ese intento renacentista de imponer las leyes del hombre que los mayas quiché abortan de un plumazo con uno de sus mitos de origen: “Creados por los Espíritus del Cielo los primeros cuatro hombres, éstos hablaron, conversaron, vieron, oyeron, caminaron, palparon y manipularon las cosas. Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam fueron sus nombres. Eran bondadosos, bellos y sabios. Con su visión podían contemplar y conocer todo lo que existía en la tierra; cuando miraban el mundo veían todo lo que existe en él; su pensamiento iba más allá de los árboles, la piedra, los lagos, mares, montes y valles.

En verdad eran dignos de ser amados por los Creadores, que los enviaron a recorrer la tierra, a conocer el mundo. Al regresar, exclamaron los hombres: ‘Verdaderamente dos veces gracias, ¡tres veces gracias! Nacimos, tuvimos una boca, una cara; hablamos, oímos, meditamos, nos movemos. Podemos conocer lo que está cerca, lo que está lejos; vemos lo grande y lo pequeño en el cielo o la tierra. Gracias damos a vosotros, que nos habéis creado’.

Pero los Espíritus del Cielo y los Espíritus de la Tierra no escucharon esto con agrado. ‘No está bien lo que dicen nuestras criaturas. Conocen todo lo que hay en los cuatro ángulos de la tierra y el cielo. ¿Permitiremos que sean como dioses? ¿Qué se igualen a aquellos que los han creado, a aquellos cuya ciencia se extiende a lo lejos, a aquellos que todo lo ven?’. Deliberaron en consejo y dictaminaron: ‘Que sus miradas no alcancen sino a poca distancia. ¡Que no vena sino un fragmento, una parte de la faz de la tierra!’.

Entonces fueron endurecidos sus ojos, su visión fue velada como un espejo empañado por el aliento, y sólo pudieron percibir con claridad lo cercano, lo próximo. De este modo perdieron la sabiduría los cuatro primeros hombres”.

 

Verde alma

Voy en busca de la palabra de Víctor, palabra necesaria. Lo encuentro finalmente en esa pequeña cabaña de Tabio. Sólo, en un desorden que le importa poco. Con cara de recién amanecido pero con cuatro o cinco horas de actividad ahorradas, me parece que Víctor es el único hombre sobre la tierra y, de hecho, me molesta la amable interrupción de una de sus anfitrionas que nos ofrece aguapanela y unas “galleticas” (la dulce debilidad del cacique). Mientras raspa el ambil y pasea la coca de un moflete al otro, yo puedo ver el río Igara-Paraná en sus ojos; puedo ver a su mujer sacando casabe de la yuca brava en ese ritual indígena para aprender que hasta el veneno más nocivo puedo convertirse en beneficio sólido (puede aplicarse al sistema carcelario, a las relaciones humanas o a nuestra propia sombra); veo reflejada su maloca y a su gente desganada de ser su gente y buscando el verde sagrado de la coca en la multicolor pantalla de televisión. Entiendo que Víctor no puede dejarlos en el mapa porque, aunque está aquí, a muchos kilómetros, su alma es verde como el Amazonas, verde como La Chorrera, verde como el mambe, la coca, verde como la palabra, verde como sus dientes y su voz de polvos verdes cuando habla al mismo tiempo que mastica el espíritu verde del mambe.

Sus ojos son cafés como el ambil, como las miles de pepitas color café que guarda la semilla del tabaco que después de tres días llenos de ritual se convierte en ambil. Su voz es suave pero contundente. Su castellano, obligación impuesta y ahora práctica para la labor que está realizando.

Las preocupaciones de Víctor parecen no ser trascendentales. En los primeros encuentros previos a este de Tabio, Víctor me ha utilizado de taxista para enviar una encomienda a su comunidad; he hecho de telefonista para lograrle cupo en una avioneta para que, dentro de unas semanas, pueda volver a su maloka y preparar el gran baile ritual del año; lo he llevado a visitar a unos familiares alojados en la indiferentemente inmensa Bogotá, y, hoy, cuando creo que pasamos a mis intereses, he tenido que gestionar con su hijo la conexión a Direct TV que estaban a punto de cortarle por falta de pago en una comunidad cercana al Caguán.

Luego pienso lo fácil que es mitificar a un personaje y eliminar de su biografía las necesidades cotidianas, la fisiología de la rutina. Víctor es un ser humano que respira por otros 92 seres humanos y que trata de hablar con los que han doblegado a su pueblo por siglos para decirnos que llegó el momento de sentarnos juntos, de escucharnos. La única diferencia entre Víctor y yo es su forma de entender el mundo, su cosmovisión, que es la de su pueblo. Isaías vuelve a darme una clave para entender y dice: “Todo esto es vivencial –refiriéndose a su manera de aprender-, es vivido. La salud es vivida, todas las cosas son vividas. No expongamos en el aula, ahí en cuatro paredes encerrados, no. Toda la vida del ser humano es vivida, está en la práctica. Como decía el anciano: ‘mire como hago, escuche bien como hablo’. En el mambeadero uno aprende a escuchar, uno aprende es a oír”.

Víctor cree que el occidental tiene atrofiado el sentido de la escucha. Algo nos pasa que él no comprende. “Es raro, nosotros que somos culturas ancestrales tenemos la palabra nueva siempre y ustedes, que son nuevos, tienen la palabra vieja”.  Desde la mirada de este Cacique los occidentales desperdiciamos el caudal de sabiduría de nuestros propios ancestros, cuando, según él, “desde que aprenda una persona nueva, la palabra es siempre nueva, no como en los libros”. La escuela es un lugar donde “el conocimiento se arruma como discos antiguos”, un lugar donde se enseña, fundamentalmente, el valor del éxito, no el precio de la búsqueda. Se mantiene pues, lo que dijo el primer indígena colombiano que quiso dejar un ideario propio. Quintín Lame ya dijo que los libros de los blancos no sirven como única fuente de saber: “se han envejecido (…) sin aprender a pensar”.

En definitiva, se trata de un excesivo apego a la razón, de una desconfianza patológica del occidental a todo lo mutante. De algún modo, la paranoia de los indígenas con las leyes naturales –a las que se aferran como para no perder el sur-, se reproduce en los occidentales con las leyes de la razón –la obsesión por llegar a paradigmas científicos inamovibles, a verdades absolutas que, a fin de cuentas, son sólo absolutas hasta que otro científico avanza en el camino del conocimiento y demuestra que hay otra hipótesis más sólida, más absoluta-.

También tiene que ver con un aprendizaje, el occidental, que transmite paradigmas sin potenciar lo que Estanislao Zuleta llamaba el “trabajo del pensamiento”. Zuleta, al igual que Víctor, critica la escuela y la esclavitud del aprendizaje, pero desde una perspectiva de la búsqueda de la libertad, de la “búsqueda del descoyuntamiento crítico de las nociones, los valores y los prejuicios (…)”. “Así, una educación que transmite el saber en el mismo proceso con que refuerza las resistencias al pensamiento produce uno de los logros más nefastos de nuestra civilización: el experto o científico que hacen aportes y que, fuera del campo de su especialidad, son las ovejas más mansas del rebaño, se atienen a las ideas y valores más dominantes, y conservas incontaminadas por su saber las más extravagantes creencias con tal que sean lo suficientemente tradicionales y colectivas como para que no les planteen problemas con su medio”.

Los indígenas no creen en la razón como único asidero para subsistir, para progresar. En su discurso, el pasado es presente necesario que construye el futuro anunciado.  Lo terrenal necesita de lo espiritual, aunque la tierra sea su única referencia cierta.  Para un witoto, como para la mayoría de los indígenas americanos, nada es posible sin la fuerza de un creador, de un padre de origen que dictó unas leyes naturales y un conocimiento que se conserva gracias a la palabra amanecida que se divulga a través de los caciques y de los sabedores. Víctor cree que los occidentales tratamos de solucionar todo entre seres humanos y nos falta la energía de ese creador. “El problema es que sólo sienten la fuerza terrestre. Nadie con la fuerza terrestre hace, sino con la fuerza divina. Toca aprender desde un principio. Nadie nació sabio en este mundo. Nosotros aprendemos a través de otro compañero y lo que sale por su boca no es él, es la palabra divina. Muchas veces miramos los defectos de esa persona… no hay que mirar porque son iguales a nosotros, son humanos los que nos enseñan. No mirar, escuchar”.

Nos tocaría pues, volver a escuchar y a confiar. Ese valor se ha perdido, igual que se ha diluido la necesidad social de ser reconocido, no para recibir la palmadita en la espalda, sino para comprobar que nuestro esfuerzo, que la tarea de descoyuntar nuestro pensamiento sí ha valido la pena.

Considero que ambas cosas –escuchar y confiar- tienen mucho que ver. Uno escucha cuando confía en la honestidad intelectual y moral de su interlocutor. Cuando, aunque no se esté de acuerdo, incluso pensando que el que habla defiende planteamientos descabellados, siente que hay corazón, que hay tripas comprometidas en el discurso.

María Zambrano, esa mujer que encontró en la palabra el poder que puede alimentar al cosmos, la que nos salvó al decirnos que no hay desdicha para “aquel hombre que puede contarse su propia historia”, habría encontrado un filón de pensamiento si el concepto de ‘palabra amanecida’ hubiera caído en su mesa. “Forzoso es aceptar que al mirar a este último período lo encontraremos lleno de ciencia y conocimiento puro. Pero pobre, inmensamente pobre, de todas las formas activas, actuantes del conocimiento. Y entendemos como activas las que nacen del anhelo de penetrar en el corazón humano. Las que se encargan de difundir ideas fundamentales para hacerlas servir como motivos de conducta en la vida diaria del hombre vulgar que no es ni pretende ser filósofo ni sabio. Formas que no descubren ni inquieren, sino que transforman lo inquirido y descubierto en “ideas vigentes’”. Es decir, que al final Zambrano habla de conocimiento amanecido, puesto en práctica, vigente, pertinente, necesario, humano, soñado, completo, parte razón, parte emoción, parte humanismo, parte espiritualidad –diría Zambrano religiosidad-.

Víctor ve clara la necesidad de Dios para que el hombre sea completo. Y aunque yo no esté de acuerdo, ni seguro de no estarlo, Víctor habla con tripas, espíritu y alma –“las almas respiran en la armonía, respiran en el ritmo”, Zambrano-, y por tanto me alimenta: “Usted sólo con sus creencias de la tierra no puede dominar nada. Usted tiene que corporarse como creador. Ese poder, ese espíritu, ese amor ya nos lo dio a nosotros. Somos nerviosos porque somos de carne y hueso, y ahí no está el poder. Nosotros –a través del mambe- pedimos ese poder, ese espíritu para uno romper el nervio, ese miedo, por eso es que yo digo que uno debe saber entrar y salir. Si usted no sabe salir, entró y ahí queda encantado, y… ¿quién le va a sacar de esa conexión?”.

Salir es tan importante como entrar y, en nuestra búsqueda, los occidentales somos especialistas en entrar, pero no siempre vemos las señales de Exit bien claras. Nos enredamos en relaciones que no sabemos dejar, viajamos a lomos de drogas que no sabemos descabalgar, entramos en la espiral de la ambición sin saber cuando parar la rueda… Cuando no encontramos la manera de salir, llega la enfermedad, la depresión. Mi madre siempre dijo que la depresión existen desde que alguien nos contó que la tristeza era una enfermedad. Antes, según su teoría, a eso (a la depresión) le llamaban tristeza y era tan normal como arrancarse los pelos de la nariz. Demasiado sencillo, aunque con un punto de razón. Víctor cree que eso que los occidentales llamamos depresión es un tipo de ‘enredo’. Demasiado sencillo, pero con otro punto de razón.

“Eso ocurre que uno está enredado –dice Víctor-. Piensa muchas cosas que no puede lograr, que no puede salir de ese abismo. Ahí hay que deshacer el camino, pensar para qué vino al mundo, qué herramientas le faltan, dónde se quedó enredado y quién sabe desenredarlo, quién le puede ayudar a quitar esa basura, quién le va a dar la mano ahora que está metido ahí, quién le va a sacar de esa palizada, quién lo va a limpiar. Y… el único que tiene ese machete filo, esa escoba de barrer, ese tractor para tumbar muro… ese es el creador. De nuevo es poca la fuerza terrestre, hace falta la fuerza divina. Poner la mano en el pecho, decir perdóneme los errores, cámbieme este corazón de piedra por un corazón de carne. Y es uno mismo el que tiene que cambiar de corazón… porque el sicólogo igual que uno es humano. El médico ayuda en una parte, pero en lo espiritual no puede”.

Interpreto la necesidad del corazón de carne, de volver a mirar las emociones y lo espiritual. Igual que las fórmulas no sirven a la hora de vivir, la razón no puede ser el único argumento para resolver nuestros problemas. El chileno Humberto Maturana, de una manera muy intelectualizada, reafirma esta necesidad: “Al no aceptar, al no respetar nuestro emocionar como el fundamento de nuestro razonar, vivimos confundiendo razones con motivos, y creando, en el fondo sin desearlo, un mundo mentiroso sobre nuestro emocionar y nuestro razonar basado en la desconfianza y el control. Al vivir así, inconscientemente generamos mundos cotidianos llenos de tecnología, pero sin sabiduría, y en el fondo nos damos cuenta de que sufrimos con ello porque hay aspectos de nuestros seres humanos que vivimos en continuo conflicto y desarmonía”. ¿Será que entre todos estamos pidiendo a gritos que se desengavete el pensamiento mágico? ¿Será que el triunfo por Knockout del  pensamiento científico no nos permite juguetear con nuestra parte más mágica? ¿Tenía razón el pedagogo de la liberación Paulo Freire al decir que el pensamiento mágico es contrapuesto al pensamiento crítico? ¿Cómo humanos, no somos fronterizos y contradictorios por muy racionales que nos autodiagnostiquemos?

 

No sé si Víctor tiene razón, dudo de sus leyes naturales simplificadoras, pero seguro que tiene armonía. Su autoestima, su seguridad viene de la tranquilidad de tener un antes, una comunidad y una historia que lo respalda, lo que él llama su Ley de Origen. Es agua que empuja agua,  historia que genera historia.

Invitado por una fundación empeñada en la necesidad del contacto de los mestizos con los indígenas, Víctor entra un día en el salón de actos de una elegante fundación iberoamericana con sede en Bogotá. Como se ha quitado la cachucha está casi transformado. Un saco algo adelgazado completa el día de disfraz occidental. En los asientos se mezclan progresistas de mochila, intelectuales de anteojos, algunos desprogramados y muchos organizadores. El viejo habla en lengua witoto y es traducido con calma por el sabedor. Los largos discursos de Víctor son reducidos o estirados por Isaías y uno tiene la sensación de que se está perdiendo algo.

Al terminar, los organizadores están orgullosos como si la palabra amanecida la hubieran parido ellos, algunos de los mestizos se fustigan en silencio por desconocer el patrimonio cultural que hay frente a sus narices, y otros esperan para saludar al cacique. Pero no hay diálogo. Pienso en el fracaso de la tarea que emprendió Víctor. Lo indígena queda reducido a lo anecdótico, a lo curioso, a lo “bonito”.

Él, mientras, aprende más que uno. “Mi papá me decía: ‘Hijo, cuando usted va a andar por el mundo, no vaya a rechazar la lengua, usos y costumbres de otro territorio, de otra nación, porque es lo mismo, usted puede orar en su lengua materna, el creador lo escucha’. Y yo no lo creía. Finalmente, ahora que estoy caminando por el mundo me doy cuenta de que es así. Cada nación tiene sus usos y costumbres. Hay quien cree en el sol, en la luna, en las piedras, en el agua… y lo hace con su lengua, con sus costumbres. Las lenguas son diferentes, pero el mensaje es el mismo, la creencia es una sola. Allí yo respeto esas ceremonias que hacen otros con sus lenguas, con sus danzas, con sus costumbres”.

-       ¿Y los que no creen en nada?

-       “Los que no creen en nada… pues déjelos, usted tampoco va a sufrir. Toca respetar. Tenga en cuenta que hay muchas formas de hablar, nosotros lo que buscamos es la esencia de la palabra”.

 Hablar para encontrar la esencia, pero sabiendo que el otro es respetable. La tolerancia no es una categoría que yo alabe, pues se trata, al final del juego semántico, de aguantar al otro. Pero el respeto siempre me conmueve, logra emocionarme cuando siento o percibo un acto real de respeto. Las ideas, desde mi punto de vista, son criticables, rebatibles. En el caso de las creencias, no hay mucho que discutir: lo que nace de un acto de fe ciega no permite medias tintas, o te lo crees o no. Así que me siento en la tranquilidad de criticar el pensamiento –racional o mágico- de cualquier ser humano que me rodee. El respeto llega cuando hablamos de la persona y no de sus ideas. Y esa pequeña sutileza provoca una gran diferencia en la actitud. Los que te toleran, en el fondo, te están perdonando la vida. Los que te respetan pueden ser realmente crueles al hablar de tus forma de pensar.

Víctor no respeta nuestro racionalismo. Le parece que estamos desconectados de la fuente de la vida, pero nos respeta. “Si usted no respeta, usted mismo pierde la vida porque no sabe respetar. Nosotros decimos… respetar, porque uno primero tiene que reconocer para qué vino en el mundo, si no respetamos nos lleva la muerte por culpa de nosotros mismos”.  Y el respeto, en un giro sorprendente para mi, es relacionado por los witotos con la libertad. “La libertad es el respeto. Un hombre libre es el que ama, es humilde, es obediente, respeta. Ese anda fresco”. Libre sí, pero con los sentidos afilados: “Usted primero tiene que sentir de su hermano, ver cómo vive el otro. Oler lo que huele en el mundo. Escuchar a los que sufren en el mundo y pensar. Usted no puede hacer sólo desde usted mismo, usted debe escuchar a todos, ver a todos, saber lo que pasa en el mundo…” 

Dejar a Víctor en el recuerdo es alojarlo en la vida. Un paso más en la escuela del mundo real, una posibilidad de reconciliarnos con el otro, un entender, si eso es posible, que la visión occidental es solo una visión. Una más, aunque la de más poder. 

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